INTERNACIONAL
22/07/2015 16:57 CEST | Actualizado 22/07/2015 16:57 CEST

Electroshock definitivo para la democracia griega

ORESTIS PANAGIOTOU/EFE

¿Puede la joven democracia griega soportar otro electroshock propiciado por sus acreedores y mantenerse a flote? ¿Puede seguir tragando una medicina que no quiere -y que hasta ahora no ha funcionado- y continuar como si no pasara nada? El sistema democrático griego podría ser la última víctima de los rescates europeos.

Mientras el Gobierno griego y sus acreedores europeos están en camino de firmar el tercer rescate, que podría alcanzar hasta 86.000 millones de euros, la mayoría de analistas temen que no vaya a funcionar, como no lo hicieron los dos anteriores. Es poco esperanzador que el propio Gobierno de Syriza piense que es una pésima medicina para su economía y enfrente, en el otro lado del nuevo telón de acero que recorre Europa separando acreedores y rescatados, el Ejecutivo alemán esté convencido de que lo mejor que podría suceder a estas alturas es que Grecia saliera del euro.

Como el premio Nobel de Economía Paul Krugman ha declarado, muchos calcularon mal la fuerza y la pericia del Gobierno griego. Cuando plantearon el referéndum, ¿no tenían un plan alternativo al ultimátum europeo? ¿Estaban, siquiera, preparados para la eventualidad de volver al Dracma, la vieja moneda griega? ¿Estaban tan abocados a un trágala que la mayoría de los economistas de prestigio reconocían y reconocen que no es la solución sin una ambiciosa restructuración de la deuda que permita crecer su economía? El referéndum pasará a la historia como un gran desahogo nacional que salió carísimo.

De lo que hay muy pocas dudas es del tamaño del shock que este nuevo tratamiento va a suponer sobre la democracia helena. Como reconoce José Ignacio Torreblanca en El País, este acuerdo convertirá al Gobierno griego en administrador de un protectorado de la eurozona. El gabinete que sigue liderando Tsipras -¿por cuánto tiempo?– se erige así en guardián autóctono de unas políticas cuyo rechazo le valieron la elección el pasado 25 de enero y sobre las que el pueblo griego se opuso por una gran mayoría (61%) en referéndum hace sólo un par de semanas.

La troika (Comisión Europea, Banco Central Europeo y Fondo Monetario Internacional) y sus hombres de negro volverán pronto a Atenas para mandar más que nunca y asegurar que el Gobierno griego cumple dolorosamente lo que ha prometido. Queda atrás el tiempo en que el Ejecutivo griego y sus acreedores, en señal de paz, renombraron a la troika como “las instituciones”. Y aun más remoto parece el día en que el Parlamento Europeo, a finales de la anterior legislatura en marzo de 2014, alzó su voz para pedir su disolución y un plan de urgencia para paliar el desastre social en Grecia. La dura realidad para la democracia griega es que los hombres de negro ganan fuerza y no estarán controlados ni por el Parlamento heleno ni por el Parlamento Europeo.

EL POCO MARGEN DE TSIPRAS

Durante los últimos años, no es algo nuevo que un Gobierno griego prometa una cosa y haga la contraria. Además, para ser justos con Tsipras, hay que recordar que se ha convertido en tradición el transformismo político que experimentan algunos líderes de la zona euro cuando llegan al poder. Zapatero abrió la brecha cuando dio su brazo a torcer en mayo de 2010 y aplicó unos durísimos recortes tras prometer que no lo haría. Le siguió Mariano Rajoy cuando aprobó una gran subida de impuestos en 2011 tras asegurar en campaña que los bajaría. Y qué decir de François Hollande, que olvidó pronto tras llegar al Palacio del Elíseo en 2012 que había prometido –nada más y nada menos– que terminaría con la austeridad que gobierna Europa. Todos han terminado hablando alemán a tiempo parcial o completo.

Pero, por la juventud de su sistema democrático y la falta de modernización de su Administración, el Estado griego es especialmente vulnerable ante el shock que se avecina. Como cuenta Sami Naïr en su último libro El desengaño europeo (Galaxia Gutenberg, 2014), “Grecia vivía bajo una dictadura militar en una época todavía reciente (1967-1974). Los frágiles brotes de su Estado del bienestar datan tan solo de los primeros años del Gobierno PASOK (1981-1989). La austeridad extrema es terreno abonado sobre el que estas fuerzas antidemocráticas prosperan… El rápido auge de Amanecer Dorado no es producto del azar. Hay viejas complicidades en Grecia entre la derecha parlamentaria y la extrema derecha violenta. Las autoridades europeas responsables de estas políticas no pueden ignorarlo”.

La expresión más clara del debilitamiento democrático en Grecia es la gran crecida del partido neonazi Amanecer Dorado, una fuerza marginal nacida en los años 80 a la que la crisis ha dado alas. En las elecciones al Parlamento Europeo de mayo de 2014 alcanzaron casi un 10% de los votos y en las pasadas elecciones del 25 de enero quedaron terceros con un 6,9% de los votos. Ahora se encuentran en horas bajas debido a que su dirección está siendo juzgada por formar parte de un entramado criminal que ha atacado a oponentes políticos, homosexuales e inmigrantes. Pero dado el proceso que se abre ahora en Grecia con este tercer rescate, su retórica patriótica y antieuropea podría subir como la espuma.

LA FRAGILIDAD GRIEGA

La debilidad de la democracia en Grecia quedó patente desde su incorporación a la Unión Europea en 1981. Dado su muy reciente pasado dictatorial, los líderes europeos decidieron entonces que, a pesar de la falta de modernización de su Administración y otras asignaturas pendientes (sobre las que la Comisión Europea llamaba la atención), Grecia debía incorporarse rápidamente para consolidar su transición democrática. Pero la gran paradoja que asfixia el ideal europeo estos días en Atenas es que Europa está ahora teniendo un papel erosionador de un sistema democrático que ayudó a consolidar hace tres décadas.

Francis Fukuyama dedica un capítulo a Grecia en su último libro, Political order and political decay (Profile Books 2014). Según el autor, el elemento que mejor explica la gran crisis que ha hundido a Grecia es el clientelismo político. Su desarrollo en los años 80 se debió a que la democracia moderna llegó sin la modernización previa de su Estado, de forma que la administración fue creciendo a la medida de los intereses de los partidos. Este tercer rescate está centrado en reformar el Estado griego, hacerlo más eficiente, menos corrupto y capaz de recaudar mejor los impuestos. Pero, ¿se puede desmontar semejante entramado de intereses con un clima económico y social tan adverso?

En un foro titulado Democracia bajo presión, organizado por el New York Times en Atenas en diciembre de 2014, Dora Bakoyannis, ministra de Exteriores griega entre 2006 y 2009, reconocía la especial vulnerabilidad de la democracia griega: “Cuanto más estático y clientelar es el Estado, más se erosiona durante una crisis, lo que favorece las inercias antidemocráticas. ¿Por qué? Porque las crisis necesitan una explicación y, cuando son muy duras, muchos ciudadanos se reconfortan con las explicaciones más radicales. Los fallos siempre apuntan a los enemigos históricos. La derecha acusa a la izquierda de paralizar la sociedad con sus políticas contrarias a las empresas, mientras la izquierda acusa a la derecha de servir ciegamente a los acreedores. Cuando este antagonismo se convierte en un juego de acusaciones, con teorías conspiratorias cultivadas por los medios y las fuerzas políticas, el terreno es fértil para las fuerzas políticas más extremas”.

La sociedad helena es un polvorín. Se siente humillada e incomprendida. Percibe como injustas las reformas y recortes que se están poniendo en marcha por dos razones: primero porque son impuestas desde fuera –aunque son votadas en su Parlamento– y segundo porque son lo contrario a lo que han expresado reiteradamente en las urnas. A pesar de que por el momento Tsipras aguanta la tempestad interna de su partido y cuenta con el respaldo de la oposición, esta doble crisis de legitimidad (formal y material), en un contexto económico pésimo y susceptible de empeorar, hace muy difícil que vayan a funcionar. ¿Cuánto tiempo puede aguantar una sociedad democrática sin alternancia en las políticas a pesar de su insistencia en cambiar de rumbo?

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