’Makers’, teatro no convencional en un espacio convencional

Un teatro de largo recorrido y largo aliento.
’Makers’, teatro no convencional en un espacio convencional.
Teatro de la Abadía
’Makers’, teatro no convencional en un espacio convencional.

El jueves se estrenó Makers de L’Alakran en el Teatro de la Abadía, lo que puede decir poco o nada al gran público. Sin embargo, dice mucho a esa otra gran minoría de público que lleva unos años, muchos, atendiendo al teatro que se hace en el margen. En el margen, que no marginal, pues con su raro hacer se han ido expandiendo desde salas como el Teatro Pradillo o la Cuarta Pared a otras cada vez más grandes y a festivales cada vez más importantes. No solo en España, también en Europa y Latinoamérica, donde reciben premios, encargos, hacen residencias artísticas como lo más de lo más y agotan entradas.

Teatro no convencional o poco convencional, si se mira con ojos de teatro comercial. Al menos en su superficie, pues no hay una trama, una historia como tal. En este caso dos actores prejubilados llegan a la puerta de un teatro en bicicleta donde el público les está esperando. Llegan de hacer algo que hacen muchos prejubilados, deporte. Con sus cascos, sus mallas, sus ligeros plumas de Decathlon, unas zapatillas molonas que, por sus tacones, recuerdan a los zapatos que llevaban los aristócratas en el siglo XVIII, a las que nadie puede dejar de mirar, y la bici.

Saludan a viejos conocidos, hay en el estreno muchos profesionales compañeros de fatigas, familiares y a público en general. Hacen una pequeña y loca introducción, simpática y graciosa, en el que no faltan la ironía y el chiste sobre lo que hacen y cómo lo hacen. Una pareja cómica con la energía y la tontería de dos adolescentes que se carcajean y te hacen carcajear con bromas sobre el espacio teatral. Con un humor y una actividad que no dejan quieto a nadie.

Una pareja que en un momento dado pedirán un minuto de silencio. Al que el público, un público que ya conoce este tipo de registro, se pliega sin rechistar, pues ha venido a jugar. Actitud muy importante para disfrutar de esta propuesta. Pues con ese minuto de silencio se muestra con eficiencia que tras la tormenta (de ideas, acciones, chistes, chascarrillos) viene la calma necesaria para entrar a un teatro y poder ser sorprendido.

Una sorpresa que comienza en el escenario donde muestran el plan de la obra. Un plan dibujado en una alfombra, una estrella de ocho puntas que comienza con la punta de la gestación y acaba con la punta del cuerpo transitando al otro mundo. Un dibujo que los makers, una especie de chamanes, usaban para convertirse en tigres que saldrían a cazar el conocimiento con el que traerían la luz que permitiría ver entre tanta oscuridad.

A partir de ahí, la convención, que coloca al público en sus butacas y a los actores en escena, se activa. Lo hace a partir de un oscuro completo en el teatro, una cesura en la que parecen brillar algunas luces. En ese momento, estos dos actores, creadores, montan un circo con poco más que la tela coloreada de un paracaídas que cuelgan en escena y unas borriquetas cubiertas de tela blancas y de color que parecen colocadas al azar, a pesar de lo precisos que son en la ejecución de la pieza, como las paredes de ese circo.

Será un circo lleno de números teatrales. Números que se suceden uno tras otros conducidos por dos drivers: la luz y el tiempo. La luz que exige la mirada y que, a la vez, impide ver, sobre todo si es intensa. Sí, una paradoja. Que tan bien cuentan cómo funciona delante del cuadro de Santa Lucía de Francesco Furini que hay en la Sala Spada de Roma. El encuentro entre lo contemporáneo y lo que ya se considera un clásico.

Un número de magia con la luz, que se hace más especial en la representación a la que pertenece esta crónica por la presencia de Carlos Marquerie, uno de los mejores iluminadores de teatro que hay en España. Algo que demostró en Descendimiento, que se vio recientemente en el Teatro de la Abadía, y en muchos de los espectáculos de la Liddell.

También estará el número del payaso, si no es que toda la obra es una payasada. Al que Oscar Gómez Mata, director de la obra e intérprete junto a Juan Loriente, se entrega en cuerpo y alma. Reinventando el número de siempre, el juego del lío que todo payaso se hace con la silla.

En este caso el de abrirla y colocarla. En una recreación del payaso que consigue con una bata también antigua, de la que se podría ver en un viejo cuadro holandés, sobre la que coloca un delantal actual. Todo a la vez que sobre la cabeza se coloca un gorro con orejitas con el que jugará durante la función.

Un momento de 'Makers'.
Teatro de la Abadía
Un momento de 'Makers'.

Una obra que no renuncia a los sueños. Los sueños entendidos a la manera de María Zambrano. Lugares en el que el tiempo deja de ser lineal, una idea de la física cuántica. Porque en ellos lo sucedido puede volver para suceder, aparecerse y convertirse en algo nuevo, algo con futuro. Pasado y futuro que al encontrarse en un sueño son en presente. Un espectáculo que rechaza la duda razonable y razonada de Descartes. Que recurre al sentimiento y a la sensación, de la que abominaría Walter Benjamin, para llegar al espectador.

Un espectador que no puede desplazarse a la velocidad de la luz por lo que todo lo que ve, siente y padece, es antes pasado que presente. La luz que lo que trae cuando le alcanza son noticias de hace un tiempo, aunque sea un tiempo corto. De algo que posiblemente ya ha cambiado. De algo perdido, que echará en falta, como las oportunidades, como los trenes, como el tiempo que se pierde.

Un espectáculo que tiene su decálogo de cinco puntos para ser feliz. Primero, pensando como todo el mundo, en casa y en calzoncillos, cómodo. Segundo, pensando con los cojones. Tercero, pensando con el culo. Cuarto, comiéndose sus propias ideas. Quinto, metiéndose las propias ideas por el culo y caminar así por el mundo. Con todas ellas apretaditas y oliendo a mierda. Algo que representado por estos dos perfomers adquiere el peso que da la risa y la pedagogía.

Dos que son convocados por Carlos Aladro, el director del Teatro de la Abadía, a ocupar un espacio que antes se reservara para un teatro más convencional, calificado así en función del texto y de su representación.

Lo hace con la misma idea que Alfredo Sanzol, el director del Centro Dramático Nacional, está programando los montajes más novedosos, los que tienen formas distintas de hacer y decir, en el Teatro María Guerrero. A la vez que lo más tradicional, lo más parecido a lo de siempre, lo programa en el Valle Inclán, en pleno barrio trendy y algo marginal de Lavapiés.

Se abren así los grandes y reputados espacios convencionales al prestigioso teatro no convencional. Un teatro de largo recorrido y largo aliento. Que ya son productos refinados, estilizados, aun en sus formas aparentemente toscas. Productos consagrados por la crítica, por los premios y por una audiencia que le es fiel.

Se permite darle paso a otros públicos a estos espacios y se facilita que el espectador tradicional de los mismos pueda estimular su curiosidad. Porque el teatro no es una zona de confort o un cliente satisfecho. El teatro es una zona de interés, en el que interesarse por el mundo y por lo que nos pasa en ese mundo. Si encima se hace luz, la suficiente para ver las zonas de sombra, mucho mejor. ¿O no?

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