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Puede que la gente delgada y la gente con sobrepeso vean la comida de forma diferente

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COMIDA
RAY KACHATORIAN VIA GETTY IMAGES
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Educar a las personas sobre una alimentación saludable es una idea genial, pero ¿acaso da lugar a hábitos más saludables? Según los investigadores de la Universidad de Cambridge que publicaron un estudio al respecto el mes pasado en eNeuro, la respuesta es: no necesariamente.

Tras analizar a personas delgadas y con sobrepeso, concluyeron que la educación no era al problema en lo que se refiere a malas elecciones alimentarias. Cuando se les presentaron varias opciones de comida hipotéticas, ambos grupos señalaron que preferían los mismos alimentos, lo cual demuestra un entendimiento común de lo que supone una alimentación saludable. En cambio, cuando los participantes vieron la comida en la vida real, en un bufet de verdad y no hipotético, el grupo con sobrepeso tendió a elegir las opciones menos saludables.

"Puede que la comida real implique estímulos potentes (y tal vez subconscientes)", apunta Nenad Medic, uno de los autores del estudio e investigador en el departamento de Psiquiatría de Cambridge.

En otras palabras, la forma en que las personas con sobrepeso experimentan la comida que tienen a su disposición puede anular su capacidad para atenerse a una elección más saludable que posiblemente habrían planeado antes de que se les presentara la comida, explica Medic por correo electrónico a la edición estadounidense de The Huffington Post. "Entre las personas con sobrepeso, los que se mostraron más impulsivos fueron más vulnerables a los efectos atractivos de los alimentos no saludables".

La diferencia entre las personas con sobrepeso y delgadas puede que no se limite a una toma de decisiones conscientes: un estudio similar publicado en el International Journal of Obesity en marzo utilizó la tecnología de las resonancias magnéticas para descubrir que la zona del cerebro responsable de procesar los juicios de valor era más fina en personas obesas y con sobrepeso que en personas delgadas.

El mensaje subyacente es que los factores ambientales pueden influir en la obesidad más de lo que anteriormente se creía. Sin revisar los factores ambientales que llevan a una mala alimentación, la educación probablemente no sea suficiente para cambiar el comportamiento de las personas.

Las diferencias en el cerebro no explican del todo qué provoca la obesidad


Aunque el estudio de eNeuro era relativamente pequeño —sólo participaron 23 personas delgadas y 40 con sobrepeso—, los investigadores tuvieron en cuenta la edad, el sexo, el nivel de ingresos, educación y coeficiente intelectual. No obstante, aunque notaron diferencias demográficas entre los participantes en cuanto al nivel educativo y de ingresos, el estudio no fue lo suficientemente exhaustivo para examinar estas diferencias de forma más precisa.

"No hemos examinado directamente la contribución de la desigualdad o la pobreza sobre los juicios de valor o la conducta alimentaria", cuenta Medic. "Sin embargo, nuestros hallazgos sugieren que el ambiente alimentario, o la disponibilidad de los alimentos, puede promover un consumo de alimentos no saludables, pese a la intención de la gente de comer más sano".

En realidad el estudio no encontró la conexión entre una alimentación no saludable y la desigualdad. No obstante, otras investigaciones previas sugieren que la disponibilidad de alimentos afecta a los patrones alimentarios. De acuerdo con un estudio publicado en el Journal of the American Osteopathic Association en septiembre, los niños que sufren inseguridad alimentaria tienen un riesgo mayor de desarrollar obesidad. Entre los adolescentes, aquellos con una seguridad alimentaria "marginalmente baja", "baja" y "muy baja" tenían entre un 33 y un 44% más probabilidades de tener sobrepeso que los que tenían acceso suficiente a los alimentos. Según los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades, los niños obesos tienen más posibilidades de convertirse en adultos obesos.

El ambiente alimentario, o la disponibilidad de los alimentos, puede promover un consumo de alimentos no saludables, pese a la intención de la gente de comer más saludable".

"A menudo, el hambre y la obesidad son ambas caras de la misma moneda de la malnutrición", explicó a The New York Times en 2010 Joel Berg, director ejecutivo de la Coalición de la Ciudad de Nueva York contra el Hambre. "Ciertamente, el hambre es un síntoma casi exclusivo de la pobreza. Y la obesidad extra es uno de los síntomas de pobreza".

El nuevo estudio debería servir como advertencia sobre la eficacia de las campañas de salud pública sólo informativas —como las de indicar las calorías de los menús— que se centran simplemente en informar a la gente sobre el aspecto saludable de los alimentos.

"Parece que esto no es suficiente, dado que el ambiente alimentario —la presencia de alimentos no saludables— puede anteponerse a las decisiones de las personas", explica Medic.

Por otro lado, el nuevo estudio podría servir de carne de cañón para quienes defienden que deberían gravarse con impuestos adicionales los alimentos no saludables, como los refrescos, para animar a que se consuman menos.

Según un estudio publicado en el British Medical Journal en enero, las ventas de refrescos en México descendieron en todos los grupos socioeconómicos después de que el país aplicara un impuesto sobre las bebidas en 2012. La disminución fue mayor en hogares con menos ingresos, que para finales de 2014 habían reducido un 17% su compra de refrescos.

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Este artículo fue publicado originalmente en la edición estadounidense de 'The Huffington Post' y ha sido traducido del inglés por Marina Velasco Serrano