‘Tannhäusser’, ríe payaso

Este drama romántico ha sido convertido por Tobias Kratzer, el director de escena, en una comedia protagonizada por un payaso.
El tenor Stephen Gould en 'Tannhäusser' en el Festival de Bayreuth.
ENRICO NAWRATH / FESTIVAL DE BAYREUTH
El tenor Stephen Gould en 'Tannhäusser' en el Festival de Bayreuth.

La polémica está, como estuvo, servida con el Tannhäusser de Wagner que se puede ver en Bayreuth. Una producción que se mantendrá hasta que la dirección artística del teatro decida hacer un nuevo montaje de esta ópera. Como la propuesta escénica ya tiene varios años, la polémica entre los asistentes es poca, pero quedan sus rescoldos.

Tannhäusser significa trovador. Y la historia original va de un trovador que ha sido seducido por Venus, la diosa del amor, con quien tiene bacanales un día sí y otro también. Y como lo poco gusta, pero lo mucho cansa, decide abandonar ese mundo hedonista, de placer y de dioses, para volver a poner los pies en la tierra y recuperar un amor menos celestial y más cristiano. Más humano.

Algo que consigue sin esfuerzo pues Elisabeth, su sacro santa amada terrenal, le sigue esperando fielmente, enferma de amor. Ella se le entregaría sin más. Pero hete aquí que el tío de la amada organiza un concurso de trovadores, de tannhäusseres. Será el que mejor cante al amor el que se llevará su mano.

Pero en el fragor de la batalla canora, Tannhäusser, desliza la vida disoluta que ha mantenido con la diosa pagana. Un pecado que solo el Papa podrá absolver. Motivo por el que se une a los peregrinos que van a Roma que, casualmente, pasaban cerca del castillo donde se celebra el concurso.

Mientras él va a pedir perdón, Elisabeth enferma de amor y muere de pena, pues ningún peregrino trae noticias de la fortuna del amado y el tiempo, ¿el reloj biológico de ahora?, va pasando. Un amado que llegará justo cuando ella haya muerto. Llega enfadado y defraudado porque el Papa no le he concedido el perdón y, por tanto, se habría frustrado su deseo de santo matrimonio. Sin embargo, al verla muerta, él va y también se muere de pena, sobre su ataúd.

Sí, es un drama romántico. Donde el “calavera” vuelve al redil. Intenta reformarse, rehabilitar su buen nombre. Pero la sociedad le pone condiciones. Límites. Le impone unas formas antes de aceptarle. Necesita que rehabilitar su buen nombre.

Este drama romántico ha sido convertido por Tobias Kratzer, el director de escena, en una comedia protagonizada por un payaso. Uno que vive en la carretera con Venus. Una banda que se complementa con una pareja formada por un enano acondroplásico y con una drag queen, negra, peluda y grandota que viste imposible y lleva pelucas de colores.

Salvando al trovador en 'Tannhäusser' en el Festival de Bayreuth.
ENRICO NAWRATH / FESTIVAL DE BAYREUTH
Salvando al trovador en 'Tannhäusser' en el Festival de Bayreuth.

Un grupo que parece una banda de rock o pop, incluso unos artistas de circo de poca monta, que viven en la carretera. Sin normas, ni concierto. Lo pasan bien amándose, drogándose, haciendo pequeños hurtos, y, por supuesto, comiendo una hamburguesa norteamericana prefabricada y comprada en un drive-in.

Cuando la cosa criminal pasa a mayores, Tannhäusser se asusta. Huye. Vuelve al redil, que resulta ser el teatro de ópera de Wagner en Bayreuth, justo donde se representa el Tannhäusser original. Allí recupera su estatus de cantante de ópera y se incorpora al elenco de esta obra.

Sin embargo, cuando se descubre su pasado criminal, la mala vida que ha llevado, se le expulsa. Un teatro de ópera con este prestigio no puede permitírselo. Da igual este currículo y la mala vida, Elizabeth seguirá anhelándolo y deseando revolcarse con él, algo que no le han dejado.

Si leyendo lo anterior y viendo la obra, cualquier espectador llega a la conclusión que se trata de un drama romántico que se ha convertido en una comedia romántica de final trágico. Debe saber que está equivocado. Esta nueva versión habla del arte y del artista y de la perversión que la burguesía ha hecho de esto. Ah ¿Qué no lo ha pillado? No pasa nada, para eso están los paratextos del equipo artístico que se lo explican.

El artista, es decir, el bardo o cantante de rock, solo puede vivir y ser libre para ejercer su arte. La vida burguesa, ordenada, de salario, que le ofrece una institución como un asentado teatro de ópera como el de Bayreuth y todo el wagnerismo que hay detrás, no está hecha para él. Mejor dicho, para su arte. Un arte que debe ser libre.

El arte es libertad. No tiene más reglas que las reglas que el artista se imponga. Y el artista no tiene más compromiso que su arte. Lo demás es, secundario. Que libertad vaya asociada a responsabilidad y a hacerse cargo de lo que se hace, eso ya se lo dejamos a los tiquismiquis. El respeto por la vida de los otros no va más allá de compartir con ellos su arte sublime y que lo entienda. De cantarles las cuarenta para que se enteren. En este caso de cantarles porque lo llaman amor cuando quieren decir sexo.

¿Está hecho esto de una manera que se ajusta al libreto y la partitura original? Lo está. No hay duda que se está ante un director de escena que conoce su oficio y que sabe que se la está jugando ante un público que lleva mucho tiempo ejerciendo, mostrándose y siendo conservador. Y se la juega pero dentro de un orden.

Escena de 'Tannhäusser' en el Festival de Bayreuth.
ENRICO NAWRATH / FESTIVAL DE BAYREUTH
Escena de 'Tannhäusser' en el Festival de Bayreuth.

Tan dentro que en el auditorio se ven padres con hijos pequeños y adolescentes. Tan dentro que las referencias a las drogas, el sexo y el rock and roll de los artistas malditos de nuestro siglo están suavizadas y matizadas a pura diversión. A la belleza de cuento de una pareja tan imposible como es la formada por la drag queen negra, amanerada y grandota, con vestidos imposibles y el enano acondroplásico vestido de marinerito.

Como matizado está ese intermedio musical que se hace alrededor del lago del parque que rodea el teatro. Un intermedio que lo permite la hora de descanso entre actos que Wagner impuso desde un principio en las formas de ver sus obras. Algo que se mantiene a rajatabla y de las pocas cosas que no se discuten, y que ahora sirve para vender comidas, bebidas, souvenirs, vamos, de todo. Un business.

Horas en las que se ve la diversidad de público que atrae este festival veraniego. Entre el que queda todavía ese público que se viste para asistir a la ópera. Ellas de vestido largo y ellos de smoking. Ambos con gusto muy variable e independiente de lo que se hayan gastado en el look.

Pero al que se ha incorporado otro público algo más colorido, aunque los hombres de traje azul o negro y camisa blanca, con o sin corbata que en el teatro hace calor, es lo que más predomina. Todos comiendo la famosa bratwurst o un pretzel con cerveza, proseco a diez euros la copa, o un yogur helado. Y también hay quien se ha traído la cesta de picnic y la despliega sobre el césped.

A todos ellos se les ve contentos. Musicalmente la producción es impecable, el resto es ruido o, si lo prefieren, matices de expertos y gusto de aficionados. Y en este teatro la música de Wagner suena de muerte. Y aunque en esta producción la emoción se ha ido al carajo para dar paso a la diversión y a los lances dialécticos de salón y cenáculos de expertos, la cosa es una fiesta que hasta los más pequeños pueden disfrutar. Tanto que un público enfervorecido les dedica casi diez minutos de aplausos y pataleo, un pataleo que en Alemania significa una gran aceptación, un bravo.

Sugiere una corrección