POLÍTICA
11/07/2021 10:26 CEST

Historias detrás de la palabra "maricón": "Me apalearon vivo", "tengo grabado el odio de sus ojos"

El asesinato de Samuel lleva a romper el silencio del colectivo LGTBI sobre las agresiones desde la infancia.

Cabalar / EFE
Manifestación en A Coruña

Se empieza con unos cuchicheos y unas risas en la clase. Luego llega el “mariquita” en el patio. Un día se pasa a un empujón y a la tarde siguiente a una zancadilla bajando las escaleras. Después, un grupo rodea al niño y llegan los puñetazos y las patadas. El pequeño llora solo en su habitación en casa, no quiere decírselo a sus padres, le da vergüenza, siente que la culpa es suya.

Esta historia se repite en todas las esquinas del mundo. Una realidad que la sociedad no quiere ver, y que muchos, incluso, jalean. Lo último que escuchó Samuel, el joven asesinado en A Coruña, fue “maricón”. El dolor recorre a muchas personas indignadas tras años de silencio, y el colectivo LGTBI no quiere quedarse callado. Es hora de contar su historia, lo que ha sufrido y sufre, el miedo a las palizas, las agresiones constantes todavía en la España del siglo XXI. Su voz, en primera persona. No más silencio.

Toño abre de par en par las puertas de su vida. “Mi experiencia se centra, sobre todo, en la infancia. A mí me llamaban maricón incluso antes de saber yo que era una persona LGTBi y que me gustaban los chicos. Descubrí mi homosexualidad más adelante”, relata.

Me llamaban maricón incluso antes de saberlo yo

Echa a andar su memoria: “Toda la experiencia en los centros escolares en los que estudié fue infernal, eran los años ochenta y noventa. Se concretaba en acoso escolar, en insultos, en agresiones. Cuando era más pequeño, lo veía como algo tan negativo y malo que me llamaran maricón que no me atrevía a decirlo en casa”. “Es una experiencia individual de un problema colectivo, es muy común y habitual en personas LGTBI. Sólo dejaron de llamarme maricón cuando entró un chico en el instituto que tenía más pluma que yo. Durante un tiempo se dedicaron a insultarle a él y de mí se olvidaron un poco. Nos hicimos amigos y éramos los maricones del instituto. Encontramos entre nosotros la solidaridad, que la necesitamos para salir adelante”, añade Toño.

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Toño Abad

“En mi caso hizo que me centrara mucho en mis estudios, pero hay muchas personas que no lo superan. Cuando estás más ocupado de protegerte del odio y de los insultos, al final se concreta en fracaso escolar, te vuelves más introspectivo. Lo que buscan es que seas esa persona aislada”, reflexiona. ¿Cómo eran aquellos días? “Lo habitual es que empezaran con insultos y al final acabaran con empujones y patadas”, responde.

¿Y nadie hacía nada? “No, se daba por hecho que estaba el marica, la puta, el tonto, la gorda. Incluso en algunas ocasiones los profesores se posicionaban al lado de los que insultaban, la violencia estaba totalmente normalizada”, añade Toño, que es hoy director del Observatorio valenciano contra la lgtbifobia.

 

Lo habitual es que empezaran con insultos y al final acabaran con empujones y patadas

“Lo que ha pasado con el brutal y terrible crimen de Samuel es que ha puesto sobre la mesa una realidad: muchas personas LGTBi vivimos con miedo y hemos normalizado vivir con miedo”, sostiene, para añadir una reflexión que ha hecho muchas veces antes del caso: “Voy con mi pareja por la calle y no me atrevo a darle la mano porque en cualquier momento llega alguien por detrás y te paga un empujón o un golpe. Y vemos, por ejemplo, en Madrid donde en barrios, que estaban vinculados a la realidad LGTBI, cada vez hay más agresiones”.

Suspira y lanza: “Es un problema social de primer orden que se tiene que abordar por parte de la instituciones, y no se está haciendo por parte de nadie. Es un problema, esa amenaza de miedo constante”. “Si desde pequeñito te dicen que ser maricón es malo y que socialmente tiene penalización, cuando eres adulto lo has normalizado”, argumenta, para preguntarse: “¿Cómo nos vamos a sentir protegidos si se niega que se trate de un crimen homófobo?” 

Me miraron, me insultaron y me escupieron, luego vino la hostia

“Desde pequeña me han llamado maricón”, cuenta también Valentina, una joven de 27 años de Santander que vive hoy en Bruselas trabajando como becaria en Turespaña. “Cada vez que oía esa palabra se me revolvía el estómago. Ahora me puedo reír algo con el vídeo de la Veneno diciendo maricón con acento en la o. Pero toda la vida es algo que me han llamado”, relata, para indicar: “La sociedad me enseñó que lo que yo era no estaba bien, aprendí a camuflar y he vivido escondida demasiado tiempo”.

“Desde que empecé a transicionar he empezado a salir como soy yo. En la calle hay comentarios muy feos, insultos continuamente. Uffff, pero no dejo de salir de casa por eso”, comenta Valentina, que subraya: “Violencia verbal he sufrido siempre, y últimamente de forma muy especial. Vivo en Bruselas y me llaman pédé, que es como se dice en francés maricón. Una cosa horrible porque viene de pedophile”.

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Valentina

“Estaba notando tanto esta violencia en el día a día que yo sabía que en algún momento tenía que pasar algo peor. Me puso la mano encima por primera vez un desconocido hace dos semanas”, asevera Valentina. “Un amigo me invitó a la ópera, era una sorpresa, me dijo que me vistiera. Lo hice elegante, me maquillé. Cuando salimos, había ambiente por la Eurocopa. Nos tomamos unas cervezas, estábamos teniendo una noche tan divertida… Me había hecho tanta ilusión ver Tosca. Cerraron el bar y sobre las once y media fuimos a la Grand Place. Había mucha gente haciendo botellón. Estuvimos dando vueltas y sobre las doce salimos de allí. Fui a acompañar a mi amigo para coger el metro”, relata sobre ese momento.

Entonces se desató la cinta de una de sus alpargatas de cuña, añade Valentina, que prosigue: “Me tuve que agachar para atármela. Aparece un grupo de chavales, que nos habían seguido. Me miraron directamente a los ojos, me insultaron y me escupieron. Me salió del alma insultarles, me cabreó. Se acercó uno y me dijo ‘qué les ha dicho a mi amigo’. Y ahí me pegó la hostia en la cara. No veía nada, me dio bastante fuerte. Me sentí fatal por no poder defenderme. Me daba mucha rabia”.

Piensa ahora que debería haber ido al hospital, pero fue a la Policía de allí: “Se rieron de mí, me trataron de hombre”. Luego fue a una asociación LGTBi para contar la historia y le dijeron que habían atacado a otra chica trans unos días antes “y nadie le había ayudado”. “Recuerdo mirar a mi alrededor y ver a todo el mundo como si no hubiera pasado nada. Había un hombre al otro lado de la calle, a diez metros, cruzado de brazos, mirando como si fuera un espectador. Ni se inmutó”, agrega Valentina. Lamenta: “Todas las chicas trans que conozco han sufrido agresiones e insultos por la calle continuamente. Mucha gente lo está compartiendo ahora. Tengo el corazón roto desde lo de Samuel. Es tan terrible oír estas historias y escuchar que qué más queremos si ya nos podemos casar. ¿Qué más queremos? Vivir, vivir”. Para luego detenerse en que sus agresores eran muy jóvenes, apenas tendría veinte años: “La mirada que me echó el primer tío la tengo grabada, el odio que podía haber en esos ojos. Yo pensaba: ¿qué le he hecho a esta gente?”

¿Qué más queremos? Vivir, vivir

De Bruselas a Madrid. El pasado fin de semana del Orgullo. Eran casi las tres de la madrugada, Javier salía de Chueca, con un grupo, hacia la Gran Vía por la calle Clavel. Había un dispositivo de seguridad y su chico, Andrés, intenta volver a entrar en la zona para despedirse de unos amigos. Un policía municipal, relata, le suelta: “¿A dónde te crees que vas, bombón?” Andrés le dice que a quién llama bombón, y el agente le suelta: “A ti, maricón”. El joven se va farfullando y el grupo se aleja por la Gran Vía. De repente, llega el agente corriendo, por algo que cree que ha oído, y le arrea un guantazo con la mano abierta.

Tras el shock, decidieron denunciar ante la Policía Nacional en la calle Leganitos de Madrid. Mira hacia atrás, al presente y al futuro Javier Ruescas: “Hay momentos de la infancia que se bloquean y se intentan olvidar, pero que generan miedo dentro del cuerpo que sale como cuando nos sucedió esto en el Orgullo”.

Cada vez se va contando más

“Mi primer instinto fue ‘claro que le tiene que pegar el bofetón’ porque le ha respondido, lo cual es aterrador, eso tenía sentido en mi cabeza cuando era más pequeño”, reflexiona este escritor. Pero coge fuerza y dice que les está escribiendo mucha gente porque han recibido otro tipo de agresiones. “Al final me quedo con todo el apoyo que se ha generado, la fuerza que nos ha dado”, suma. Señala que la muerte de Samuel y la denuncia de varios casos le dan la sensación de que la gente está reaccionando: “Cada vez se va contando más, no es como en los sesenta. Ha habido una evolución y menos silencio, pero hay personas que no se atreven a denunciar. Poco a poco”.

INSTAGRAM / JAVIER RUESCAS
Javier Ruescas

Cuenta también su historia Robert Calvo, periodista, que cree que se está produciendo un fenómeno similar al del Me Too, formulando que la clave está tanto en denunciar la homofobia que se sufre en la calle de manera anónima como en la que se vive en el día a día, por ejemplo, en el ámbito laboral.

Dice que escuchar ahora ese “maricón”, cuando ya sabe lo que le pasa, es diferente al de la niñez y la adolescencia. Lo ilustra así: “Mi madre me estaba hablando el otro día de un vecino, un chaval que fue conmigo al colegio. Me decía: ‘mira, se han comprado una casa, tiene dos niños…’ Todas las bondades de esa persona. Y le dije: ‘Esta persona es detestable para mí desde que he asumido todo lo que me ha hecho’. Se lo conté y se puso a llorar. Era el chaval que más me ha pegado toda la vida. Me lo encuentro en el pueblo y no le miro a la cara”.

Me han marcado las hostias de pequeño

“Me han marcados las hostias de pequeño, los bocadillos robados, los maricones de pequeño, más que los de adulto, que te joden también”, comenta Robert. Recuerda un día en Barcelona que estaba besándose con un chico en la puerta de su casa, a las ocho de la mañana. Pasa un hombre y grita: “El barrio está lleno de maricones de mierda”. “Me giré y le dije: ’¿Esto es lo más inteligente que puedes decir? El tío cambió el paso y vino a encararse. Nos pusimos a correr”, relata, para advertir: “Es que esa es otra cosa, si contestas, puede ser que acabes muy mal”.

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Robert Calvo

Le da vueltas a una cosa: “La movida es que cuando te agreden verbalmente tienes dos opciones: contestas o no. Si contestas, sabes que te expones a la agresión física. Eso es así. Siempre estoy con la duda de qué hacer, te encaras o no. La cosa del pasar es ir dejándolo pasar, dejándolo pasar… y al final hemos dejado pasar tantas cosas. Llega un punto en el que dices ya no voy a pasar nunca más que alguien me llame maricón en la calle, sea quien sea”. Desde el lunes por la noche, y con la indignación por el asesinato de Samuel, Robert decidió ponerse su mascarilla del arcoíris y dice que se sienten “miradas” por la calle “clavándose”.

Él sufrió una agresión el año pasado y está convencido de que fue homófoba: “Desde entonces sufrí agorafobia, no podía salir a la calle, fui a trabajar en taxi durante tres meses, hasta que lo conseguí con apoyo psicológico”. “Volvía a las doce de la noche a mi casa y me apalearon vivo”, relata. El insulto de “maricón” no lo escuchó, pero él lo atribuye porque iba “mariconeando por teléfono mandando notas de voz”. Y entonces se le acercó un hombre y le pidió el móvil, acto seguido llegaron los puñetazos en los dos ojos. “Vinieron más y me apalearon las costillas”, prosigue Robert. “No hace falta que te llamen maricón para que sea una agresión homófoba”, reitera.

“El dato del Observatorio contra la homofobia es escalofriante. Lo miré el pasado domingo, que estábamos al día 184 del año. Y en Cataluña ya van 103 agresiones homófobas en lo que llevamos de año, denunciadas”, comenta, para luego criticar la “impunidad que hay”. Por eso, exige a todas las administraciones (central, autonómicas y locales) que se impliquen, además de la Justicia. La “clave”: “una educación con perspectiva de género y diversidad”. “Me hiela la sangre que sean chavales tan jóvenes los que están agrediendo”, apostilla.

Y gran parte de la sociedad sigue mirando hacia otro lado cuando se grita “maricón”.

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