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Aunque Donald Trump pierda, los ultras blancos ya han ganado

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TRUMP
CARLO ALLEGRI/REUTERS
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WASHINGTON ― El mes pasado, varios ultranacionalistas estadounidenses blancos viajaron a una conferencia anti-inmigración en Wismar (Alemania) y dijeron a los asistentes que la campaña presidencial de Donald Trump representa una victoria para el movimiento… aunque ni siquiera gane las elecciones.

Entre los ponentes oficiales del evento —patrocinado por una asociación de partidos ultranacionalistas de Europa— se incluyen Kevin MacDonald, un profesor jubilado de la Universidad Estatal de California en Long Beach que defiende el antisemitismo, y Tom Sunic, que ha participado en reuniones organizadas por Klansmen, neo-nazis que niegan el Holocausto, y que hizo de “intérprete para un público muy selecto y privado alemán”, según explicó el mismo a la edición estadounidense de The Huffington Post. William Johnson, un ultra blanco que fue durante un breve período de tiempo delegado de Trump, intervino espontáneamente en el acto. Entre los ponentes no estadounidenses estaban Frank Rennicke, un cantautor alemán que además es de extrema derecha, y Nick Griffin, un político británico que una vez fue condenado por incitar al odio racial. (Griffin “echó la bronca a todos los activistas blancos por no casarse y no tener hijos”, explicó Johnson.)

El acto se centró en “la crisis migratoria, la amenaza que supone el terrorismo islámico y el desarrollo negativo de la Unión Europea”, de acuerdo con un folleto en alemán traducido por el HuffPost. No obstante, los ultranacionalistas europeos también se interesaron por Trump, y sobre lo que pasará si no es elegido presidente. En la conferencia, Johnson aseguró que Trump conseguirá facilitar los esfuerzos de los ultras blancos y lograr “más aceptación en el futuro”. Sunic, que lanzó al público preguntas sobre Trump, contó al HuffPost que como “fenómeno político”, nadie “puede pararlo ya”.


Varios ultranacionalistas americanos blancos, reunidos en una conferencia anti-inmigración en Alemania el mes pasado.

No cabe duda de que la carrera de Trump a la presidencia ha avivado la mecha del ultranacionalismo blanco. En las últimas semanas, el periódico oficial del Ku Klux Klan ha apoyado a Trump, los supremacistas blancos han anunciado planes para controlar los colegios electorales y Johnson lanzó un audio telefónico grabado que afirmaba que Evan McMullin, un candidato independiente que compite con Trump en Utah, es gay. (El miércoles pasado paró la campaña y se disculpó).

La campaña de Trump calificó de “repulsivo” el periódico del KKK y dijo que “su visión no representa a las decenas de millones de estadounidenses reunidos en nuestra campaña”. En cuanto a la llamada telefónica de Johnson, la campaña afirmó: “No tenemos conocimiento de esas actividades y condenamos firmemente cualquier mensaje de odio y a cualquier individuo relacionado con ello”.

No obstante, los ultras blancos no se están preparando sólo para las elecciones. Como demuestra la conferencia alemana, también están planeando cuál será el próximo movimiento.
“Trump ha liberado fuerzas —fuerzas mucho mayores que él mismo— que simplemente no pueden volver a meterse en la botella”, explica Richard Spencer, presidente del Instituto Nacional de Política, un think tank nacionalista blanco. Los que buscan un cambio y quieren que el discurso político nacional vuelva a ser normal después de Trump “van a llevarse una gran decepción”, añade. Si Trump pierde, Johnson quiere seguir enviando correos a la lista de mails de la campaña (aunque no está seguro de tener permiso) y promocionar así el nacionalismo blanco. El marketing incluirá “principios clave del nacionalismo” como “oponerse a la diversidad y al multiculturalismo”, dice. También espera ver a “algunos de nosotros convertidos en comentaristas de confianza en los medios —por ejemplo, citó a Jared Taylor, editor de la publicación de ultranacionalistas blancos American Renaissance— y afirma que los nacionalistas blancos tienen “un buen número de candidatos con energía” que pretenden presentarse al cargo.
“Ningún republicano de los grandes” comparte la visión de Trump sobre la inmigración y otras cuestiones”, explica Spencer, quien, por otra parte, aprecia “signos de que está entrando en escena una nueva raza política”. Matthew Heimbach, considerado por algunos como “la cara de una nueva generación de ultranacionalistas blancos”, que generó titulares a principios de este año por empujar a una mujer negra que estaba protestando en una marcha de Trump en Louisville (Kentucky), espera que estas elecciones perjudiquen al Partido Republicano para que los votantes blancos de clase obrera lo abandonen directamente. Le gustaría ver que apoyan a los nacionalistas blancos, de los que espera que se presenten a las elecciones locales. En cierto modo, esto ya ha comenzado: el que fuera gran mago del KKK, David Luke (simpatizante de Trump), anunció que se presentaba al Senado en Louisiana a principios de este año.
El peligro real no es que el ultranacionalismo blanco se convierta en una ideología política dominante, sino que la derrota de Trump lleve a los votantes frustrados a actuar de forma temeraria.

Los ultranacionalistas blancos —que en 2016 es más probable que acudan trajeados a conferencias académicas en vez de visitar las barriadas— quieren dar la impresión de que Trump dice lo que muchos americanos piensan. Pero su apoyo sigue quedándose en un grupo minoritario de votantes blancos ansiosos por un giro en la inmigración y en cuestiones económicas. Es probable que Trump pierda. Y es muy muy probable que Duke pierda. El peligro real, apuntan algunos expertos, no es que el ultranacionalismo blanco se convierta en una ideología política dominante en Estados Unidos, sino que la derrota de Trump lleve a los votantes frustrados a actuar de forma temeraria.

Aunque los líderes nacionalistas blancos pidan que se canalice el enfado en la formación política o mediante el apoyo de candidatos supremacistas blancos, algunos de los consumidores de la retórica extremista pueden verse movidos a actuar con violencia, advierte Ryan Lenz, que escribe para el Proyecto de Inteligencia del Southern Poverty Law Center (SPLC) y en su blog Hatewatch.

La amplia mayoría del terrorismo nacional en los últimos años procede de los llamados “lobos solitarios” o grupos de “resistencia sin líder” compuestos sólo por dos personas, según un estudio de 2015 del SPLC. “La gente pide una guerra de razas”, comenta Lenz. “Y en el mundo nacionalista y supremacista blanco existe ese sentimiento loco de esperanza de que sus sueños encontrarán respuesta [con una victoria de Trump]. ¿Qué ocurre cuando la esperanza se convierte en desesperación? ¿O en un sentimiento de derrota? No sabemos, pero lo que sí sabemos es que en épocas de derrota la gente está más dispuesta a actuar de forma violenta y temeraria. Ese es el motivo de preocupación en este momento”.

MIEDO A QUE AUMENTEN LOS DELITOS DE ODIO

David Pilgrim, fundador y comisario del Jim Crow Museum en la Ferris State University, también teme un repunte en las confrontaciones físicas y los delitos de odio. “Me preocupa porque las divisiones de raza, de clase y de género se han empeorado en estas elecciones”, reconoce. “Me preocupa qué pasará la mañana de después”.

No queda claro si los simpatizantes de Trump aceptarán los resultados de las elecciones, teniendo en cuenta hasta qué punto Trump ha insistido en la manipulación contra él. En Stormfront, un foro online de supremacistas blancos, los usuarios que responden a un cuestionario informal aseguran que no aceptarán una victoria de Clinton. “Espero que haya levantamientos violentos y una gran revolución contra ella. Preparaos para lo peor”, escribe un usuario. Otro quiere “resucitar a Robespierre y sus guillotinas”, en referencia al político del siglo XVIII que fue una figura muy influyente durante la Revolución Francesa y líder durante el “período del terror” que ordenó la ejecución de miles de personas, a muchos en la guillotina.

“Estamos recuperando este país. Si lo hacemos a través del proceso democrático, bien, pero si no podemos hacerlo de forma democrática, usaremos otros medios”, afirma otro.

Aunque la violencia post-Trump no se materialice, el candidato republicano ha contribuido a normalizar el racismo en el discurso político. Pilgrim cuenta que, aunque no cree que “los partidarios de los supremacistas blancos” obtengan grandes resultados, le preocupa que “cada vez se elija a más candidatos que comparten su visión racial con el Klan y los demás supremacistas blancos”.

El racismo está tan arraigado en la historia y la cultura estadounidenses que costará mucho trabajo superarlo. — Noam Chomsky

Desde el principio de esta campaña, Trump prometió que prohibiría a los musulmanes viajar a Estados Unidos y que construiría un muro en la frontera entre México y EE.UU. Estas posturas radicales ya atrajeron a los ultras blancos, pero Trump ha llegado aún más lejos. Cuando Duke apoyó a Trump, el magnate se negó al principio a denunciarlo. Lo que podría haberse tachado como una casualidad pronto se convirtió en una estrategia activa para cortejar a los blancos desencantados.

“Trump trae algo que siempre ha estado ahí”, apunta Noam Chomsky, lingüista, filósofo, activista y profesor emérito del MIT. El racismo está “tan arraigado en la historia y la cultura estadounidenses” que costará “mucho trabajo superarlo”, añade.

La campaña de Trump ha hecho guiños continuos a los ultranacionalistas blancos en las redes sociales, ha denigrado a personas de color y a inmigrantes en comunicados públicos, y luego han fingido ignorancia cuando se les cuestionaba. Para los nacionalistas blancos, la estrategia tiene mucho sentido. Los racistas que han colonizado los oscuros recovecos de internet han empezado a promocionarse como la derecha alternativa (“alt-Right”, un término que Spencer acuñó en 2008). Enseguida el movimiento adquirió tal importancia que Hillary Clinton se sintió obligada a denunciarlo públicamente.

Aunque la cifra de estadounidenses que “apoyan directamente” a estos grupos de odio o visitan su web sigue siendo más baja que en décadas anteriores, ahora se está incrementando, afirma Brian Levin, director del Centro para el Estudio del Odio y el Extremismo en la Universidad Estatal de California en San Bernardino.

“Aunque Trump pierda, el ultranacionalismo blanco se ha reforzado dramáticamente, se ha unificado y se ha transmitido ampliamente de una manera nunca vista desde la campaña insurgente de George Wallace en 1968”, señala Levin, en referencia al exgobernador de Alabama.

Además de ser el candidato republicano, en California Trump también es el candidato del Partido Independiente Americano, un grupo que surgió de la carrera presidencial de Wallace de 1968. La analogía entre los dos candidatos es imperfecta. Pilgrim señaló: “No creo que los seguidores [de Wallace], ni siquiera los más hardcore... no creo que pensaran que ganaría”. Sin embargo, Wallace tuvo un impacto duradero en la escena política.

Richard Nixon, que ese año consiguió la presidencia, adoptó finalmente muchas de las posturas de Wallace, aunque “se las arregló para pulir la agria retórica del gobernador de Alabama”, cuenta Dan Carter, profesor emérito de Historia en la Universidad de Carolina del Sur.

Los ultranacionalistas blancos siguen apostando por una presidencia de Trump. Aun así, en la conferencia de Alemania los asistentes se sorprendieron de todo lo que se había logrado ya con la campaña. “Todo el mundo con el que hablé sólo tenía cosas buenas que decir sobre Trump”, apunta Johnson.

Jared Taylor, editor de la publicación ultranacionalista blanca American Renaissance, opina que este movimiento seguirá creciendo con o sin el magnate. “Somos más inteligentes y más determinados que Donald Trump”, asegura. “Hemos pensado en todo esto de una forma más sistemática de lo que probablemente lo haya hecho él”.

Si Trump pierde, dice Taylor, se producirá una “tremenda frustración” entre sus simpatizantes. “No quiero entrar en detalles sobre el tipo de enfoque que planteamos, pero ya nos hemos granjeado un buen número de seguidores nuevos”, anuncia.

Este artículo fue publicado originalmente en la edición estadounidense de 'The Huffington Post' y ha sido traducido del inglés por Marina Velasco Serrano

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