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En defensa del intrusismo

11/10/2017 07:25 CEST | Actualizado 11/10/2017 07:25 CEST
Getty Images

Las ventajas de ser alóctono.

Las invasiones bárbaras

Esta semana me crucécon un antiguo alumno y me comentó que su nuevo profesor de filosofía ha cargado contra mí. Desaprueba que dé clases de filosofía sin ser filósofo, tarea encomendada, según se ve, a los hombres de oro y no a débiles aleaciones como la que yo represento. Es probable que este alumno haya descontextualizado las palabras de su profesor, pues no me conoce ni yo le conozco de nada. Algún estudiante le habrá contado que yo no soy filósofo, sino periodista, y eso ha debido de encabritar a este pensador con pedigrí. No sé qué tipo de ideas sesudas exuda el purasangre filosófico que me ha sustituido, ni tampoco por qué arremete contra el periodismo (teniendo en cuenta que el filósofo Ortega y Gasset no se entiende sin atender a su "circunstancia" periodística). En cualquier caso, la invectiva, real o imaginaria, me sirve como excusa para someterme a examen y de paso dar unas pinceladas sobre las consecuencias del intrusismo.

Como ya he dicho, no conozco al ofendido, así que me dirigiré a él en la medida en que encaja con el "lector implícito". Primer anatema: este concepto de lector inmanente lo he sacado de la teoría literaria y no de la filosofía, aunque la idea proviene de la fenomenología, que sí es una vertiente filosófica tan venerable como nebulosa.

Analicemos, por tanto, el intrusismo y sus descontentos. Parafraseando el lema de los fenomenólogos: ¡A los intrusos mismos! Nota al pie o aclaración periodística: no se trata de trazar "fronteras epistemológicas" sobre quién puede ejercer la medicina o la abogacía; esos criterios de demarcación ya deberían estar meridianamente claros y estoy en contra de ese tipo de instrusismo profesional y a veces criminal. Me interesa comprender la conciencia del intruso, la plasticidad de quien se desplaza de un ámbito a otro, la naturaleza del extranjero o alóctono que llega a tierras donde no siempre es bienvenido. En pocas palabras, la otra cara del éxodo o transfuguismo intelectual.

A favor del intrusismo

Estar contra todo intrusismo significa defender las fronteras disciplinarias: aquí el derecho (y en un pequeño cajón del derecho, la criminología), allá la economía, más arriba la filosofía, más abajo la literatura. Esa visión estática, ahistórica y simplificada del conocimiento esconde pulsiones totalitarias que algunos filósofos llevaron más allá del campo gnoseológico (me refiero al conocimiento, pero para un filósofo de buen linaje la palabra gnoseología le sonará mucho mejor). No querría dinamitar esas jerarquías ni estar en consonancia con un filósofo como Paul Feyerabend; simplemente asumo que se dan reconfiguraciones disciplinarias con frecuencia (la antropología agoniza mientras que las humanidades digitales irrumpen con fuerza) y trato de mirarlas con asombro en lugar de imponer mis caprichos de niño de papá (de ciencias positivas).

El intrusismo es un anticongelante de categorías y etiquetas. Sin los intrusos, el dramaturgo (Dario Fo) nunca podría escribir novelas, el científico (Sean Carroll) no debería hablar de filosofía, el filósofo (Habermas) no se rebajaría a hablar con el Papa sobre religión, el empresario no arriesgaría en sectores que le son desconocidos, el cantante no escaparía a la monotonía de su género musical, y así sucesivamente. El intrusismo es la vanguardia de eso que ahora llaman la transversalidad y la interdisciplinariedad. Los intrusos son, en términos biológicos, quienes proporcionan algo de diversidad genética a la especie. Todos mis compañeros filósofos sabían más filosofía que yo y nunca lo he puesto en duda, pero la docencia se beneficiará de esos intrusos que llegan de carreras como Humanidades u otros grados que, al igual que filosofía, están en grave peligro de extinción. Lo mismo se puede decir sobre el diseño gráfico, el periodismo u otros muchos dominios: celebremos la diversidad y los flujos migratorios que obedecen a dinámicas de distinto signo (indagaciones personales, exclusiones sociales, obligaciones laborales, etcétera). Panta rei, ¡todo fluye!

Parménides en el reino de Intrusia

He repetido hasta la saciedad una frase de Foucault con la que me identifico: "No me pregunten quién soy y no me pidan que siga siendo el mismo". El filósofo francés bien podría ser el padre putativo del instrusismo filosófico. Desde esta posición de travestismo intelectual vaticino que sucumbirán a las invasiones bárbaras del instrusismo quienes se atrincheran en sus poltronas académicas.

Invito al filósofo de las esencias a que comparta su sabiduría, aquí o en otra parte (en un bar con unas cervezas también me vale). Me gustaría que salga de su palacio de cristal y que se atreva a salmodiar en un periódico, frente a una audiencia muy distinta y con las limitaciones propias del género. ¿Y si el intruso no fuera más que alguien dispuesto a quebrantar la agorafobia de quienes, en su soledad, ostentan el monopolio de la razón?

Después de todo, ser alóctono en lugar de autóctono tiene sus ventajas.

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