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Kinkilandia

03/06/2017 10:14 CEST | Actualizado 03/06/2017 10:14 CEST
Getty Images/iStockphoto

Esta historia es bastante más real que los hechos narrados en la película Fargo. Ni qué decir que por respeto a los vivos "no" se han cambiado los nombres de los protagonistas; por respeto a los muertos se ha contado todo tal y como lo recuerdo.

La ley de la calle.

Mi amigo Peibol es casi tan buen mitólogo como el rumano Mircea Eliade. Él me narraba las desventuras de los metaleros, jóvenes greñudos y cerveceros consumados que creían a ratos en el amor cortés y la valentía. A menudo se cruzaban por las calles del centro con bakalas y por alguna neurona extraviada del destino, aquellos pendencieros intentaban robar, humillar o golpear a los jevis. Nuestros melenudos héroes se batían en dura lid con ellos. Hubo varios casos de caras partidas y heridas cuya sangre brotaba a borbotones. Era un tiempo en el que aprender full contact no era solo una moda impulsada por Jean Claude Van Damme. Los jevilongos que conocía no sabían artes marciales, pero protegían con el máximo celo a su amigo hemofílico. Los bakalas, un tipo de kinki hipervitaminado (por lo que toman en las fiestas, ya saben), obviaban esas "minucias".

En una ocasión, un grupo de jevis se las vio con varios chaveas en busca de pelea. Robarlesel reloj o unas gafas de sol era solo la excusa para acompañar el hurto con una lluvia de tortazos. En aquella ocasión, un jevi dio un paso al frente y dijo muy solemne: "Robar está mal". Aquellas palabras salían de un hombre con un sentido ético muy elevado o de un imbécil bastante temerario. Ante tanta determinación, los ladronzuelos se acobardaron y les dejaron en paz.

Aquellos primeros escarceos dieron paso a años y años en los que la feria era la gran ópera de Mackie el navaja. La peña se rajaba por poca cosa en las casetas con la música atronando en sus oídos. Yo, que aún tenía cierta visión romántica del periodismo, propuse al fotógrafo del periódico en el que trabajaba que nos internáramos en la zona de los jóvenes dentro de una ambulancia para hacer un reportaje sobre el servicio de emergencias. Los médicos y enfermeras llamaban territorio comanche a las casetas plagadas de kinkis. El fotógrafo no se amedrentó, pero me pidió que estuviera alikindoi, por si alguien le acuchillaba mientras sacaba fotos. La ambulancia recogió a una chica a la que le sangraba el dedo gordo del pie y, en efecto, el fotógrafo estuvo a punto de recibir una paliza por hacer un par de fotos.

Poco antes, o quizás algo después de estos acontecimientos, un incauto murió saltando por la escalera de incendios que había junto a una discoteca, perseguido por alguien con un hacha. Porque lo lógico es ir con un hacha a la discoteca, claro. También que un compañero de mi colegio le abrió la cabeza a otro de un hachazo porque le había llamado Nick Carter (era rubio y con el pelo liso). Entonces llegó la gran transformación y las calles se volvieron menos peligrosas.

La desaparición de los kinkis.

Ahora la gente se horroriza porque un joven ha muerto mediando en una pelea. A los que somos de aquí no nos extraña en absoluto. Lo que nos extraña es el descenso inesperado de este tipo de noticias macabras. Sabíamos que mirar mal a alguien te podía costar una tunda de palos por parte del grupo que se sentía observado (ningún kinki va solo). Los periódicos publicaban que determinadas zonas sufrían numerosos robos a manos de adolescentes, pero la policía ni estaba ni se la esperaba. ¿Recuerdan La naranja mecánica? Así es como imaginamos aquí a nuestros defensores, como kinkis desalmados reconvertidos en la autoridad. Las chonis también medraron en los cuerpos de policía. El conservador que llevo dentro me dice: el empleo público masivo en forma de oposiciones es letal porque consigue un trabajo de golpe y para toda la vida a una caterva de ineptos. El fascista que llevo dentro me dice cosas peores sobre los kinkis. Me las voy a reservar por ahora.

Aunque mi ciudad ya no es Kinkilandia, ignoro por qué se volvió más tranquila. Quizás sea la gentrificación: los cupcakes habrían derrotado a los kinkis y ahora vivimos en Chuchelandia.

¿Qué fue de los kinkis? ¿Se esfumaron o nos hicimos viejos y ya no van a por nosotros? Es una pregunta que me carcome por dentro. Ahora se habla del cine neokinki y Caniville es una webserie que tiene su gracia. Me siento mal por hablar con desprecio de los kinkis porque siempre tengo en cuenta el libro Chavs, donde Owen Jones reivindica el orgullo de la clase obrera y arremete contra las clases medias y altas que desprecian a los pobres. Lo cierto eso que yo nunca vi demasiada relación entre los kinkis y la pobreza. A los niñatos de institutos privados también les daba por convertirse en escoria con ganas de follones.

Una vez me asaltaron varios kinkis y me humillaron. Yo tendría unos trece años y estaba solo. Ellos eran tres y tendrían dieciséis. El miedo pudo conmigo y esperé hasta que me dejaron en paz sin robarme nada porque nada llevaba. Un par de años después, uno de esos kinkis se hizo novio de una compañera de clase. Él no me recordaba (es lo que tiene robar casi a diario a unos renacuajos), pero yo sí. Le conocí mejor. Su padre era guardia civil y sus condiciones socioeconómicas eran bastante aceptables. Supe que era tan cretino como imaginaba. Me ofreció su "ayuda" si alguna vez me peleaba. Mi lado más periodístico, el de arrojar la verdad a la cara, afloró un día cualquiera y le dije que había sido él quien intentó robarme. Él lo negó y amenazó con pegarme. Ah, también perdí su inestimable ayuda en peleas contra indeseables como él mismo.

El proceso de civilización.

Los ángeles que llevamos dentro es un libro mastodóntico de Steven Pinker sobre el declive de la violencia. Tras leer alrededor de mil páginas, no he llegado a ninguna conclusión convincente para entender mejor la ley de la calle. Sospecho que el aumento de la escolarización obligatoria de la denostadísima LOGSE (¡Cuánto daño ha hecho ese blasfemo pseudointelectual llamado Félix de Azúa!) ejerció de dispositivo de retención en adolescentes disruptivos. Las escuelas son tecnologías de vigilancia y control. El alumno que antes escapaba a los catorce años tenía que soportar a sus profesores dos años más. No es casualidad que ahora sean los "maestros" quienes reciban insultos y ocasionalmente patadas o puñetazos. Además, los kinkis sacan más partido tiranizando a los padres o a los abuelos que humillando a un desconocido por las calles.

Por otro lado, podríamos pensar en las hipotecas (otra forma de domesticación, seas o no un kinki) y en la bonanza económica. ¿Qué sentido tendría robar a quienes ganan mucho menos que tú? Los kinkis compraban cochazos mientras los pardillos acudían a las facultades. Un universitario frustrado suele irse del país antes de soltar galletas a diestro y siniestro. Luego están los mecanismos de anestesia: fútbol, smartphones, tiendas, bares, videojuegos y porno a mansalva. Sé que habrá motivos más serios que los esgrimidospara entender el auge y declive de los kinkis, simplemente los desconozco.

El ejército de héroes ordinarios.

Debería darnos igual si los kinkis son simples ignorantes con mala leche o personas profundamente malvadas. Hay que pensar en la falta de héroes más que en la proliferación de villanos. Faltan héroes ordinarios, melenudos de buen corazón dispuestos a dar un paso al frente y decir en voz alta: "Robar está mal". No me refiero a un nuevo matonismo civil en forma de patrullas de vecinos que defiendan la barriada. Hablo de una política de gestos, como una simple llamada de teléfono que alerte a la policía, si es que la policía está dispuesta a mojarse (he llamado en dos ocasiones para advertir sobre cómo los kinkis estaban intentando robar o molestar a los viandantes y no hicieron absolutamente nada).

Aunque mi ciudad ya no es Kinkilandia, ignoro por qué se volvió más tranquila. Quizás sea la gentrificación: los cupcakes habrían derrotado a los kinkis y ahora vivimos en Chuchelandia. O no. Dudo que los kinkis hayan decidido transformarse en influencers o en alguna otra modernez por obra y gracia del Pompidou, inaugurado no hace mucho. El kinki no es solo una tribu urbana, sino una pregunta metafísica sin una respuesta clara.

Hay una mística de la violencia urbana que se ha escondido en alguna parte y sigo sin saber dónde se halla. O sí. Las malas experiencias con los kinkis han debido de clavarme esa mística de la violencia irracional en lo más hondo de mi ser porque el fascista que llevo dentro me grita:

"¡Que llueva napalm sobre Kinkilandia!"