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El viento en la cara del Islam

06/10/2017 07:10 CEST | Actualizado 06/10/2017 07:20 CEST
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De cómo la literatura es un soplo de aire fresco que erosiona el integrismo.

Un ateo lee las sagradas escrituras

Se nos reprocha a los críticos de las religiones que ataquemos alegremente la Iglesia Católica y nada digamos del Islam. Es mentira. En temas teológicos soy tan radical como Michel Onfray: no exculpo a ninguna religión, ni siquiera a la budista, de haber esculpido fantasías metafísicas muy similares (espiritualización, trascendentalización, divinización). Otra cosa es que, siendo un lego en la materia, y al igual que ocurre con la cuestión catalana (llamadlo cobardía, no extralimitarme en mis competencias o abogar por la no injerencia), me corresponde opinar, mas no decidir ni juzgar.

Pensar el Islam es tanto para Onfray como para mí un ejercicio de crítica literaria más que una cuestión religiosa. Los textos sagrados tienen un potencial simbólico ilimitado donde hay cabida para la resistencia pacífica, la emancipación de la mujer, la equidad y hasta el matrimonio homosexual (la adelfopoiesis es un hermanamiento que podría interpretarse en este sentido).

El viento en la cara

La islamofobia es algo tan extendido que casi no podemos hacerle frente y nos contentamos con suavizarla. El Islam se ha convertido en el Gran Otro para el imaginario colectivo, el oscuro sujeto que amenaza nuestra frágil civilización. Ahora urge hacer pedagogía de la religión, aunque solo hemos encontrado demagogia. Hay mucho capillita suelto y mucha idolatría barata en nuestro país, salvo si hablamos del Islam, instante en que el fervor se reinventa y los creyentes se presentan como laicos incorruptibles.

Esta visión pacata niega la posibilidad no ya de una primavera árabe, sino de una mínima resistencia contra el pensamiento único que algunos atribuyen a la religión musulmana.

La literatura de autoras como Saphia Azzedine puede erosionar y desarmar el integrismo, así como ser el viento en la cara que curte la piel y el oxígeno que nos permite nutrirnos de buenas ideas.

La novela El viento en la cara de Saphia Azzedine es un soplo de aire fresco en este sentido. No se dejen llevar por su portada ñoña. El potencial subversivo de esta obra literaria es incalculable. Al leerla, casi sentí que la escritora se había pasado de frenada. Todos estaremos de acuerdo en que se convence mejor desde la moderación. En la novela, el lector contemplará atónito un grito de rabia que no puede silenciarse con ningún chantaje reformista (no obstante, tendríamos que celebrar los pequeños avances, como el hecho de que al fin las mujeres de Arabia Saudí podrán conducir).

Saphia arremete contra el integrismo, juzga un sistema de valores anacrónicos de forma lapidaria y plantea un juicio socrático a una mujer que se burla del tribunal por no considerarlo legítimo para condenarla. En la ficción, ella es transparente y agresiva, como también ha demostrado serlo en las entrevistas que ha hecho.

En realidad, si tuviéramos valores universales de generosidad y bienestar, los valores islámicos ni siquiera serían necesarios en la esfera pública, pero queda un camino muy largo por recorrer.

Literatura islámica

¿Qué fue de la filosofía islámica? Sé que muchos se lo han preguntado. La de Avicena, la de Averroes, la que asociamos a un mundo de riqueza cultural. Puede que la filosofía aún no haya encontrado el momento de regresar con todo su ímpetu. Entretanto, la literatura de autoras como Saphia Azzedine puede erosionar y desarmar el integrismo, así como ser el viento en la cara que curte la piel y el oxígeno que nos permite nutrirnos de buenas ideas... aquellas que cualquier dios compartiría y promovería entre los suyos.