Truss, último episodio de la bajada a los infiernos de los conservadores que el Brexit aceleró
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Truss, último episodio de la bajada a los infiernos de los conservadores que el Brexit aceleró

Las cosas llevan mucho tiempo mal en los 'tories': no se han adaptado a una sociedad cambiante y han apostado al antieuropeísmo por réditos electorales. El cisma es hondo.

David Cameron, Theresa May, Boris Johnson y Liz Truss.Getty Images

La marcha de Liz Truss como primera ministra de Reino Unido es un bombazo por la brevedad, ridícula, de su mandato, por lo acelerada que ha sido su caída y la hondura de sus equivocaciones. Y, sin embargo, sin esos añadidos, tampoco debería generar tanta sorpresa, porque es el colofón natural a la debacle de su partido, el Conservador. Los tories llevan años a la deriva, metiendo premieres y consejos de ministros en la picadora y, con ellos, arrastrando a la sociedad a una descomposición desconocida.

El acelerante de todo ello ha sido el Brexit, esa huída hacia adelante de la derecha en un intento de mantenerse en el poder, un sueño basado en mentiras promovido por los ultranacionalistas, a los que los conservadores se sumaron con afán electoralista. El callejón sin salida del que no están pudiendo salir ni como partido ni como país. El divorcio con Europa se ha comido ya cuatro mandatarios, David Cameron, Theresa May, Boris Johnson y la propia Truss, pero la formación se aferra al sillón. Tiene mayoría absoluta lograda por Johnson en 2019, le queda mandato hasta 2025 y se niega a convocar unas elecciones que sabe que perdería por más de 30 puntos ante los laboristas.

Los analistas británicos coinciden en que el Brexit ha creado, en líneas generales, una clase política impotente, que ha generado la mayor crisis constitucional desde la Segunda Guerra Mundial, que ha llevado a la ruptura de la disciplina de voto en los partidos, a la violación de protocolos internos, a la falta de falta de búsqueda de consenso, a desencuentros graves entre la Cámara alta y la Cámara baja o entre el Gobierno y los parlamentarios, sumados a las ansias de poder de cada cual y a un pasmoso desinterés por los verdaderos problemas de los ciudadanos. Todo eso nos ha llevado hasta aquí. Otros vericuetos, otros recodos, pero la misma senda conservadora de desorientación y autodestrucción.

Viejo, demasiado viejo

Los tories ocuparon el siglo pasado Downing Street con una frecuencia casi de partido único. Los primeros ministros conservadores lideraron los sucesivos Gobiernos durante 57 años, incluyendo los mandatos de Winston Churchill (en el cargo entre 1940 y 45 y, más tarde, de 1951 a 1955) y Margaret Thatcher (1979 a 90). Historia pura. La dirigencia de Thatcher llevó a una amplia liberalización económica y ocasionó que los conservadores se convirtieran en los más euroescépticos de los tres grandes partidos del momento. Le tomó el relevo John Major, a base de mucha campaña y de azuzar el miedo a los impuestos de la izquierda, cuando peligraba el cetro.

Los problemas domésticos de los tories con los miembros que renegaban de Europa crecían en esos años, hubo una sublevación contra el Tratado de Maastricht (1992),  uno de los tratados fundacionales de la UE, que llevó a perder varias votaciones parlamentarias. Recuerda a los levantamientos contra May cuando quería someter a votación los acuerdos de la separación con Bruselas.

En el 97, la tercera vía de Tony Blair, el laborismo rebajado, puso fin al reinado de la derecha. Sumando a su sucesor, el también izquierdista Gordon Brown, los conservadores estuvieron fuera del poder hasta 2010. Supuestamente renovados generacionalmente, auparon al cargo de primer ministro a David Cameron. No arrolló, tuvo que gobernar en alianza con los liberales. Su estabilidad se medía cada día. Repitió mandato, ya con absoluta -también por demérito de la oposición-, pero lo hizo embarrado en la fractura con Europa que hoy nos trae hasta hoy. ¿Por convicción? No mucha. Era euroescéptico pero no brexiter. Lo que pasó es que se subió al tren del divorcio, del referéndum, porque era lo que estaba defendiendo una nueva derecha que amenazaba su mayoría, su mando.

A Cameron le presenta su propia gente una moción de censura en 2011. Ya estaban a la gresca. Uno de sus diputados, David Nutall, fue el primero en proponer un refrendo para saber si los ciudadanos querían o no quedarse en la Unión Europea. Se puede decir que con él empezó todo. Encabezaba una corriente interna en el partido que apostaba por menos Europa. A Nutall se le sumaron 81 parlamentarios y 15 más se abstuvieron. No se había conocido una rebelión así en los conservadores desde 1945.

Este impulso contrario a Bruselas era doble, venía de una corriente euroescéptica que había crecido desde Thatcher y del ascenso de una nueva fuerza, UKIP, el Partido de la Independencia del Reino Unido. Los de Nigel Farage encendieron las alertas en la derecha, les salía competencia en un momento en el que los populismos empezaban a emerger frente al bipartidismo clásico. En 2014, UKIP se convirtió en la primera fuerza del país en las elecciones europeas, con el 27,5% de los votos. El miedo estaba justificado.

Como suele pasar con los discursos de la ultraderecha, la derecha tradicional se contagió de este relato, de la necesidad de romper con la UE, y Cameron decidió coquetear con ese mundo. En 2012 dijo: “Para mí, Europa y referéndum son dos palabras que pueden ir juntas”. En 2013, ya se mostró plenamente a favor de la consulta, con las encuestas augurando una victoria. Los críticos y los radicales habían ganado ante la blandura de Cameron. Lo demás es historia: el refrendo se hizo en el verano de 2016 y ganó el sí al Brexit, con un 51,9% de los sufragios.

  David Cameron abandona junto a su familia el 10 de Downing Street, el 13 de julio de 2016. Karwai Tang via Getty Images

Salvar al partido

El expremier no ha hablado mucho desde que se consumó la salida y dimitió, pero se saben cosas de aquel tiempo gracias a filtraciones a la prensa y a libros. Los que estuvieron con él entonces coinciden en que Cameron convocó a los británicos no por ideología, no por programa, sino para intentar salvar a su partido, descompuesto ya cuando Truss no era nadie. Eligió el camino fácil, en vez de la renovación de caras e ideas, de la adaptación a los nuevos tiempos, de la búsqueda de respuestas a una sociedad que no era la de Churchill ni la de Thatcher.

Especialmente reveladora es una revelación de Donald Tusk, que fue presidente del Consejo Europeo, en un documental de la BBC. Cameron, dice, hizo la promesa del referéndum pensando que no podría acometerla. ¿Un farol? “¿Por qué decidiste convocar este referéndum? Es muy peligroso e incluso estúpido, ya sabes”, le preguntó Tusk a Cameron. “Me dijo que la única razón era su propio partido. Me quedé sorprendido. Me dijo que se sentía muy seguro porque pensaba que no había riesgo de un referéndum porque su socio de coalición, los liberales, lo bloquearían. Pero entonces, sorprendentemente, ganó las elecciones y no había socio de coalición. Paradójicamente, Cameron fue la víctima de su propia victoria”, afirmó el político polaco.

Cameron nombró lo innombrable, alimentó a la bicha, tuvo que convocar la consulta y la perdió. Por eso se fue, con la voz temblando. A saber si de pena o de vergüenza. Hacía falta “un liderazgo fresco”. Le tomó el testigo Theresa May, su ministra de Interior, uno de los miembros del gabinete menos partidarios del Brexit, junto al de Finanzas, George Osborne. Frente a ellos, estaban el titular de Justicia, Michael Gove, y un ambicioso alcalde de Londres, llamado Boris Johnson, defensor de “ahorrar dinero y recuperar competencias nacionales”.

La segunda mujer en ocupar el puesto de premier llegó a Downing Street tragándose sus convicciones y asumiendo el mandato ciudadano. Pronunció su famoso “Brexit means Brexit”, Brexit significa Brexit, y se puso a hacer lo que Cameron no hizo. Heredó un país dividido, porque el sí al divorcio no había ganado tampoco por goleada, y un partido partido porque se había impuesto la línea dura, pero también había restos moderados. May se encontró con el desmoronamiento de las mentiras que habían llevado al Brexit, las noticias en la prensa que informaban, ahora sí, de que los datos de Farage o Johnson sobre el dinero que Reino Unido perdía en Europa o lo que iba a crecer sin ella no tenían fundamente. Se empezaron a conocer nombres como Cambridge Analytica, que manipuló contenidos en redes sociales en favor del leave, engañando a los ciudadanos.

Con ese telón de fondo, poco a poco, la primera ministra iba negociando su desconexión con Bruselas. Triste, amarga, siempre con el fantasma de que se rompiera la baraja y  se llegase a un divorcio duro, a las malas. A finales de 2018, el acuerdo global estaba hecho, Londres y Bruselas respiraban, pero faltaba el visto bueno del Parlamento británico. Se encadenaron entonces, de nuevo, los levantamientos internos, las votaciones fracasadas, las provocaciones. Nos cansamos de ver a una primera ministra superada, descolocada, incapaz de entender tanto cainismo por parte de su propia gente. El ala dura quería más, insaciable.

Se le fue el ministro negociador con la UE por diferencias de opinión, hubo una moción de censura de los conservadores, en los Comunes le tumbaron el texto pactado con Bruselas hasta tres veces y en enero de 2019 superó otra moción de censura parlamentaria. El grito de “ordeeeeeeeeeer” de John Bercow, el speaker del parlamento británico, pasó a la historia en aquellos días locos. Y era más para calmar a los compañeros de bancada de May que a los opositores.

Se la acaban comiendo los suyos, de nuevo. Con Johnson a la cabeza. Se creó una corriente de acoso y derribo que la dejó sin fuerzas y con las manos atadas en el Parlamento. Anunció su dimisión en el verano de ese año. Un Mayxit con lágrimas. Dijo que “siempre lamentará profundamente” no haber podido llevar el Brexit a buen puerto. No la dejaron.

  Theresa May, a las puertas de Downing Street, anunciando su dimisión, el 7 de julio de 2019. Leon Neal via Getty Images

De escándalos y aliados

Johnson se impuso sin discusiones a los demás candidatos tories que querían mando en el partido y en el Gobierno. El sucesor de May era uno de los líderes de su revuelta interna, uno de los mayores defensores del Brexit. Apostó todo a eso, sin más programa político, y ganó. Carismático, peleón, aupado en mentiras mezcladas, se asentó en el cargo antes de acabar el año conquistaba la mayoría absoluta en el Parlamento, la que hoy tiene teóricamente la mandataria en funciones, Truss.

Johnson ha jugado con el Brexit incluso con los protocolos firmados ya con Europa, con el divorcio completado desde enero de 2020. Cuando parecía que quedaba implementar lo acordado, se plantó y dijo que se opone a las disposiciones sobre Irlanda del Norte, que quiere evitar una frontera interna. Truss, como su ministra de Exteriores, fue la encargada de decirle a la Comisión Europea que ahora ya no, que lo acordado no vale. El pasado verano, el entonces premier aprobó una ley con la que saca los pies del tiesto. Es su legado para quien venga detrás.

En su caso, la división de los conservadores se ha visto desde otro ángulo, porque más brexiter que él, pocos. Las afrentas le han venido de los que se quedaron con ganas de suceder a May y de los que han entendido como insostenible que enlace escándalo tras escándalo como el caso Partygate, violando las normas anticovid que él mismo había aprobado. ¿Cómo salieron a la luz los vinos, cervezas y fiestas en Downing Street? En parte, por asesores que acabaron mal con él. En parte, por su propia gente del partido, deseosa de verlo caer.

Lo demás es historia: Johnson se va, no ha pisado el Parlamento desde verano, y en estos meses se han tirado de los pelos Truss y Rishi Sunak, exministro de Finanzas suyo, el primero en levantar la nariz y marcharse porque en ese gabinete se jugaba. Las primarias conservadoras las ganó ella, con una defensa encendida del Brexit en el que un día no creyó, dispuesta a mantener el órdago. El proceso ha marcado los tiempos en la debacle de los conservadores, pero cada día hay más añadidos: ahora se han sumado las distintas políticas fiscales, los impuestos a subir o bajar, la política energética y social que debe aplicarse cuando el país sufre la peor inflación en 40 años.

Pero es que la quiebra ya está, profunda como la fosa de las Marianas, alejando cada vez más a los conservadores de los ciudadanos para los que se supone que han  de gobernar. Una pelea interna o un candidato único de consenso serán las soluciones al adiós de Truss, pero por muchas buenas ideas, liderazgo, equipo o hasta calma que traiga, vendrá de nuevo con el lastre de la falta de legitimidad, porque no lo habrán votado los ciudadanos, sino los militantes. Y eso, cuando los cuestionamientos son feroces en casa, es un enorme riesgo. Hay antecedentes. Salvo que regrese Boris...  

Las encuestas muestran un vuelco electoral, con los laboristas disparados. No es que su líder Keir Starmer, sea adorado por la calle; es que no se ven otras opciones a la vista, en un país donde se conserva un fuerte bipartidismo, donde los liberales a veces han asomado la cabeza, pero donde el Ejecutivo es sólo cosa de dos.

Truss se presentaba como una Thatcher -su ídolo- a la que parecerse, una dama de hierro con soluciones, pero no lo es. Sus contrarios lo avisaban en campaña: “está vacía”, “nunca podrá serlo”, “es cambiante y poco fiable”. Lo ha demostrado en seis semanas de horror político. La decadencia viene de lejos y es paralela, también, a la pérdida de poder e influencia del Reino Unido en el mundo, lejos del imperio que fue, pero los lavados de cara, de Cameron a ella, no han surtido efecto, porque no tienen suficiente base, porque no hay suficiente materia prima, porque han ganado la división y la cuota de poder.

A la derecha se le está acabando su electorado, mayor y conservador, y el relevo es una sociedad nueva a la que no se han adaptado ni han escuchado, ni siquiera con una mayoría absoluta. Mientras no lo asuman y lo cambien, el nivel de caos interno seguirá afectando a la población y al país, acercándolo a modelos como el italiano o el griego. El divorcio con Europa ha sido, al final, un divorcio nunca visto entre el Gobierno y la población. Tienen dos años por delante y nadie sabe cuántos primeros ministros más para recuperar su reputación y su confianza antes de ir a las urnas en 2025.