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El motivo psicológico por el que no nos gusta la fruta fea

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BROCOLI
ROSEMARY CALVERT/GETTY IMAGES
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A los seres humanos nos gusta relacionarnos con gente atractiva, tener animales monos y ponernos ropa chula. Pero ¿hay algún motivo para considerar más sabrosa la comida con buena pinta? Este comportamiento puede parecer insignificante, pero a menudo conlleva el abandono de las frutas y verduras menos agraciadas en los campos, pese a ser perfectamente comestibles.

Cada año se desperdician en todo el mundo 1.300 millones de toneladas de alimentos producidos para el consumo humano. En la categoría de frutas y verduras, se malgasta casi la mitad de la producción. Eso equivale a 1.000 millones de bolsas de patatas, 3,7 billones de manzanas y así sucesivamente. Sólo en los países industrializados el coste asciende a miles de millones de euros. La superficialidad tiene un alto precio.

En Europa ya se han iniciado varios movimientos para llevar las frutas y verduras feas a los supermercados y para reducir el despilfarro de alimentos. En Reino Unido, empresas como la multinacional Tesco han empezado a ofrecer productos de peor aspecto a precios más bajos.

Entonces: ¿existe en realidad algún motivo válido para negarse a comprar fruta fea? ¿Hay algo que pueda explicar esta extraña conducta?

Reconozcámoslo: el componente estético siempre pesa

Nuestra preferencia por la belleza es un sesgo cognitivo que afecta a todos los ámbitos de nuestra vida. Damos por hecho que las personas guapas son más inteligentes, sinceras y exitosas que quien tiene un atractivo menos convencional, de acuerdo con numerosos estudios. Así que también optamos por alimentos que se ajustan a un tipo de estándar estético.

"Varios investigaciones demuestran que la forma de presentar la comida puede influir en nuestro gusto por ella", explica Debra Zellner, profesora de Psicología en la Universidad Estatal de Montclair en Nueva Jersey (Estados Unidos).

En un estudio de 2014 que apareció en la revista Appetite, Zellner trabajó con el Instituto Culinario de América para servir a los participantes dos comidas preparadas por reputados chefs. Los platos eran exactamente iguales, salvo en la presentación visual. Los participantes dijeron que les gustaba más la comida que estaba emplatada de forma atractiva, y que incluso les parecía más sabrosa.

En otras palabras, el estudio confirmó lo que la gente lleva años y años diciendo: a veces se come más con los ojos que con la boca.

"Preferimos las cosas bonitas", reconoce Zellner, "aunque a veces no sepamos bien por qué".

apio
Un humilde apionabo


El dato resulta triste, porque algunas frutas son feas por naturaleza. Una fresa roja y brillante provoca un cierto deseo en nosotros que no nos llega al ver un enorme apionabo cubierto de raíces y fibras. Por motivos no del todo claros, el cerebro tiende a considerar algunas cosas bellas y otras poco atractivas.

Lo interesante es que hay un área del cerebro encargada de hacer esta llamada. Los científicos han descubierto que si miras una bonita obra de arte o algo terriblemente asqueroso, se activa la corteza insular anterior del cerebro. Este hallazgo ha llevado a los expertos a sugerir que el procesamiento estético simplemente es la forma en que el cerebro trata de calcular el valor de un objeto, es decir, de evaluar si lo que está viendo es bueno o malo para la persona.

¿Pero las frutas feas son malas para el consumidor?

A lo largo de los siglos, nuestro sentido del olfato y el gusto han evolucionado para que nos guste lo dulce, porque indica que un alimento es rico en calorías. Del mismo modo, hemos evolucionado para rechazar lo amargo o lo agrio, que puede significar que algo está podrido o es tóxico.

La vista también juega un papel importante en la forma de escoger la comida. El color afecta tanto a la capacidad de identificar un alimento que es posible engañar a un experto en vinos y hacerle pensar que un vino blanco es tinto con sólo añadir colorante rojo. El color también puede hacernos creer que un helado de vainilla verde sabe a menta y que la vainilla de color marrón es chocolate.

¿Hay alguna posibilidad de que nuestro cerebro trate de alejarnos de las frutas deformes porque implican algún tipo de peligro?

"Hay tres causas principales para las imperfecciones de frutas y verduras", afirma Marvin Pritts, profesor de Horticultura en la Universidad Cornell.

La primera es una polinización inadecuada: si la fruta no se poliniza completamente, se alterará la forma en torno a la semilla. Este tipo de deformaciones se produce también por el hielo, que puede dañar algunas partes de la flor y, aunque el fruto siga creciendo, lo más probable es que no gane ningún concurso de belleza. La tercera causa posible es que los insectos se coman una parte del fruto y éste crezca de forma asimétrica. Del mismo modo, la planta también puede sufrir virus —no transmisibles a humanos— o deficiencias de minerales en el suelo, lo cual puede afectar a la planta en sí, pero no a los humanos al consumirla.

"Ninguna alteración en la forma podría provocar problemas de salud a las personas", aclara Pritts.

Dicho de otra manera: las frutas deformes no son ningún tipo de mutantes con cáncer de planta. Lo peor sería comer una fruta cultivada en un entorno con material radiactivo. No obstante, incluso en ese caso, tendríamos que comer mucha fruta para que esto llegara a ser un problema, especifica Timothy Mousseau, profesor de Biología de la Universidad de Carolina del Sur. Además, es imposible dilucidar sólo por la forma de una fruta si ha estado expuesta o no a material radiactivo.

Dado que las frutas y verduras deformes no son nocivas como lo es la comida tóxica, resulta muy improbable que la aversión hacia los alimentos de aspecto singular sea una adaptación evolutiva, sostiene Zellner. Probablemente sea más bien algo aprendido.

"Un bebé no nace prefiriendo un melocotón perfecto", dice Zellner. "Aprendemos cuál es el aspecto típico de una fruta por la experiencia".

Se puede desaprender lo aprendido

¿Cuál es el aspecto típico de una fruta? Al pensar en fruta, muchos se imaginarán las piezas que se ven en el supermercado. En cambio, esa fruta ha sido seleccionada porque cumple ciertos criterios visuales establecidos por los minoristas.

A diferencia del gusto por lo dulce, la preferencia por la fruta de un aspecto determinado no aparece programada en nuestro cerebro. Puede que la percepción de la gente cambie al recordarles que la fruta no tiene por qué ser redonda o simétrica para estar deliciosa o apta para el consumo. Esto, junto con una decisión de ser responsables social y medioambientalmente, puede explicar por qué las frutas y verduras feas empiezan a ser más visibles.

En Europa, Australia y Canadá, los supermercados ya han empezado a actuar contra el desperdicio de alimentos vendiendo frutas y verduras menos atractivas a precios reducidos. Y existen varias campañas en redes para cambiar nuestra percepción sobre la fruta fea. Puede que el final de la discriminación de la fruta esté cerca.

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Este post fue publicado originalmente en la edición estadounidense de 'The Huffington Post' y ha sido traducido del inglés por Marina Velasco Serrano