Bomberos de la desinformación

Entrevista con Jevin D. West, experto en Ciencias de la Información.
Jevin D. West, experto en Ciencias de la Información.
Capitán Swing
Jevin D. West, experto en Ciencias de la Información.

Bullshit es una palabra polisémica. La traductora y los editores de Bullshit: contra la charlatanería (Capitán Swing, 2021) lo saben perfectamente y por eso han optado por dejarla en inglés. El bullshit hace referencia a la desinformación y a la estupidez, así como a las mentiras sofisticadas (sin olvidarnos de las mentiras involuntarias). No seré yo quien defina el difícil concepto de bullshit porque estaría incurriendo en un poco de bullshit. En cualquier caso, tenemos que aprender a defendernos racionalmente de los bulos y de las inexactitudes informativas o científicas. El libro es un amplio catálogo de sesgos cognitivos y otras plagas. Jevin West, uno de sus autores, nos explica cómo empezar a apagar el fuego de la desinformación en una época donde asistimos a incendios informativos de quinta o sexta generación.

La cantidad de energía necesaria para refutar una estupidez es mayor que la empleada para producirla. ¿Podrían entenderse esas simplificaciones y tergiversaciones informativas como una forma particularmente maliciosa y retorcida de la navaja de Ockahm? Me creo una explicación estúpida porque la verdad científica cuesta más.

El principio de asimetría de la estupidez de Brandolini es importante porque subraya la gran diferencia que hay entre propagar el bullshit y desmontarlo. Dicho de otro modo, resulta tan fácil crear y divulgar el bullshit como difícil borrarlo. Se pueden crear fácilmente fake news sobre vacunas. Si esas noticias consiguen circular y crean dudas, no es fácil dirigirse a las personas afectadas y explicarles por qué las vacunas son seguras. La ley de Brandolini nos recuerda lo importante que es reducir la creación y transmisión de desinformación. Cuanto más bullshit permanece en nuestro ambiente informativo, más complejo es reducir sus efectos.

La navaja de Ockham o principio de parsimonia prioriza las explicaciones simples sobre las complicadas. Esto no es lo mismo que la ley de Brandolini, que compara la creación de bullshit con su eliminación. Es cierto que los responsables del bullshit pueden apelar a la navaja de Okcham como una forma de extender la desinformación; por el contrario, uno también podría usar la navaja de Ockham para refutar ese mismo bullshit. La aplicación de la navaja de Ockham a la propia charlatanería es la única conexión real que veo entre estos dos principios.

Menciona el paltering como una estrategia especialmente dañina. Esa forma de mentira sin mentir literalmente parece estar en todas partes. De hecho, diría que es la herramienta perfecta para políticos y periodistas. ¿Quiénes son los principales generadores de bullshit?

Los charlatanes más peligrosos son los que tienen un impacto en la salud de las personas. Lo hemos visto durante la pandemia. Hemos visto a negacionistas vendiendo veneno como tratamiento del covid y a los antivacunas seleccionando interesadamente supuestas investigaciones. Todos sabemos que los anunciantes nos están vendiendo la moto, pero es más difícil discernir el bullshit que viene de aquellos en los que confías. Esa confianza no viene del conocimiento médico ni nada parecido, sino de la afinidad política y el marco ideológico. Las redes sociales son uno de los grandes culpables de esta crisis de la desinformación. Su objetivo es captar tu atención, independientemente de si el contenido es verdadero o no, y son las noticias más exaltadas las que captan nuestra atención. La buena información no es el objetivo, sino la fidelización. Como imaginarás, son dos objetivos muy diferentes y uno de ellos puede ser peligroso.

También hay conspiranoicos profesionales que hablan en radio y redes sociales. Te venden ideas junto a informaciones que solo tienen el propósito de enfurecer o vilipendiar a otro grupo. Son gente que promueve la propaganda pura. Las redes sociales se lo han puesto fácil a quienes quieren vender conspiraciones y propaganda.

¿Qué me dice de la ciencia? Se dice mucho que la correlación no implica causa, pero a menudo vemos estudios donde se atribuye la causa a una correlación más o menos fuerte.

La ciencia no es inmune a la desinformación. Hay algunos problemas similares en este ámbito. Vemos la influencia negativa de las redes sociales, los efectos de la mala información (las revistas depredadoras, las revistas sin revisión por pares, etcétera). También vemos a científicos con incentivos para inflar sus resultados, ya que una beca o un ascenso en la universidad puede depender de ello. Somos conscientes del problema de la reproductibilidad, que se da por culpa de los incentivos excesivos a publicar investigaciones que se salen de algunas medidas estadísticas arbitrarias aceptadas como lo normal y esperable. A pesar de esos incentivos y de lo complicada que resulta la divulgación, la investigación científica sigue siendo de una calidad admirable. No tenemos que irnos muy lejos. Los científicos han conseguido una docena de vacunas desde el principio de la pandemia y podemos seguir la evolución del virus por todo el mundo.

En periodismo, el fact-checking parece una solución, pero siempre hay quien pregunta aquello de quién vigila al vigilante, y tampoco le faltaría razón.

La mayoría de profesionales dedicados a comprobar datos ha conseguido escapar a las críticas de manipulación o distorsión informativa, pero esto también puede cambiar. En los últimos años, esos periodistas han empezado a sufrir acusaciones sobre el modo en que informan. Esos ataques que hablan de información sesgada no siempre están exentos de razón. Algunos tienen fundamento, pero la inmensa mayoría de los periodistas que hace fact-checking está haciendo un trabajo con la máxima integridad. Los buenos periodistas mostrarán todo tipo de evidencias documentales a la hora de apoyar sus conclusiones. Esa es su mayor defensa, sobre todo cuando se cometen errores, algo que le puede ocurrir a cualquier periodista. Asimismo, hay organizaciones internacionales de fact-checking, como la red del Poynter Institute.

El aumento de los ataques a la honestidad periodística es una consecuencia de la labor consistente en denunciar falsedades. Eso sucede cuando tienes éxito. Sin embargo, a las personas y organizaciones no les gusta que se las señale y aprovecharán cualquier oportunidad para acusar a los periodistas de parcialidad.

¿Es la visualización de datos el nuevo Cómo mentir con estadísticas?

Sí. Me preocupan los deepfakes. Dan miedo porque son difíciles de detectar y pueden ser (lo han sido, de hecho) disruptivos en unas elecciones. En todo caso, me preocupan más las mentiras a través de la visualización de datos. La razón es que abundan más y tienen más impacto en la toma de decisiones. Carl Bergstrom y yo encontramos ejemplos de malas visualizaciones casi cada día en relación al covid, las políticas gubernamentales y los temas de salud pública. Muchas veces son errores sin segundas intenciones que se producen al crear el gráfico o al echar a andar el software de visualización, pero también hay muchos ejes de coordenadas y barras de histogramas manipulados deliberadamente, así como violaciones del principio de proporcionalidad en todo tipo de gráficos. Por tanto, sí, creo que las visualizaciones son una forma antigua y renovada de mentir con datos y números.

Menciona a Neil Postman para decir que a veces la mayor fuente de bullshit somos nosotros mismos.

Neil Postman señala algo importante. Necesitamos detectar el bullshit de otros, pero también hay que ahondar en nuestros propios sesgos. Somos imperfectos en nuestros cálculos e interpretaciones de la realidad. Competimos por recursos y atención limitados, así que a menudo tenemos que vender nuestras ideas. Al hacerlo, el bullshit se cuela a hurtadillas.

Se habla mucho de la huella de carbono cero. Carl y yo hablamos de la tolerancia cero con el bullshit. Tenemos que refutar tanto bullshit como el que se crea. Todos creamos algo de bullshit, así que tenemos que sofocarlo, además de controlar el que crean otros.