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Este verano voy a hacerles a mis hijos el regalo del aburrimiento

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Sasha Bell via Getty Images
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Recuerdo los veranos de la infancia con cariño, como muchos de nosotros. Esos días felices en los que salía de casa tras desayunar un cuenco de cereales que me preparaba yo misma y en los que solo pasaba por casa para comer y estaba todo el día en la calle. No vivíamos en la ciudad y, por eso, los niños con los que podía jugar eran los hermanos y los primos de los que vivían por mi zona.

Nuestro jardín trasero se convirtió en el patio de juegos en el que se desataba nuestra imaginación, convirtiendo unos pocos metros cuadrados en bosques mágicos, un pequeño arroyo en un caudaloso río y a nuestro perro, Rex, en un caballo, un monstruo, o cualquier otra criatura cuyo papel los niños no quisieran interpretar. Para cuando llegaba el temido fin de los tres meses de vacaciones de verano, estábamos bronceados de pasar horas bajo el sol, nos llevábamos miles de recuerdos y de momentos mágicos y conectábamos con nuestros amigos de una forma que no nos permitía la hibernación forzosa del invierno.

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Imagen de Amanda Redhead

Hoy vivo en la misma parcela en la que viví cuando era niña. Mis hijos tienen la suerte de disponer de zonas de césped por las que correr descalzos, del mismo arroyo en el que coger renacuajos y de un perro -aunque no el mismo que tenía yo- lleno de energía con el que pasar los días.

Sin embargo, el mundo no es el que era hace veinte o treinta años. Hay pantallas por todas partes de la casa: televisiones con cientos de canales, ordenadores con acceso a miles de páginas web, tablets a rebosar de aplicaciones. Ya ni siquiera hay expectativas de descansar durante unos tres meses libres de planificación. Los compañeros del colegio siempre vuelven de las vacaciones con las competitivas historias de sus elaboradas vacaciones, en las que han visitado varios parques de atracciones, zoos, museos o festivales que han pasado por el país. El primer día del curso les pedirán que hagan una lista de sus cosas favoritas del verano, y en esas listas ya no se incluirán cosas como encontrar tablones de madera en el granero para construir un puente que cruce el arroyo o pasar un día jugando y utilizando la imaginación con más niños. Esas listas ahora están llenas de viajes extravagantes, días abarrotados de actividades y campamentos que no ofrecen una experiencia en la naturaleza, sino las comodidades de un hotel de cinco estrellas. El mundo ya no es el mismo para nuestros hijos.

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Imagen de Amanda Redhead

Nuestros hijos se han acostumbrado a estar constantemente entretenidos. En nuestra casa, hemos establecido límites para el uso de aparatos electrónicos y les decimos a los niños que salgan cuando hace buen día, igual que hacían nuestros padres, para que disfruten de la naturaleza y de su imaginación. Pero aunque como padres intentemos establecer límites y alentar a nuestros hijos a salir a disfrutar de la naturaleza, el nuevo grito de guerra de la infancia parece ser "me aburro", que, aunque lleva mucho tiempo siendo una expresión común entre los niños, ha mutado hasta significar "por favor, encuentra algo con lo que entretenerme, porque ya no soy capaz de entretenerme yo solo, ni siquiera durante un periodo corto de tiempo". Nuestros hijos ya no saben sentarse en silencio, no saben entretenerse durante unos minutos si tienen que esperar para algo, ni durante un viaje en coche; han perdido el asombro por la naturaleza a medida que han desarrollado una adicción por las pantallas.

En casa hemos tomado la decisión de hacer algo que ya no se espera de los niños: asegurar que haya días de "aburrimiento". Nos negamos a pasarnos los días planificando hora a hora el verano de los niños. Habrá muchos días sin planes en los que la hierba, los árboles y su imaginación sean sus únicas herramientas para entretenerse.

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Imagen de Amanda Redhead

Las pantallas se apagarán y nuestros hijos se darán cuenta de que esos momentos de tranquilidad pueden ser tan entretenidos como los gráficos de colores brillantes y la musiquita empalagosa que salen de una pantalla (o más). Reforzarán los lazos con sus hermanos y crearán recuerdos que reproducirán en su cabeza cuando sean adultos. Aunque la crema solar se aplicará religiosamente, acabarán el verano con la piel bronceada y llena de cardenales y arañazos fruto de escalar árboles, saltar en arroyos y perseguir al perro por el campo.

Este verano les voy a hacer a mis hijos el mejor regalo de todos: el aburrimiento. En el fondo, el aburrimiento es un regalo que te permite conocer tu propia mente, encontrar paz y alegría en la naturaleza y darte cuenta de que los mejores regalos son experiencias y no objetos. Y quizá el primer día del curso la lista de mis hijos esté encabezada por cualquiera de los sencillos placeres de un día de verano al aire libre sin pantallas de por medio.

Este artículo fue publicado originalmente en The Zen RN.

Este post fue publicado con anterioridad en la edición estadounidense de 'The Huffington Post' y ha sido traducido del inglés por Lara Eleno Romero.