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El Gran Hermano, tu nuevo 'follower'

19/03/2015 07:40 CET | Actualizado 18/05/2015 11:12 CEST
EFE

Te levantas y lees el periódico por Internet. Quizá consultes alguna otra web o repases en las redes sociales cómo se han despertado tus amigos. Puede que por el camino al trabajo llames a alguien o mandes y leas decenas de whatsapps. Es bastante probable que al llegar, lo primero que hagas sea abrir tu correo: el del Outlook, el de Gmail. Y tuitees. Cuando vuelvas a casa, a lo mejor conectas alguna app (alarmas, persianas). Mientras haces todo eso, puede que tus comunicaciones hayan sido vigiladas, grabadas y almacenadas por algún Gobierno, el de tu país u otro. Lo que piensas, haces y dices queda así registrado, a pesar de que existe una oposición global a la vigilancia masiva.

Cuando Ahmed Mansoor, bloguero de Emiratos Árabes Unidos encarcelado por sus críticas al gobierno y acostumbrado al peligro que pueden correr sus comunicaciones, vio en su bandeja de entrada un correo llamado "very important", no imaginó lo que había detrás, puesto que le pareció reconocer al remitente. Sin embargo, al abrir el documento adjunto, desató todo un entramado digno del Orwell todavía más ingenioso: mediante un malware (un software diseñado para causar daño) instalado en su ordenador, la persona que lo enviaba podía tener acceso a toda su información privada. Una vez que un malware está instalado en un dispositivo, se pueden leer los correos electrónicos de quien lo haya recibido, husmear en los documentos del escritorio, ver las fotos, sus búsquedas en Internet, el uso de redes sociales y hasta, en algunos casos, encender de forma remota la cámara o el micrófono del ordenador o del móvil para escuchar las conversaciones. De nada sirve en ese momento cambiar las contraseñas: tus ideas pueden ser observadas a tiempo real conforme las plasmas en un dispositivo. Detrás de este malware de Mansoor se encontraba una empresa italiana llamada Hacking Team Srl, cuyo producto insignia es el Da Vinci, un sistema de control que la compañía ha vendido a más de 30 países de los cinco continentes, incluidos aquellos cuya reputación sobre derechos humanos deja mucho que desear.

Mansoor, escritor, poeta, y bloguero, sabe que su país no es el más cómodo para ser activista. Un país donde existe la tortura, la pena de muerte para delitos como el narcotráfico o la revelación de información que perjudique al Estado, y que apenas ha firmado tratados internacionales. Sin embargo, no es el único en riesgo de ser espiado.

Las revelaciones de Snowden han demostrado que todas las personas que usan Internet hoy en día corren el riesgo de que cualquier Gobierno, el propio u otro, vigilen sus comunicaciones. La consecuencia directa es clara: convertirse en víctima de una violación del derecho a la privacidad y del derecho de libertad de expresión y de información.

Pero, ¿cuál es la indirecta? "Los Gobiernos quieren no sólo controlar la información, sino también manipular mis movimientos. Si a mí me convierten en un ciudadano de cristal, término acuñado por la jurisprudencia, es decir, tan transparente como frágil, porque lo saben todo sobre mí, realmente me están desprotegiendo", asegura Ofelia Tejerina, abogada especializada en el estudio legal del uso de las Nuevas Tecnologías. Y es que Tejerina señala que, realizando su tesis en "Seguridad del Estado y privacidad" descubrió que IBM había contribuido al Holocausto nazi a través del control de las tarjetas perforadas para supervisar el censo poblacional y poder así actuar más rápido.

Los Gobiernos pueden evidentemente llevar a cabo una vigilancia selectiva de las comunicaciones, acciones o movimientos de una persona o un grupo de personas, pero deben hacerlo por motivos legítimos concretos, siempre que esté autorizada por la legislación, sea necesaria y esté respaldada con el permiso de una autoridad competente independiente, como un juez. Si el seguimiento se realiza a gran escala y de forma indiscriminada y se vigilan las comunicaciones de las personas sin una sospecha razonable de que estén implicadas en una actividad delictiva, entonces la presunción es que todo el mundo es potencialmente culpable hasta que se demuestre lo contrario.

¿Y dónde van mis datos?

Tus datos pueden interceptarse a través de una red de telefonía móvil, un proveedor de servicio de Internet, los cables de datos de Internet en tu país, o incluso los cables submarinos de fibra óptica que canalizan el tráfico global de Internet. Posteriormente se guardan en grandes centros de datos.

Al parecer, las agencias de seguridad estadounidense NSA (National Security Agency) y la británica GCHQ (Jefatura de Comunicaciones del Gobierno) tienen algunos de los centros de datos más grandes del mundo que se ponen a disposición de agencias de seguridad de Australia, Canadá y Nueva Zelanda (conformando así la denominada coalición de los Cinco Ojos) por medio de X-Keyscore, una potente base de datos de millones de registros privados.

De acuerdo a los documentos filtrados por Snowden, además de los Cinco Ojos, la NSA tiene otros socios con los que intercambia información de forma más limitada, entre otros, la coalición de los 14 Ojos, de la que forma parte España, donde, según el denunciante estadounidense, se interceptaron en un mes 60 millones de llamadas telefónicas. En nuestro país, cerca de dos tercios de las personas consultadas rechazan la vigilancia masiva, y consideran que las empresas tecnológicas deberían asegurar que los Gobiernos no acceden a datos de usuarios.

Y es que, tal y como dice Snowden, "podríamos tener hoy el Gobierno más responsable del mundo. Pero mañana podría haber un cambio". Un cambio hacia países como China, donde actualmente hay dos millones de personas empleadas para vigilar Internet, o Irán, donde el Gobierno ha establecido un afinadísimo sistema de vigilancia de las comunicaciones y de represión a la disidencia, o Turquía, donde 29 tuiteros fueron condenados a tres años de cárcel por los tuits difundidos durante las protestas de 2013, a pesar de que ninguna contenía incitación a la violencia. Porque el Gran Hermano lo sabe todo pero no le importa quiénes somos.

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