Tengo miedo torero, 'playlist'

El de la Loca del Frente es “un amor de folletín, de panfleto arrugado, rasrrojeados en la guaracha plañidera del maricón solo”.
Portada de 'Tengo miedo torero'.
LAS AFUERAS
Portada de 'Tengo miedo torero'.

Cuando se juega al amor, siempre existe el riesgo de equivocarse, pensaba la Loca del Frente, la protagonista de Tengo miedo torero, el libro de Pedro Lemebel que gana lectores en todo el mundo. Tras el estreno de la película de Rodrigo Sepúlveda y la reedición por Las Afueras de esta novela en España, en mayo aparecerá una nueva colección de crónicas. Para este año, además, varias editoriales anuncian la recuperación de muchos de sus títulos en distintos países hispanoamericanos y el escritor Garth Greenwell, finalista del National Book Award, prepara una antología de textos. Greenwell, que cosechó un gran éxito hace un par de años con Lo que te pertenece, considera que las crónicas de Lemebel son “absolutamente audaces” por “ a forma en que abordan el sexo y la clase. También son verbalmente brillantes: vulgares, hermosas y profundas.”

Todos esos ingredientes conforman también Tengo miedo torero, una novela que, según cuenta el propio Lemebel en el prefacio, surgió de veinte páginas escritas a finales de los ochenta y que permanecieron por años traspapeladas entre abanicos, medias de encaje y cosméticos que mancharon de rouge la caligrafía romancera de sus letras”. Como indicaba la contraportada de la primera edición española, Tengo miedo torero viene de El beso de la mujer araña, de Fresa y chocolate y de Antes que anochezca.

Con los personajes de esas obras podría hacer buenas migas la Loca del Frente, esa bordadora entrada en años y escapada de aquella estética de terciopelo y cretona, de bolero viejo y jazmines en el ojal tan presentes en los seriales radiofónicos de los cincuenta y sesenta o en el cine en blanco y negro. Ella, la Loca del Frente, que arrastra un pasado oculto en la neblina del ayer, tiene su propio repertorio musical, su propia playlist a decir de hoy, pero nunca atenderá al aviso escondido en las letras de esos boleros, coplas y rancheras que, desde el título mismo, se intercalan en el relato como parte fundamental de la historia.

Pulsamos el play.

Tengo miedo torero fue una de las primeras composiciones del prolífico Augusto Algueró Dasca. Además de su esposa, Carmen Sevilla, el pasodoble se hizo famoso en las voces de Marifé de Triana o Lola Flores. Para la versión cinematográfica, Rodrigo Sepúlveda eligió una preciosa versión interpretada a dúo por la cantante y compositora peruana Eva Ayllón, tan grande y sin embargo tan poco valorada en España, y Diego El Cigala.

En la novela no se demora en aparecer Tú me acostumbraste, del cubano Frank Domínguez, uno de los boleros que, desde antiguo, se asegura que encierra una historia LGTBI. Aunque la primera en grabarlo fue Olga Guillot, Lemebel invoca a Chavela Vargas mientras la Loca del Frente nos cuenta que Carlos, ese estudiante que la ha deslumbrado, es tan bueno, tan dulce, tan amable…

Pero no nos engañemos: el de la Loca del Frente es “un amor de folletín, de panfleto arrugado, rasrrojeados en la guaracha plañidera del maricón solo”. Carlos ha cumplido su promesa y regresa al caserón de esa cuesta del Cajón del Maipo. La Loca asume que la felicidad es fugaz por naturaleza y entona la La media vuelta, la vieja ranchera de José Alfredo Jiménez. Puede que, al arrancarse, nuestra heroína dudara entre las versiones de Mari Trini o Raphael…

La voz engolada del locutor de Radio Cooperativa insinúa la protesta en calle mientras Pinochet salta del asiento en el coche oficial al creer ver a dos maricones ronroneando en el prado. El dictador está convencido de que traen mala suerte, pero, como dice Carlos, todos los seres humanos somos iguales y merecen respeto. La Loca lo grita en la calle, confundida entre los pacíficos ciudadanos que buscan a sus familiares desaparecidos. Nada de lo que está ocurriendo en Santiago presagia un final feliz. Ella lo sabe y, como tantos que son como ella, se sigue refugiando en las tristes rancheras de José Alfredo…

Con el viejo tocadiscos que le han prestado, la Loca reemplaza la ausencia de Carlos y llena de rosas rojas y suspiros el vacío de su cuerpo amoldado en los cojines. Quizás los labios de ese falso estudiante que elogia a Cuba tengan la sensualidad de los de Sandro, el cantante argentino de movimientos voluptuosos a lo Elvis o Jagger. Carlos y sus compañeros de la célula insurgente entran y salen a su antojo del caserón. Aunque la Loca del Frente nunca sepa cuándo llegará, sigue a su lado, como en el bolero de Roberto Cantoral.

Entre puntada y puntada, los acontecimientos se precipitan. Un comando opositor trata de asesinar a Pinochet que salva la vida por poco y se aferra a su superstición. La represión se desata. Los caminos de Carlos y la Loca del Frente deben separarse. ¿Cómo se mira algo que nunca más se va a ver? ¿Cómo se puede olvidar aquello que nunca se ha tenido?

Todo en Tengo miedo torero es simple y complejo a la vez: una historia de amor o de renuncia, a sus protagonistas se les niega un sitio en el mundo. Y se rebelan. Ahí está la razón del éxito de la obra de Lemebel, del mensaje que guarda su legado. La homofobia siempre consigue poner de acuerdo a los intransigentes, ya sea de un lado o de otro.

“No soy Pasolini pidiendo explicaciones –escribió Lemebel, el mejor poeta de su tiempo según Roberto Bolaño –, / no soy Ginsberg expulsado de Cuba,/ no soy un marica disfrazado de poeta./ No necesito disfraz./ Aquí está mi cara./ Hablo por mi diferencia./ Defiendo lo que soy/ Y no soy tan raro...”.

No, no lo era. No lo es.