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Lo que Pablo Iglesias no dice pero se puede ver

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Foto: EFE

Gracias a la inspiración de la foniatra Carolina Pérez Sanz, genial retratista sonora y colega bloguera de este periódico

Dice que es o ha sido deportista. Me gustaría verlo en acción, porque su imagen no es la de una persona que haya practicado deporte de una forma más o menos disciplinada. Hasta las personas más tímidas acaban colocando los hombros de forma que permitan la expansión del pecho e irguiendo el cuello, para poder respirar de manera óptima.

Encoger los hombros hacia adelante, cargar la espalda arqueándola, dejando los brazos colgando, desvitalizando unas manos que tienden a la flacidez, no es una postura ergonómica para obtener un buen rendimiento del cuerpo en ningún caso, pero mucho menos en las condiciones de la práctica de un deporte aeróbico. Además, esa postura exige al cuello inclinarse hacia adelante, lo que obliga a la mandíbula, cuando habla en público, con la buena dicción que tiene, a elevarse para poder proyectar la voz. El resultado es una postura forzada que le pasará factura en forma de dolores de cuello, de los músculos deltoides y espalda como mínimo.

Insisto, el conjunto es una postura extraña para un deportista, también para un yogui, un practicante de tai chi o pilates, actividades que le recomiendo encarecidamente. Pero como es un animal político, se lo diré de esta manera: cualquier gasto energético debe ser "sostenible y eficiente", ya se trate de la movilidad urbana o del propio cuerpo.

Es verdad que la imagen que proyecta está compensada con unos ojos abiertos, atentos y expresivos que remarcan, con frecuencia irónicamente, lo que dicen sus palabras, transmitiendo sensación de fuerza interior. Con sus ojos subraya, como con un rotulador fosforescente, el texto de su discurso, que es lo que más le importa a una persona tan cerebral.

Pablo confía, para bien y para mal, en su discurso racional. Es legítimo que quiera poner toda su fuerza y su intención en lo que dice y como lo dice, pero toda persona pública habla, canta, con todo su cuerpo.

También lo intenta con la sonrisa guasona o irónica, pero no siempre le sale bien. Esa filigrana de puntuar los conceptos mediante gesticulación bucal es desigualmente interpretada según quienes sean los espectadores. Unos aprecian soberbia y complacencia, otros, complicidad inteligente; y sus enemigos, la sonrisa del lobo que no enseña todos los dientes.

En la melena recogida en cola no merece la pena detenerse. Es un elemento exterior tan evidente que controla perfectamente. Háganle cualquier comentario al respecto y contestará con una frase corta, ingeniosa y lapidaria a lo Oscar Wilde, que les dejará temblando.

Hasta aquí llega la parte descriptiva, la interpretativa es harina de otro costal. Me debato entre hacerla pública o dejar que me contrate para que se la haga como asesor privado.

Vale, un anticipo. Cuando tiene que saludar de pie, frente a las cámaras, sin protección -este detalle es importante, porque sentado en una mesa o detrás de un atril se encuentra en su hábitat natural universitario y mediático-, su configuración corporal le lleva a dar la mano a Pedro Sánchez o al jefe del Estado un poco encorvado, con el brazo flojo y demasiado sonriente mirando a cámaras. ¿Humildad? ¿Amabilidad pequeño-burguesa? ¿Falso servilismo? En cualquier caso, no es la imagen clara y determinada que quiere transmitir con su discurso. Y eso es, como nos ocurre a la mayoría, o que el cuerpo no nos acompaña como quisiéramos o que nos traiciona.

Pablo confía, para bien y para mal, en su discurso racional. Es legítimo que quiera poner toda su fuerza y su intención en lo que dice y como lo dice, pero toda persona pública habla, canta, con todo su cuerpo.

Mi opinión política en este contexto (y en cualquier otro) no tiene la menor importancia, pero creo que Pablo Iglesias como referente de Podemos, ha sabido recoger el malestar de muchas personas de nuestro país y darle forma política e institucional, por lo que deberíamos estarle agradecidos.