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Sabidurías del culo

01/03/2017 20:24 CET | Actualizado 04/03/2017 10:17 CET

EFE

Siempre me ha parecido que el gran crítico teatral, cinematográfico, el de cualquier acontecimiento que requiera en realidad de nosotros cierto grado de estatismo y atención es el culo: si se mueve mucho en la silla, si no encuentran nuestras nalgas su acomodo, es que estamos presenciando algo que no termina de agradarnos, por mucho que podamos soportarlo hasta el final. La idea del culo como crítico, como fino examinador, me volvió a la cabeza al asistir hace unos días a un ciclo de cine italiano: proyectaban Il conformista (1970) de Bertolucci, adaptación de una novela de Alberto Moravia publicada veinte años antes. Esto no importa realmente. Lo interesante es, según creo, aceptar que el culo pone en marcha su sabiduría mucho antes de que la película, o la obra de teatro, comience.

El culo, aunque va detrás, echa en estos casos la mirada hacia adelante y sabe, perfectamente, dónde será preferible sentarse para que la velada resulte, en caso de ser indigesta, llevadera al menos. Por eso cuando uno va al cine y decide invertir su dinero (está tan caro que no es posible definir la compra de la entrada de otra forma: podemos perder mucho dinero en semejante transacción), quiere encontrar las butacas más centradas, a poder ser un poco más arriba de las filas centrales, para abarcar la totalidad de la pantalla y recibir, prácticamente en el centro geométrico de la sala, tanto la imagen como el sonido en todo su esplendor. ¿Se imaginan haber visto El árbol de la vida en primera fila? La experiencia podría haber llevado a más de uno, no sólo al fisioterapeuta, si no al psiquiatra o al monacato.

A mí, que al culo se le considere únicamente por su carnalidad me parece una falta de respeto, de tacto y alcance, porque, como está comprobado, es un intelectual insobornable, a la altura de nuestros tiempos.

La película de Bertolucci la vi en el patio de butacas, en un extremo del teatro (se proyectaba en un teatro), por suerte centrado en él y no muy adelante. A mí, los aproximadamente 108 minutos (las películas siempre duran aprox.) que duró el film no se me hicieron en exceso insuperables, pues apenas moví el culo, cosa bien distinta de lo que les sucedió a mis dos acompañantes: uno, no paró quieto en su asiento, al igual que buena parte de la concurrencia, que lanzaba toses ociosas, toses que parecían ponerse de acuerdo para sonar al unísono siempre, sobre su manifiesto aburrimiento. Y del otro me sorprendió su saber estar, su indescifrable presencia de estatua atenta. Pero lo de él no era, como yo creía, ensimismamiento o profunda atención, sino, como terminé por descubrir, que le había hecho la crítica de la película una voz superior a la del culo, de mucho más peso, una vaca sagrada del análisis: el sueño. Se había quedado roque, grogui, no bien habían pasado veinticinco minutos. Luego, al salir a la calle, me dijo que no se fue antes a casa porque tendría que haber levantado a mucha gente y que, además, las butacas no eran del todo incómodas.

En todo caso, frente al sueño, ante el hecho de dormirse delante de algo supuestamente artístico o interesante, en presencia de mucha gente, el culo me parece más educado. Si sabes llevar el culo con moderación, si tienes domesticados a los propios nalgazos que informan en riguroso directo del carácter lamentable o no de la película, de cualquier acontecimiento, me parece que nunca resultará el culo tan manifiestamente desaprensivo como el bostezo, como el ronquido: una vez, frente al estupor general, asistí en un cine a los ronquidos de un hombre que parecía llevar una cabra dentro. Qué manera de balar: llegué a pensar que escondía un cordero debajo de la chaqueta.

A mí, definitivamente, que al culo se le considere únicamente por su carnalidad me parece una falta de respeto, de tacto y alcance, porque, como está comprobado, es un intelectual insobornable, a la altura de nuestros tiempos: a diferencia de los críticos de las revistas y periódicos, que suelen tener connivencias y amistades ya hechas y productivas, nuestro culo, como analista objetivo dividido certeramente en dos cómodas partes, nunca va a lamerle el culo a nadie, nunca se venderá (a nivel crítico, claro) y esto demuestra por su parte una dignidad fuera de lo común. Su sabiduría habría de ser más considerada por sus depositarios en vez de dejarse llevar tanto por los comentarios ajenos: hay que escuchar al culo que llevamos dentro (fuera). No sólo su voz rocosa, quiero decir, sino su movido pensar.

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