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España contra la gallina de los huevos de oro

21/08/2017 07:17 CEST | Actualizado 21/08/2017 14:54 CEST

EFE

El turismo es el sector económico más importante de España; genera el 12% del PIB y el 16% del empleo. Se trata de un sector maduro, que ha recuperado su posición dominante tras el desplome del sector inmobiliario con la crisis financiera de 2008. La industria turística fue clave en el desarrollo del país en la segunda mitad del siglo XX, y en la actualidad es la que con más fuerza está tirando del carro de la recuperación económica española.

Las llamadas primaveras árabes, la aparición del Dáesh, la crisis de refugiados o la inestabilidad política en Turquía han eliminado los principales destinos turísticos con los que competía España para captar al turista europeo. Lo que era un sector maduro con problemas para adaptarse ante la nueva competencia se ha convertido en el motor económico de un país necesitado de uno, y las cifras de turistas han batido récords nunca antes vistos, pero supone también una presión sin precedentes en los destinos.

España es el tercer país que más turistas recibe: más de 75 millones anuales —menos de cinco de diferencia con EEUU y ocho con Francia, segundo y primer puestos respectivamente—, pero es el segundo donde más ingresos totales genera este sector. Todo ello con una población muy inferior al resto de los grandes destinos, como son Francia, EEUU, China, Italia, Turquía, Alemania o México.

El turismo es la gallina de los huevos oro de España, pero los españoles están hasta los mismos de la gallina. Pintadas con el lema "Tourist, go home" han aparecido en los muros de los principales centros turísticos del país, se han producido manifestaciones contra ellos y recientemente varios ataques mediáticos en Barcelona, Palma de Mallorca, Valencia o San Sebastián han hecho saltar las alarmas.

La turismofobia pareciera haberse hecho hueco en el lugar que, tras la crisis, la extrema derecha y la xenofobia han ocupado en el resto de Europa. Pero ¿quién puede odiar a un turista? ¿Quién no lo ha sido alguna vez? ¿Cómo es posible que la población española se esté haciendo el haraquiri atacando al sector que genera más del 10% de la riqueza y casi dos de cada diez trabajos?

Todos los medios nacionales y algunos internacionales se han hecho eco del concepto de turismofobia y de cómo la sociedad española pareciera no inmutarse ante la debacle kamikaze. Empero, lo que está sucediendo no es una fobia al turismo; no es odio ni miedo: es la consecuencia de una mala gestión del modelo turístico.

Lo que ahora medios, políticos y miembros del sector turístico denominan fobia es una epidemia que ya se había propagado por otros lugares: el conocido como síndrome de Venecia. Se trata de la reacción de los residentes en destinos turísticos ante modelos insostenibles social y urbanísticamente, una reacción contra la transformación del espacio en un escenario, en un parque temático donde los habitantes de los destinos turísticos dejan de poder habitar sus espacios.

La llegada masiva de turistas del norte del continente, sumada a la revolución de los servicios que acompaña la cuarta revolución industrial, ha hecho que los residentes de los espacios turísticos deban competir por el alojamiento y el espacio en la ciudad con colectivos de mucho mayor poder de gasto, a lo que se ha añade la entrada de fondos de inversión extranjeros que compran y alquilan con fines turísticos edificios enteros.

Ante la demanda, los residentes se han visto incapaces de pagar las nuevas rentas y han sido expulsados de sus barrios, las tiendas que los residentes necesitan para su vida cotidiana han sucumbido ante la rentabilidad de la hostelería y las tiendas de recuerdos, el ruido se ha apoderado de la noche en las zonas costeras y las calles se han vuelto intransitables e incómodas para los residentes debido al volumen de visitantes. Los que tenían viviendas en propiedad acaban también por marcharse, incapaces de seguir viviendo en esos espacios, y ponen nuevas habitaciones en el mercado para satisfacer la demanda, lo que acrecienta cada vez más el problema.

En la atestada Venecia se expulsó a los residentes al continente para dejar sitio al turismo; la ciudad italiana había perdido dos tercios de su población desde que el destino se popularizase. Lo mismo ha pasado en lugares como el centro de Ámsterdam, y ahora en Barcelona, Toledo o Valencia; sin embargo, el mejor ejemplo de lo que está pasando es Baleares.

En el archipiélago balear, la insostenibilidad del modelo turístico español ha llegado a nuevos límites. No existe espacio para expulsar a los residentes de las islas y que puedan seguir trabajando en ellas, por lo que la precariedad de la vivienda ha crecido tan rápido como la afluencia de visitantes.

Pero esto no solo ha afectado a los residentes. El auge del sector ha incrementado la demanda de servicios públicos, turísticos y de restauración; sin embargo, el personal necesario para cubrir esos puestos no puede llegar a las islas porque los salarios que se ofrecen no cubren los precios del alquiler, de tal forma que el propio sector turístico se está ahogando a sí mismo. Solamente Menorca, con un plan de ordenación del territorio pensado para contener el turismo y apostar por la calidad, ha resistido parcialmente el envite.

La apuesta del modelo español por la cantidad en vez de la calidad es el origen de nuestro propio síndrome de Venecia. Con cada vez más turistas, se requieren más trabajadores, pero los bajos salarios españoles no permiten vivir en zonas turísticas con los precios de Reino Unido o Alemania, países donde el salario mínimo es, respectivamente, un 70 y un 80% más alto que el español. El modelo de turismo masivo y barato para atraer al público europeo genera escasos beneficios por visitante, mientras que los gastos para mantener la calidad del destino por turista se mantienen estables. El resultado es una escasa plusvalía del modelo, saturación, expulsión de la población local y una continua devaluación del producto turístico que se ofrece. Un modelo en el que ni turistas ni residentes están ganado.

La gallina de los huevos de oro se ha convertido en un monstruo que ha cruzado el límite de la sostenibilidad social. Mientras no se tomen medidas para redirigirlo hacia otro modelo, la percepción del turismo como problema no dejará de crecer.

El autor forma parte del equipo de El Orden Mundial