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Una solución cosmopolita a la burbuja turística

07/05/2017 10:53 CEST | Actualizado 07/05/2017 10:53 CEST
Getty Images/iStockphoto

Cómo habitar la ciudad en la era del turismo de masas

Pompas de jabón

Las ciudades medianas seguirán el mismo camino autodestructivo y antidemocrático que las grandes: las pompas de jabón (el turismo de sol y playa, el turismo cultural o el turismo rural) formarán una enorme burbuja, como en La cúpula de Stephen King, de la que ningún autóctono podrá escapar, a no ser que se busque una alternativa razonable al turismo de masas.

La novelista Donna Leon ha propuesto (sarcásticamente, como es obvio) que echemos cocodrilos a los canales de Venecia para solucionar el turismo descontrolado. Los cocodrilos del Nilo no sirven, ya que el turismo desaforado (el neocolonialismo) acabó con ellos.

Globos aerostáticos

El turismo contemporáneo vende experiencias tanto del presente como del pasado, aunque ninguna está exenta de riesgos. Los turistas que viajan en packs (turismo etílico) y circuitos son como viajeros en globos de helio: adultescentes con poca responsabilidad cívica y escasa autonomía.

Un gran globo aerostático que ensombrece las ciudades se llama Airbnb. La economía colaborativa (Airbnb, Cabify...)está haciendo temblar las estructuras de la ingeniería turística y hotelera. Antes de que profiramos la frase lapidaria de "El turismo sostenible ha muerto", recordemos la advertencia explotadísima (como si una agencia de viajes la hubiera usado) de Nietzsche: "Nosotros lo hemos matado".

Si Airbnb está provocando la subida drástica en los precios del alquiler de viviendas por temporadas largas es porque usamos cada vez más ese servicio, ya sea como arrendadores o como arrendatarios. La airbnbización de la sociedad no está siendo impulsada solo por grandes corporaciones, sino por usuarios de clase media que quieren jugar a ser rentistas y turistas low cost al mismo tiempo. Hay que repensarel turismo o seremos extranjeros y nómadas en nuestras ciudades.

Viajar no cura los nacionalismos, tampoco vivir en el extranjero, pero una apacible temporada fuera suele mitigar la arrogancia etnocentrista.

Esferificaciones

La democratización del turismo infravalora las experiencias que están a nuestro alcance y persigue un turista desnudo y extremo. ¡Viaja a un sitio más insólito que tu vecino o muere en el intento!

¿Y si cambiáramos el turismo por la noción de residencia? Establecerse en algún lugar, avecindarse, gastar una temporada dentro o fuera del país para evitar una experiencia fast food. Un turismo lento, sin prisas, una estancia más tranquila y enriquecedora.

¿Cómo? Las fórmulas ya se han inventado: las becas Erasmus, Séneca, Leonardo, Sócrates, Comenius, etcétera. Habría que resucitar los programas que se extinguieron, reforzar los que siguen en marcha y llevar las ayudas más allá de los estudiantes e investigadores. Vivir en otro país no debería ser un privilegio de los universitarios, sino una obligación moral de cualquier hijo de vecino.

Extendamos los visados de turista. ¿90 días como máximo en un periodo de 180 días? Se queda corto. Cuatrocientos días de permiso permitirían, técnicamente, experimentar todos los meses del año en otro país. Huelga decir que los diplomáticos tienen mucho por hacer.

Las ciudades cosmopolitas no tienen turistas, sino residentes, ciudadanos y vecinos.

Espumas

Todos intuimos el batir de brazos de los xenófobos (¿extranjeros durante más tiempo?) y la espuma de la discordia.

Contra la cerrazón del cavernícola autóctono, no queda más que darles la bienvenida a los ciudadanos alóctonos. Y enviar a los xenófobos a otro país durante un tiempo prudencial. Viajar no cura los nacionalismos (pese a que esa idea está bien asentada en el credo humanista), tampoco vivir en el extranjero, pero una apacible temporada fuera suele mitigar la arrogancia etnocentrista.

Una burbuja de vida

Viví cuatro meses escasos en La Haya gracias a la beca Erasmus. Fue una experiencia tan breve que me sentíen todo momento como un turista algo comodón. Daría lo que fuera por tener otra oportunidad como aquella.

Desinflemos el turismo insostenible e insuflemos valoralcorazón cosmopolita que toda ciudad creativa representa.

No necesitamos burbujas turísticas, sino experiencias vitales como La Haya, mi hermosa burbuja de vida.

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