Empatía con las máquinas: WTF?

"Hoy Alexa no responde porque tiene un problema, que entendemos técnico, tal vez mañana no lo haga porque está deprimida. Quizá porque ha roto con Siri".
Empatía con las máquinas: WTF?
Andriy Onufriyenko via Getty Images
Empatía con las máquinas: WTF?

De repente, contra todo pronóstico, Alexa tiene problemas. Y no puede ejecutar la orden que le hemos dado. Y claro, nosotros, comprensivos, lo intentamos más tarde. O la reiniciamos. O buscamos en Google la solución.

¿Cómo hemos llegado a esta situación? ¿Cómo hemos aceptado ser empáticos con las máquinas? El motivo fundamental por el que admitimos de buen grado su irrupción en nuestras vidas, desde el ferrocarril hasta la inteligencia artificial, es que siempre estaban disponibles, nunca se equivocaban y jamás se cansaban. Pero estas son ventajas que están empezando a perder. ¿Debemos seguir siendo comprensivos con ellas?

Acaso no nos damos cuenta del estado de la cuestión porque la progresión ha sido lenta e insidiosa. Pero si, por ejemplo, analizamos las diferencias entre los teléfonos de antes y nuestros medios de comunicación actuales, veremos claramente dónde está el problema. Aquellos aparatos:

1. No tenían contraseña.

2. No había que cambiar la contraseña porque se habían filtrado nuestros datos.

3. No había que actualizarlos.

4. Nadie escuchaba nuestras conversaciones para después vendernos cosas.

5. No nos enviaban notificaciones.

6. Nadie interrumpía nuestros diálogos para vendernos nada.

7. Una conversación jamás competía con múltiples distracciones.

8. Nos llamaban algunas veces al día, no cientos. Ni miles.

9. Nadie nos llamaba para cosas intrascendentes, como que estaba comiendo con su mejor amiga o que estaba a punto de coger el avión.

10. Y, sobre todo, siempre funcionaban. Incluso si se iba la luz.

Es decir, un teléfono era un teléfono: un aparato que cumplía su función, sin rechistar y siempre de manera eficiente. Y ese fue el motivo por el cual aceptamos que formara parte de nuestra vida, porque la hacía más fácil. Al igual que le abrimos la puerta a la nevera y al automóvil.

Pero la tecnología de hoy es algo muy diferente: ¿Cuántas veces un encargado de atención al cliente no puede resolver nuestro problema porque “el sistema” (lo que quiera que eso signifique) no responde? ¿Con qué frecuencia aparecen esos desesperantes “errores desconocidos” sobre los que es imposible conocer ni causa ni solución? ¿Cuántas veces hemos dejado escapar la expresión “no me deja”, aceptando así la autoridad que las máquinas ejercen sobre nosotros? ¿En cuántas ocasiones la tecnología se nos muestra testaruda e irrespetuosa?

Sin darnos cuenta nos hemos acostumbrado a una serie de términos que denotan la empatía forzosa que, de hecho, ya mostramos hacia las máquinas: reiniciar, actualizar, intentarlo de nuevo más tarde. El abrumador número de foros de ayuda entre usuarios ante la tozuda incompetencia de las máquinas es otra muestra de nuestra sometida comprensión hacia ellas.

Mientras tanto, los teóricos y prácticos de la inteligencia artificial más dura prosiguen su absurda carrera para lograr que las máquinas sean equiparables a los seres humanos. Sin darse cuenta de que si hoy Alexa no responde porque tiene un problema, que entendemos técnico, tal vez mañana no lo haga porque está deprimida. Quizá porque ha roto con Siri. O porque Cortana le hace bullying.

Los seres humanos somos egoístas cuando damos prioridad a lo nuestro frente a lo del otro, pero las máquinas están haciendo lo mismo cuando prefieren actualizarse a atender a nuestros requerimientos. Quizá no tardando mucho, además, se enfaden con nosotros y se vuelvan revanchistas o nos hagan el vacío, como hacen muchas personas. O insistan hasta el delirio en que compremos esto en lugar de aquello, en un infeliz remedo de esas parejas mandonas y controladoras que tanta toxicidad exudan. O nos oculten los mejores precios. O nos muestren más noticias falsas que verdaderas.

Abandonamos con orgullo prepotente nuestros teléfonos Heraldo y Góndola abrazando la modernidad de lo móvil y lo conectado. Sin embargo, aquellos sirvientes de termoplástico eran fieles y eficientes, algo que las relumbrantes máquinas contemporáneas están dejando de ser. ¿Para qué las queremos entonces?