Amor en tiempos de pandemia

Hay algo que ya he aprendido de todo esto. Y es que no importa lo mucho que valores lo que tienes, la vida elige cuando te lo va a quitar.

Permítanme dedicar este pequeño espacio a hablar de los afortunados. Creo que todos somos conscientes del dolor infinito que a algunos les ha tocado vivir con la inmisericorde irrupción de esta pandemia. Yo no me atrevo a hablar de ello. Solo puedo compartir lo que he experimentado. Y lo mío son lágrimas menores. Esto es un intento de conectar con los momentos de soledad y angustia de los que hemos pensado que, tal vez, no teníamos derecho a llorar. Para empezar, les mando un abrazo. Un abrazo fuerte y sincero de alguien que se ha puesto a bailar silenciosamente a las dos de la madrugada para expulsar ese fantasma de tristeza que no le dejaba respirar con tranquilidad. Tal vez el cansancio y otros síntomas (leves) provocados, supuestamente, por el virus han alimentado un poco esos instantes de inquietud emocional. Aliviados por la cercanía en la distancia de la familia, los consejos de una buena amiga y el cariño de los que estaban al tanto de este mal menor.

Pero no quiero que se hagan una idea equivocada: estoy muy bien. Me cuido, llevo un confinamiento ordenado, como equilibradamente, estoy en contacto virtual con los míos y he mantenido cierta constancia con el ejercicio cuando mi cuerpo me lo ha permitido. Se habla mucho de todo lo que vamos a aprender y de la gran oportunidad que supone esta situación para ese gran cambio que, como sociedad, necesitamos. No discutiré que de este duro golpe se pueden sacar grandes aprendizajes. Pero espero que no les suene a cursilería o prepotencia si les digo que yo ya valoraba las pequeñas cosas de la vida. Nada me hacía más feliz que compartir cualquier momento con mi pareja: en el cine, en el teatro o encerrados todo el fin de semana en casa. Me llenaban cosas tan simples como nuestras miradas furtivas en el gimnasio mientras cada uno se concentraba en su rutina. O los paseos en el supermercado para comprar las provisiones del menú que íbamos decidiendo entre abrazos, risas y bailes ridículos que pretendían provocar un poco de vergüenza ajena.

Necesito volver a besarle veinte veces, en el salón de esta casa que ahora me tiene atrapada, mientras miramos una película o un par de capítulos de alguna serie. Y qué decirles del calor de las caricias y todo lo demás... del placer de despertar juntos, desayunar y continuar el día cumpliendo los rituales de un domingo más que resultaba mejor que el anterior y que nunca queríamos ver terminar. En mi trabajo siempre he dado mil gracias cada vez que mis representantes me han comunicado que me ha salido un papel. Y en los rodajes es habitual compartir con los compañeros la felicidad por estar haciendo lo que más nos gusta y tener la fortuna de trabajar.

“Hay algo que ya he aprendido de todo esto. Y es que no importa lo mucho que valores lo que tienes, la vida elige cuando te lo va a quitar.”

No les voy a cansar con detalles de todo lo que desearía estar compartiendo con mi familia, se lo pueden imaginar. Estos días pasan por televisión un anuncio de no sé qué banco que me provoca una tristeza profunda. Cada vez que oigo el tono melancólico y la letra de la canción de ese anuncio se me hace un nudo el cuerpo e intento despistarme para evitar romper a llorar. Pero como les he dicho, llevo bastante bien este encierro. Y a pesar de que he tenido breves momentos de angustia por sentirme atrapada; por añorar todos esos instantes que ahora no puedo compartir con mi familia, mi pareja, mis compañeros y mis amigos, sé que soy una afortunada.

Porque, aunque ahora parece interminable, este tiempo pasará y algunos podremos volver a disfrutar de los que más queremos. Hay algo que ya he aprendido de todo esto. Y es que no importa lo mucho que valores lo que tienes, la vida elige cuando te lo va a quitar. Así que voy a seguir dando gracias a este encierro por dejarme disfrutar de los míos en el recuerdo de lo que vendrá.