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Lecciones desde la antigua Yugoslavia

03/05/2017 07:32 CEST | Actualizado 10/05/2017 14:04 CEST
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Sarajevo, 6 de abril de 2017. Homenaje a las víctimas de la guerra de los Balcanes.

Nos reunimos con José Ángel Ruiz Jiménez, profesor del departamento de Historia Contemporánea y del IPAZ de la Universidad de Granada para hablar de su último libro: Y llegó la barbarie. Nacionalismo y juegos de poder en la destrucción de Yugoslavia (Ariel, 2016). En una mirada a trasluz sobre el fondo histórico del seísmo político que fragmentó a los Balcanes en los 90, reflexionamos sobre el presente de Europa, en un tiempo de creciente incertidumbre geopolítica.

En los últimos años, hemos sido testigos de una serie de referéndums en Europa que han sido decisivos para resolver cuestiones de soberanía estatal: Crimea (2014), Escocia (2014) y Brexit (2016). En el caso de España, asistimos a la demanda creciente del nacionalismo catalán de un referéndum vinculante desde la consulta popular del 9N (2014).

Juan Alberto Ruiz Casado
José Ángel Ruiz Jiménez, autor del libro 'Y llegó la barbarie. Nacionalismo y juegos de poder en la destrucción de Yugoslavia' (Ariel, 2016).

Si ponemos en diálogo los hechos del presente con la historia que retrata tu libro, hay una pregunta fundamental con la que me gustaría empezar esta entrevista: ¿qué papel jugaron los referéndums en el final del Estado plurinacional yugoslavo?

El referéndum es un mecanismo legítimo de consulta popular y democracia directa. No obstante, si analizamos el caso yugoslavo, el factor decisivo de las muchas consultas que se celebraron allí fue resolver quién decidía cuáles eran válidas y cuáles debían anularse. Recordemos que los enclaves serbios en Croacia y Bosnia-Herzegovina (BiH), que pretendían seguir en Yugoslavia, usaron el mismo argumento que los independentistas: la democracia está por encima de la ley. Y realizaron sus propios referéndums para permanecer en Yugoslavia. Así, cada comunidad organizó su particular consulta y consideró válida solo aquella que le beneficiaba donde era mayoría. Obviamente, el problema en Yugoslavia no fue el uso del referéndum, sino su instrumentalización para dividir a una sociedad plural, en lugar de concertar una respuesta común al desafío al que se enfrentaba Yugoslavia tras el final de la Guerra Fría.

El otro asunto clave para mí es, ¿qué margen real de preservar la convivencia existe cuando no hay un proyecto político común, sino que todas las opciones son nacionalistas de uno u otro signo? A partir de estas dos cuestiones podemos entender el modo en que los referéndums se usaron en el proceso de fragmentación de Yugoslavia.

Aquellos líderes no dudaron en promocionar una exagerada narrativa victimista de la nación propia que demonizaba a la vecina.

Leyendo tu libro, me llama la atención cómo en un país que durante décadas fue modelo de pacifismo y tolerancia, tras el final de la Guerra Fría, a una velocidad relámpago, se instaló una lógica social y cultural de paroxismo de la diferencia, que desembocó en odio visceral entre las naciones yugoslavas.

Una de las cuestiones más fascinantes y a la vez desoladoras de aquellas guerras fue que un país plurinacional y multiétnico cuyo lema era hermandad y unidad, donde convivían bosnios, serbios, croatas, cristianos, musulmanes y judíos, no ya con tolerancia, sino con un respeto mutuo del que todos se enorgullecían, se hundiera en semejante baño de sangre. Entender cómo puede llegarse a ese punto fue una de las principales motivaciones para escribir Y llegó la barbarie.

Yugoslavia, con todos sus problemas, vivió entre los años 50 y 80 el período más próspero de su historia en cuanto a calidad de vida, educación, sanidad, empleo, estabilidad y reconocimiento institucional de sus distintas naciones bajo la identidad común yugoslava y socialista. Como explicaba recientemente el legendario Moka Slavnić en las páginas de Jot Down: "Yugoslavia era un país bonito para vivir y para ver".

Lamentablemente, los líderes políticos se comportaron como oportunistas cuya principal meta era obtener las mejores ventajas del proceso de descomposición del país. Éste fue una fuente de oportunidades políticas y empresariales en cada una de sus repúblicas. En semejante contexto, el recurso al referéndum, como el discurso nacionalista, fueron meros instrumentos por los que las nuevas elites buscaban satisfacer sus intereses materiales y de poder. Lo que nació fue de hecho una nueva política basada en estrategias de confrontación étnica tras el vacío creado por la caída del comunismo.

Aquellos líderes no dudaron en promocionar una exagerada narrativa victimista de la nación propia que demonizaba a la vecina. Su estrategia de inundar los medios con discursos de odio justificó el uso de la violencia como instrumento político. De las palabras pasaron a realizar calculadas expulsiones y masacres, iniciando así una espiral de histeria y barbarie que cobró inercia propia, derivando en campos de concentración, torturas, violaciones masivas y destrucción de patrimonio cultural y religioso. De este modo, así fuera por miedo, por defensa propia o por venganza, al ciudadano de a pie ya no le quedaron más opciones que matar, morir o huir.

Sin duda, las guerras balcánicas de los 90 pusieron la nota amarga a un momento de euforia internacional, por el tan deseado final de la Guerra Fría; marcando además a toda una generación por las muchas noticias sobre atrocidades que parecían inimaginables en la Europa de finales del siglo XX.

Como bien ha escrito el gran balcanista Miguel Rodríguez Andreu, la desaparición de Yugoslavia fue una derrota antropológica, pues el país fue un experimento de convivencia en la diversidad que terminó en tragedia.

Mirando al presente, se nos plantea el desafío del etnonacionalismo con mucha seriedad. En una Europa tan global como la de hoy, estamos confrontando las dificultades de convivir con la diferencia. El aparente consenso europeo respecto a la apertura a otras culturas y la aceptación de las diferencias, que hizo que muchos mirasen por encima del hombro a los incivilizados Balcanes, se está topando con una realidad inesperada. El éxito del Brexit, el ascenso del Frente Nacional y Alternativa por Alemania, o del Partido por la Libertad en Holanda y Austria, aparte de la arrolladoras victorias electorales del ultranacionalismo en Bulgaria, Hungría y Polonia, son casos más que suficientes como para empezar a hablar de una potente deriva política a la que se está denominando democracia iliberal.

La posibilidad de una nueva guerra es algo que se ha apuntado últimamente con cierta insistencia desde publicaciones tan reputadas como 'Foreign Policy' o 'The Guardian'.

Tras el never again del genocidio de Srebrenica, ¿Qué queda hoy del discurso del odio interétnico y hasta donde ha llegado la pacificación? ¿Sería posible una nueva guerra en los Balcanes?

El discurso de odio sigue presente sobre todo en BiH, donde los acuerdos de Dayton, aunque acabaron con la guerra, son hoy un obstáculo para el avance del país. Los intentos de instituir comisiones de la verdad han tenido muy poco éxito, e incluso el recuerdo de Srebrenica, lejos de suponer un punto de consenso contra la barbarie, tiene el efecto contrario, manipulándose vergonzosamente. El último ejemplo lo tuvo su 25 aniversario. Aquella oportunidad de concienciarse de la importancia del nunca más, al que haces referencia, derivó en una desagradable polémica en la que Serbia consideraba que BiH, apoyada por Reino Unido, instrumentalizaba la efeméride para humillarla. Rusia apareció entonces apoyando incondicionalmente a Serbia, de modo que aquella fecha de duelo y respeto a las víctimas terminó centrada en un agrio debate entre mandatarios internacionales.

La posibilidad de una nueva guerra es algo que se ha apuntado últimamente con cierta insistencia desde publicaciones tan reputadas como Foreign Policy o The Guardian. Incluso Angela Merkel, siempre templada en sus declaraciones, afirmó que el hipotético cierre de las fronteras alemanas para los refugiados que cruzaban los Balcanes podría elevar las tensiones y provocar una guerra en la región.

La situación de paz en los Balcanes se sostiene sobre un frágil y dinamico equilibrio. Croacia se equipó recientemente con armas estadounidenses, a lo que Serbia respondió adquiriendo armamento ruso. Republika Srpska amenaza con la secesión de BiH, y Albania con unirse a Kosovo para crear una Gran Albania. Pese al alarmismo despertado por estas situaciones, las limpiezas étnicas de los 90 trazaron un mapa demográfico tal, que no es previsible que ningún país vaya a la guerra por hacerse con territorios donde apenas tiene población, originando además un aislamiento internacional que países tan pequeños no pueden permitirse.

Por otra parte, los traumas de la guerra y los persistentes discursos nacionalistas causan tensiones soterradas que ilustraré con una anécdota que además supone un estupendo ejemplo del peculiar humor negro balcánico. Recientemente, un amigo me refería como un grupo de jóvenes de varias nacionalidades bebían y se divertían en medio de un ambiente de enorme complicidad y aprecio. Avanzada la noche y tras muchos tragos, uno de ellos comentó a otro: – ¿Sabes? Eres un tipo estupendo y me caes de maravilla. Si hay otra guerra, te mataré el primero.