El periodista Mariano José de Larra escribió en el artículo ‘Horas de invierno’ una afirmación demoledora en el siglo XIX: “Escribir en Madrid es llorar, es buscar voz sin encontrarla, como en una pesadilla abrumadora y violenta”.

Ahora, sin embargo, miles de personas se esfuerzan a diario por demostrar que las cosas han cambiado y que escribir correctamente en el siglo XXI es todo un placer. La prueba de ello está en el éxito que cosechan las llamadas ‘escuelas de escritores’, cada vez más numerosas y especializadas en España y que cuentan con centenares de alumnos. En verano, la mayoría de ellas aprovechan para ofertar cursos intensivos que se convierten en alternativa cultural y de ocio para mucha gente.

“Si lo miramos desde el punto de vista del reconocimiento social y lo medimos, como suele hacerse en nuestra sociedad, en dinero y fama, entonces escribir casi siempre es llorar. Pero si lo medimos desde el punto de vista de lo que nos aporta, de lo que nos enriquece salir del rebaño y disponer las herramientas para expresarse y llegar a otros, entonces escribir es reír, reír a carcajadas”, explica Javier Sagarna, director de La Escuela de Escritores, a cuyas clases presenciales en Madrid asisten 300 alumnos. Otros 400 siguen los cursos virtuales.

La mayor parte de los responsables de estos centros subrayan la importancia de asistir a las clases sin el pensamiento de que los cursos son el pasaporte hacia una carrera literaria. “Muchas personas sueñan con ser escritores, y por supuesto en Fuentetaja consideramos esos sueños legítimos. Lo que no consideramos tan legítimo es que se juegue con esos sueños haciendo creer a la gente que ir a una pretendida escuela de escritores sea el camino para ser escritor. Eso es una falsedad”, explican Ramón Cañelles y Chema Álvarez, co-directores de los Talleres de escritura creativa Fuentetaja, por los que pasan cerca de 900 personas al mes.

LICENCIAR ESCRITORES

Precisamente esa creencia extendida de que en estos centros se enseña a ser escritor ha generado muchas críticas de profesionales que aseguran que no se puede enseñar a escribir. Desde los propios centros advierten de que sus clases no son una receta mágica.

“No creemos que ninguna institución educativa pueda licenciar escritores y reivindicamos un mayor cuidado del uso de la palabra escritor, lo que es una forma de dignificarla. No toda persona que escribe es un escritor, ni siquiera toda persona que publica. Ser escritor es una forma de vida y sólo la vida lo enseña. Otra cosa es que todo ser humano es per se un contador de historias, que todos tenemos historias que contar, que merece la pena que lo intentemos y que aprendamos a hacerlo lo mejor posible”, explican Cañelles y Álvarez.

La misma línea sigue Sara, que lleva cuatro años asistiendo a talleres literarios y ya ha conseguido publicar algún libro. “Hacer una carrera literaria implica muchas cosas. Principalmente un determinado talento y muchísima autoexigencia y perseverancia. El taller puede ser muy útil para adoptar un hábito de escritura creativo y crítico, pero más allá de eso debe haber una necesidad expresiva y un compromiso personal”, indica.

Sagarna, por su parte, insiste en la importancia del aprendizaje. “Existe el talento, pero un escritor necesita aprender su oficio. Escribir, tal y como nosotros lo vemos, es sobre todo un oficio que practicado con placer se convierte en un juego y practicado con maestría se convierte en arte”.

¿BENDICIÓN O DESGRACIA?

Si las escuelas de escritores no aseguran ser escritor, ¿qué busca la gente que asiste a los cursos? Cañelles y Álvarez lo explican: “La gran mayoría, tras conocer nuestro discurso, relativizan su posible deseo de ser escritores y buscan más satisfacer su deseo de escribir, de mejorar su escritura sin mayores pretensiones que mejorar en su capacidad expresiva”.

Sagarna sigue un discurso similar y advierte de que se escritor no es, ni mucho menos la panacea: “Suele conllevar mucha menos fama y dinero de la que muchos se imaginan”. Los responsables de Fuentetaja van más allá:

“Más veces de las que la gente imagina ser escritor es una desgracia. Aunque no hay estudios concluyentes al respecto, en el mundo de los verdaderos escritores la tasa de depresiones, neurosis e incluso suicidios, está muy por encima de la media. Y es normal porque el escritor, para serlo de verdad, generalmente hace enormes sacrificios y tiene que tener una sensibilidad muy fina que le aboca a ser observador, analista y cronista de las contradicciones humanas en un grado que a menudo se le hace intolerable”.

Lo que parece innegable a la vista del éxito de los centros es que la gente está interesada en escribir. “Esta sociedad deja poco sitio a la creatividad y es mucha la gente que busca desarrollar sus habilidades para la creación, dar cancha a su mundo interior y encontrar gente que comparta su pasión por la literatura”, explica Sagarna. “Resulta muy reconfortante poder compartir con otros nuestras historias y darnos cuenta de cómo podemos mejorar y variar en la forma de narrarlas”, confirma Sara.

PERFIL Y PRECIOS

Los responsables de las escuelas de escritores reconocen que dibujar un perfil del alumno tipo es poco menos que imposible. Las edades de los alumnos varían desde los 15 a los 80 años con trabajos que van “desde el funcionariado a la ingeniería aeronáutica, pasando por profesores, jubilados y algún ama de casa”. Matizan, no obstante, que el nivel de estudios oscila entre “medio y alto”.

Los precios de los cursos también varían mucho en función de su tipo y la duración. Los intensivos de Fuentetaja para verano, por ejemplo, van de 110 a 235 euros, mientras que el Máster de Narrativa de la Escuela de Escritores de dos años vale 12.000 euros.

Rubén, de 37 años y con estudios de diseño gráfico y web, es uno de los que lo ha cursado para “rellenar lagunas” que detectaba en su formación de letras. Él no tiene duda de la utilidad de las escuelas de escritores: “El talento no sirve para nada si no se tienen las herramientas para canalizarlo. Nadie se cuestiona cuando un pintor se apunta a Bellas Artes, o un músico al conservatorio, para mejorar su técnica. Por el contrario, es aún visto con recelo que un escritor se apunte a una escuela de escritores.”

La misma creencia tiene Eduardo Vilas, director de Hotel Kafka: "La literatura, como la música, la pintura o el cine es una disciplina artística, por lo tanto tiene sus reglas, sus tradiciones y sus expresiones clásicas y contemporáneas. El acceso a estos conocimientos puede alcanzarlos y dominarlos cualquiera que este interesado en hacerlo".


METODOLOGÍA

Todos los cursos de escritura tienen en común su metodología eminentemente práctica, con una gran atención al análisis y comentario de lecturas. “Analizamos técnicas que han usado otros escritores y que nos pueden servir para reflexionar sobre cómo hemos construido nuestros textos”, explica Sara. Formas de aprender a que esas lágrimas de las que hablaba Larra se transformen en sonrisas casi 200 años después.

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