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19/04/2020 00:14 CEST | Actualizado 19/04/2020 00:14 CEST

'Hipólito', el anhelo por la mirada del otro

'Hipólito'.

Siguiendo la estela de #TeatroConfinado del Teatro de la Abadía, la compañía vasca La Pacheca Collective ofrece Hipólito escrita y dirigida por Antonio Morcillo López. Una versión revisada con mirada contemporánea del mito griego de Fedra. Un monólogo, con música en directo, que ya fue premiado cuando se representaba en los teatros. En concreto recibió el premio a la mejor interpretación en el Festival en el CENIT (Certamen Internacional de Nuevos Investigadores Teatrales) de 2012 (Sevilla). Una obra que reivindica simplemente con un cartel en la pared que el teatro y esta compañía aman al público.

La obra protagonizada por Fedra, a la que interpreta Bea Insa, comienza con el asesinato de Hipólito. Para quien no lo sepa, Fedra es una mujer entrada en años, está casada con el padre de Hipólito y enamorada hasta las trancas de este algo más que adolescente (al menos en términos actuales de edad). Ella es un deseo no correspondido. Un deseo insatisfecho, por el que está dispuesta a sufrir, a pasarlo mal. No puede hacer otra cosa. La inevitabilidad del amor.

Una obra construida sobre dos ejes. El de la mujer madura que se enamora de un hombre mucho más joven que ella. Y el de la reflexión de qué es el teatro. Ejes que llegan a encontrarse en la mirada. La mirada de Hipólito que Fedra busca incansablemente sin encontrarla y la de la actriz que se sube a un escenario para que un público mire lo que muestra.

Montaje que ha adaptado el original, que se hacía en los teatros, de forma eficaz. De tal manera que el espectador se olvida de que lo está viendo en directo a través de una pantalla porque consiguen que se produzca la magia del teatro. La conexión que hay entre lo que se cuenta y el público en directo y en un espacio.

Se está ante una propuesta que pertenece claramente a ese circuito teatral off, tan activo. Semillero de todos esos autores, directores y actores que luego pasarán a los grandes teatros.

Esto se debe, quizás, a que no espectáculo no se ha trasladado simplemente al nuevo formato. Al teatro en streaming. Si no que hay puesta en escena, una mínima escenografía eficaz y una actriz que se aplica a su tarea. La de interpretar para contar. Concentrada en lo que tiene que hacer y decir, superando la extrañeza de ver a un público silenciado, para que no se meta el ruido de sus casas, en las pequeñas ventanitas de la pantalla del ordenador. Un público que se siente mirado por ella, porque mira como miran los actores sobre un escenario.

Con todos esos mimbres y la palabra, ese pequeño espacio, posiblemente un cuarto de estar, una pequeña habitación, se convierte en la playa en la que es torturado Hipólito, en el tálamo en el que se confiesa Fedra y en el escenario donde se reflexiona sobre el poder de la mirada del otro. La mirada que transforma al que mira y al que es mirado. La mirada del otro que busca el amor. Y la que busca una actriz en un escenario. Porque en ambos casos saben que sin esa mirada no hay amor ni teatro que valgan.

Por tanto, se está ante una propuesta que pertenece claramente a ese circuito teatral off, tan activo. Semillero de todos esos autores, directores y actores que luego pasarán a los grandes teatros. Esta es una obra de pequeño formato que sabe que juega en la pequeña liga, que, también sabe que no será un teatro de audiencias masivas. Sin embargo, es consciente que existe una gran minoría de aficionados que frente al aburrido y monótono entretenimiento buscan un teatro que tenga vida. Vivo, que late incluso en una pantalla de ordenador. Un público que La Pacheca Collective ha sabido encontrar incluso en estas circunstancias de confinamiento y que les ha obligado a prorrogar más allá de las cuatro representaciones que tenían previsto hacer (que se quedaron en tres por el #ApagonCultural que el sector anunció la semana pasada tras las desafortunadas palabras del Ministro de Cultura José Manuel Rodríguez Uribes).

 

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