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Hablar con uno mismo: ¿cómo y para qué?

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Foto: ISTOCK

Cuando mi hija tenía alrededor de cinco años, me dijo un día: "Aita, a veces hablo dentro de mi boca". Yo le respondí que, aunque yo no lo habría expresado así (a mí me parece que me hablo más bien dentro de la cabeza), tenía que confesarle que yo llevaba tiempo haciéndolo, muchas veces más de lo que me gustaría.

El fenómeno del que me hablaba mi hija es el del habla interna, un fenómeno que experimentamos con distinta asiduidad unos y otros, pero que a estas alturas de la vida -de la de cualquiera que pueda leer esto-, no nos sorprende. Sin embargo, a poco que nos paremos a pensar en ello, es un fenómeno sorprendente. ¿Cómo lo hacemos? ¿Cómo hacemos que en nuestra cabeza -o en nuestra boca- resuenen tímidamente palabras que no pronunciamos? ¿Y para qué lo hacemos? ¿Para qué usamos un instrumento para la comunicación cuando no tenemos ningún interlocutor a la vista? ¿Para qué nos decimos cosas que supuestamente podemos simplemente pensar?

La cosa acerca del cómo podría parecer sencilla: formamos un pensamiento, lo estructuramos de acuerdo con las reglas de nuestra lengua, le damos fonología, y en vez de hacerlo sonar modulando aire expulsado vía cuerdas vocales, lo dejamos ahí, en la fonología (y, según mi hija, en la boca). El problema es que si sólo hiciéramos eso, no tendríamos ningún output y no podríamos explicarnos la cualidad de cuasi-voz que asociamos al habla interna.

La explicación es más interesante. Tenemos un sistema de control inconsciente que, a grandes rasgos, funciona del siguiente modo: cuando formamos la intención de hacer algo (abrir una puerta, saltar, decir alguna cosa), vamos poco a poco refinando nuestra intención, especificándola, hasta llegar al nivel de las órdenes motoras. En cada paso, el cerebro recibe una copia de las instrucciones que hemos dado. Con esta información, hacemos un predicción de lo que va a ocurrir. La predicción nos sirve, sobre todo, para dos cosas: para corregirnos si estamos ejecutando mal la acción, y para confirmar que lo que acaba de pasar -cuando pasa- es cosa nuestra, generando así un sentimiento de agencia.

Una de las terapias contra la depresión que se proponen consiste en intentar hacer callar ese monólogo constante o, al menos, en alejarlo de sus circuitos habituales.

Pues bien, resulta que somos capaces de inhibir la ejecución de una acción después de que el cerebro haya recibido su correspondiente copia y después de que haya hecho su correspondiente predicción, con lo cual podemos generar predicciones desemparejadas. Una predicción desemparejada recibe atención, y al recibirla se hace consciente. La visualización de un salto que hace un atleta no es más que esa predicción que la cancelación de una orden motora ha dejado desemparejada. Las cosas que nos decimos dentro de la boca son cosas que íbamos a decir pero no hemos dicho: son predicciones acerca de lo que iba a pasar en cuanto abriéramos esa boca que mantenemos cerrada.

Esta explicación de cómo se genera el habla interna es también interesante porque tiene implicaciones para las cuestiones de por qué hay gente que oye voces que no son su voz y gente que siente que un agente externo está pensando en su interior o poniéndole pensamientos en su cabeza. La idea es que el sistema de control del que forman parte las predicciones puede funcionar mal, y cuando lo hace, la persona no se considera responsable de lo que ocurre. Hay gente que siente que lo que hace no está bajo su control. Se supone que esto sucede porque lo que predice que va a pasar no encaja en absoluto con lo que de hecho ocurre. Si lo que te dice tu voz interior no se corresponde con lo que intentabas decir, puedes llegar a sentir que no has sido tú quien ha dejado palabras en tu boca.

La otra cuestión interesante es por qué hablamos con nosotros mismos. Un famoso lingüista, Ray Jackendoff , cuenta que necesitamos poner nuestros pensamientos en palabras para poder saber qué pensamos. Un lingüista aún más famoso, Noam Chomsky sostiene que la principal función del lenguaje no es la comunicación, sino el pensamiento en forma de habla interna. La verdad, seguramente, es menos fascinante. Hablamos con nosotros mismos en las mismas situaciones y de la misma forma en las que hablamos con los demás. Hablamos con nosotros mismos cuando nos preparamos para tener una conversación o escribir un mail, cuando nos aburrimos, cuando queremos animarnos en mitad de una carrera, cuando queremos focalizar nuestra atención en algo, o cuando nos metemos con las pintas de alguien. El habla interna no tiene ninguna función especial comparada con el habla externa. Esto no quiere decir que la gente que habla mucho también habla mucho consigo misma. De hecho, normalmente la cosa va al revés: la gente más introvertida y callada tiende a dedicar más tiempo a hablarse y escucharse. La gente que sufre depresión es un caso extremo: su cabeza no para de llenarse de frases que dan vueltas a la misma cuestión una y otra vez. De hecho, una de las terapias contra la depresión que se proponen consiste en intentar hacer callar ese monólogo constante o, al menos, en alejarlo de sus circuitos habituales.