El éxodo de las mujeres de Ucrania y otras armas de guerra

Expuestas a las agresiones de género, las violaciones, los abusos sexuales y la discriminación.
|
Una mujer camina con su hijo por las vías del tren en la estación de Lviv.
EFE
Una mujer camina con su hijo por las vías del tren en la estación de Lviv.

Un artículo de Rosa Tristán y Cristina Muñoz, directora de Alianza por la Solidaridad/ Action Aid

La guerra de Ucrania es el éxodo de las mujeres. El país se vacía, en días, de sus mujeres y de los menores que las acompañan. Mujeres ucranianas, pero también de otras nacionalidades obligadas a dejar sus vidas atrás. Madres, abuelas, jóvenes y adolescentes, embarazadas, enfermas… Las vemos cada día en las televisiones, expulsadas por la violencia de las bombas y los tanques rusos y, a la vez, expuestas a esas otras armas de guerra de la que se habla menos, pero que son inherentes, por desgracia, a los conflicto armados: las agresiones de género, las violaciones, los abusos sexuales, la discriminación.

Alianza por la Solidaridad-Action Aid, organización que lleva décadas trabajando con mujeres en situaciones similares por todo el mundo, lo sabe bien. Está en Gaza, en Colombia, en el norte de Malí, en Jordania con las refugiadas sirias... y como señala Cristina Muñoz, su directora, “siempre en situaciones de desplazamiento, ellas siempre sufren más violencias, incluida la sexual”. Es más, sus investigaciones en el pasado han determinado que aumenta hasta un 35% el impacto de esas otras formas de destrozar sus vidas.

En menos de 12 días, más de un millón y medio de personas han huido de Ucrania. La mayoría de las mujeres. Entre ellas, seguramente algunas de las que en la zona de Donbás ya fueron víctimas de violencia sexual como método para torturar, maltratar, humillar o extraer confesiones, como la ONU denunciaba en un informe. Las noticias que llegan ahora incluyen, además, la violencia que supone discriminar a quienes cruzan la frontera ucraniana en función de su raza o su procedencia. Ya hay denuncias de mujeres africanas, nepalíes, indias, a las que han impedido su salida, dando prioridad al color de la piel. También a los hombres no ucranianos ni europeos les han puesto problemas, pero en el caso de ellas destaca que se las frenó el paso a Polonia incluso si iban con niños y niñas de corta edad.

“Abochorna que haya tenido que comenzar un conflicto para que la civilizada Unión Europea entienda que no se puede abandonar a su suerte a los y las desplazadas por un conflicto armado”

Bien es verdad que en este lado, el de la UE, tampoco el respeto de los universales derechos humanos está siendo la norma. Abochorna, y así lo denuncia Alianza Action Aid, ese nuevo estatuto de refugiado comunitario ‘express’ que sólo se pone en marcha para facilitar la vida de los y las ucranianas, dejando de lado a todos aquellos que no nacieron en ese país. ¿Acaso las bombas disciernen nacionalidades? ¿son inmunes a las balas rusas quienes migraron allí, por estudios o trabajo, quizás huyendo de otra guerra? ¿no se están convirtiendo igualmente en cascotes sus casas, sus vidas? Todas están destrozadas, todos buscan seguridad y tienen derecho a recibir ayuda humanitaria. Conviene recordar que cualquiera que huye de una situación de conflicto tiene el mismo derecho de tránsito de acuerdo con la Convención de la ONU y que se exige el cumplimiento de todos los países.

También abochorna que haya tenido que comenzar un conflicto para que la civilizada Unión Europea entienda que no se puede abandonar a su suerte a los y las desplazadas por un conflicto armado. Es fácil imaginar lo que estarán pensando las palestinas, sirias, afganas o malienses que se han jugado, y aún se juegan, su supervivencia tratando de llegar a esa misma Europa que sigue dándoles con la puerta en las narices a base de concertinas, vallas, servicios de vigilancia marítima que impide desembarcos e inmorales acuerdos oficiales con países fronterizos, como es el caso de Turquía. El objetivo: que se les impidiera la salida.

Las imágenes, estos mismos días, de los asaltos a las vallas de Melilla son el contrapunto de lo que está pasando en este lado del continente. Nadie sabe cuántos de esos migrantes que allí llegan también huyen de guerras en Etiopía, República Centroafricana, Malí. Nadie pregunta a esos menores devueltos ‘en caliente’ de qué están escapando.

Por otro lado, cuando alguien es desplazado de su casa, su trabajo, su familia, sus ahorros, sus recuerdos y, además, es mujer, a menudo con menores o padres ancianos a su cargo, es muy urgente facilitarles comida, agua y cobijo, pero también lo es crear espacios en los que se sienta segura, donde no se enfrente a esas otras violencias que tantas marcas dejan y cuyos impacto se agravan cuando una se siente vulnerable, lugares donde se le ofrezca un apoyo psicosocial especializado en situaciones similares. Precisamente a ello a conseguir recursos para ello se dirige la campaña que ha lanzado Alianza, que estos días desplaza a su personal a Rumanía, Polonia y Hungría.

Queda mucho por avanzar en solidaridad en nuestro continente. La primera, por las víctimas de esta incruenta guerra que nos retrotrae a un pasado que creíamos superado, especialmente con las mujeres sometidas a ese éxodo forzoso. La segunda, con la misma intensidad, con cualquier desplazado por unas armas que no quieren empuñar y que les matan. Es cuestión de justicia humanitaria.

El drama de Ucrania, en 30 imágenes