‘Afterglow’, lo que el corazón quiera

Una obra que saltó del Off-Broadway y que agota las entradas en Madrid.
Una escena de 'Afterglow'.
Una escena de 'Afterglow'.

Este blog sigue con la estela de los éxitos. Esta semana le toca a Afterglow de S Asher German. Una obra que saltó del Off-Broadway neoyorkino al West End londinense y ahora a la Nave 73 en el Off-Gran Vía de Madrid, donde no quedan entradas hasta después de abril. Obra cuyo principal reclamo son los cuerpos desnudos en las escenas de cama y sexo de los tres hombres que la protagonizan.

Un triángulo (poli)amoroso que se complica por eso, por la presencia del amor. Por la necesidad humana de una caricia, un roce, un sencillo beso diarios. Una historia romántica protagonizada por homosexuales, en la que se podrá reconocer cualquier género u orientación sexual. Pues como saben los ciudadanos del siglo XXI, el amor es amor.

Una obra que tiene la virtud de tener el simple objetivo de contar bien una historia. Nada más. Con su principio, su desarrollo y su final. La de un matrimonio, compuesto por dos hombres a punto de ser padres, a los que les gusta, y aceptan, tener otras parejas. Unas veces en la misma cama y otras cada uno por su lado.

En esta libertad sexual conocen a un fisioterapeuta joven al que invitan a su cama. Y, lo que comienza como simple diversión y disfrute de los cuerpos, se va complicando a medida que sucede la función. Por eso de que conocer es querer.

Sí, se trata de una tragedia romántica. De las que provocan un silencio profundo en la sala, en el que no respira ni el apuntador. Silencios que no se producen en los momentos calientes, en los de cama, sino en los momentos en los que los personajes simplemente se hablan.

Como ese en el que el fisioterapeuta, con poca trayectoria amorosa por mucha que tenga sexual, se extraña cuando uno de la pareja le dice que amar es un trabajo a tiempo completo. A la que con ingenuidad el primero le responde algo así como un “pero tú lo quieres, ¿verdad?” poniendo al descubierto una pequeña grieta, una fisura, por el que entrará el frío al hogar.

O como esa discusión entre la pareja treintañera, que no se sabe bien cómo se produce, pero que resulta tan real. En la que uno de ellos llega harto del trabajo, de uno de esos días de mierda, y el otro lo quiere consolar. Le ofrece un simple abrazo, un sencillo beso, el calor que no hay en el mundo hostil del trabajo que, al otro, simplemente lo tiene bloqueado.

O esas otras en las que se ve las concesiones que se hacen con tal de mantener a la persona amada. A esa que no solo es el objeto del deseo, que no es un polvo en mitad de la noche antes de volver a casa, al refugio en el que se le espera. Saber el riesgo que se corre y, como en el dilema del prisionero, tener que correrlo para perderlo todo.

Los tres actores de 'Afterglow'.
Los tres actores de 'Afterglow'.

Lo mejor es la cotidianeidad con lo que se cuenta. No hay frases rimbombantes. Ni verdades como puños. Más bien suena a doméstico. Como domésticos y reconocibles para el común de los mortales son los lugares, el dormitorio de la discordia o la calle donde se mira y se es mirado por extraños que resultan atractivos como cuerpos. Calles por las que pasean a un ritmo que marca el pop algo electrificado, el funky y el neopunk que cualquiera escucha en su smatphone a través de Spotify.

No les hace falta mucho más porque los actores son capaces de colocar al espectador en cada lugar, simplemente por su actitud corporal y vocal en escena. Por cómo dicen y cómo hacen. Ya sea una discusión, un momento de ligoteo, de sexo o salga de su boca un cotidiano —otra vez esta palabra— “te quiero”. Dejándose la piel, sin que se note, para que la obra ocurra en escena, dotándola de presente y presencia. De interés mientras sucede dentro del teatro.

Otra cosa será de lo que hablen los espectadores a la salida tras el fuerte y largo aplauso que le dedica al elenco. Se les ve salir contentos de este trágico drama romántico. Una comedia dramática que no moraliza, ni defiende conservadoramente la sacrosanta institución del matrimonio. Riesgos en los que podría haber caído.

No es ese su interés. Quiere hablar más de las alegrías y sin sabores de las relaciones amorosas. De cómo la mecánica de lo físico y corporal, se convierte en la mecánica del espíritu. De lo que las alegra y de lo que las duele. De las dificultades para forzar lo que el corazón quiere, porque lo que quiere es lo que quiere, y no otra cosa, no a otra persona o personas, sin tomar partido ni hondear banderas.

Teatros sorprendentes