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Buscando la luz en París

09/05/2017 07:29 CEST | Actualizado 09/05/2017 07:29 CEST
EFE

"Esta noche es Europa y el mundo quien nos mira. Esperan que defendamos el espíritu de la luz, amenazado durante tanto tiempo...". La luz contra las tinieblas, supongo, en la ciudad de la luz, que lo es por tantos motivos. Emmanuel Macron, en su primera comparecencia como octavo presidente electo de la V República Francesa, llegó a la gran explanada de la pirámide del Museo de El Louvre con una perfecta escenificación de su recién adquirida responsabilidad: caminando en perfecta soledad, sin acompañamiento, algo que en las grandes ocasiones ha sido común a todos sus antecesores. La soledad del cargo, la responsabilidad personal, exclusiva, del poder que se ostenta.

El socialista Françoise Hollande, el mentor que lo hizo asesor económico primero, y ministro de Economía después, acentuó este rito en el funeral de Estado en el gran patio de honor de Los Inválidos por las 130 víctimas de los atentados terroristas en la ciudad de la luz, "en nombre de una causa loca y de un dios traicionado". Allí la escenificación llegó al culmen por la perfección del silencio, con la parafernalia militar, las autoridades, los familiares de los muertos, las fuerzas del orden, en un perfecto rectángulo mientras él, sentado en una sobria silla aislada, delante de la primera fila, presidía la emotiva ceremonia y luego se retiraba solo, de vuelta al Eliseo.

La alusión a la luz tiene un especial significado en estos tiempos que corren por Europa, que son tiempos inciertos, de horizontes oscuros, tinieblas. Con la crisis y la pérdida progresiva del sentido original de la Unión, la Europa de los ciudadanos, ciudadanos libres, con una identidad común, unidos para ser más fuertes y más influyentes en la política mundial, con mayores derechos, con un Estado social fortalecido, cada día más avanzado, surgieron los fantasmas que nos atormentaron en el pasado y, con su despertar, el temor razonable a la guerra. Los nacionalismos y los extremismos alertaron sobre el despertar del reino de las tinieblas.

la elección de Macron es una buena noticia, y un mensaje a la poderosa Merkel: si sigue aplicando la misma receta el guiso, seguirá saliendo tóxico.

El Brexit no fue la primera señal de alerta. En realidad, hubo muchos síntomas previos. Austria estuvo a punto de que saliera como presidente un ultraderechista neofascista; y Holanda igualmente; en Grecia, Amanecer Dorado, qué nombrecito para un griego, se ha consolidado como tercera fuerza política; el filonazi Jean Marie Le Pen, nostálgico del régimen de Vichy, fue pionero en la técnica zombi y creó el 'Frente Nacional, que ahora acaudilla su hija Marine. En Gran Bretaña, el UKIP de Neil Farage fue uno de los temporizadores que hicieron explotar el abandono del proyecto europeo con el señuelo de que era posible un retorno al imperio. En Italia, se han consolidado el populista Movimiento 5 Estrellas y los independentistas trastornados de la Padania, etc. Caos emergente que han aprovechado Putin y su legión de piratas informáticos para quebrar la unidad de su enemigo, intervenir en los procesos electorales y calentar una nueva guerra fría bis.

Todo esto, combinado con emergentes frentes populistas de extrema izquierda: Podemos, en España, con sus nostalgias de la revolución del 17, espita para un periodo de terror que dejó casi 100 millones de víctimas en la URSS y China, y ciencia infusa bebida en las fuentes chavistas que han convertido Venezuela en un estado fallido. Mélenchon en Francia... Al reino de las tinieblas responde el mensaje de Emmanuel Macron cuando ofrece que la luz vuelva a guiar la vida del Viejo Continente.

Lo de Macron es ciertamente insólito, pero no tanto. No es cierto que sea el primer presidente sin partido; el general De Gaulle también lo fue, y hasta el día de hoy, el gaullismo es el espíritu que mueve a los conservadores, pero que también representa la Francia de la grandeur compartida por todos los partidos tradicionales. Francia tiene una constante: la búsqueda de hombres providenciales, que empieza en la era moderna con Napoleón; si bien la providencia es una ruleta. Un alineamiento de circunstancias: este joven presidente electo de 39 años aprovechó una coyuntura que le fue propicia, por la derecha y por la izquierda, y por el mismo centro.

Los Republicanos, el partido gaullista por excelencia, se fragmentó en sus primeras primarias, y las bases eligieron a Fillón, que desplazó al más seguro Alain Juppé. Fillón entró en modo descrédito cuando la prensa descubrió la corrupción familiar, cómo enchufó a su mujer y a sus hijos, valiéndose de sus influencias. Sarkozy no pasó a la segunda vuelta, y al ser Fillon elegido en primarias, fuente de legitimidad original, se hizo difícil para los perdedores un pacto de sucesión en la candidatura. Las primarias y el propio Fillón hundieron a la derecha histórica.

Por la izquierda, la quiebra del PSF empezó con la oportunidad perdida de Hollande y cuando el ex primer ministro Manuel Valls sucumbió ante el izquierdista Benoît Hamon, también en primarias, que está claro que si no las carga el diablo, las carga la mala suerte. Otro exministro de Hollande, Emmanuel Macron, apostó por presentarse en solitario. Hamon, intuyó Macron con acierto, no podía medirse ni con Fillón ni con Le Pen. Había un electorado transversal que quería nuevas soluciones para sus problemas y sus miedos: el paro, la inmigración, la deslocalización industrial... No todo es estadística ni economía. Hay sentimientos, percepciones, temores hondos, inmateriales, pero parte del patrimonio humano.

En el fondo, hay que recordar a De Gaiulle para entender estos miedos, que nacen de la descoloniación, la oleada de franceses de ultramar que llegaron a la metrópoli atropelladamente, y del fracaso de la multiculturalidad, que llenó las urbes de grandes guetos. "No hay que engañarse. Está muy bien que haya franceses amarillos, franceses negros y franceses morenos. Eso enseña al mundo que Francia está abierta a todas las razas y que tiene una vocación universal. Pero con la condición de que sean una pequeña minoría (...) Somos todos, ante todo, un pueblo europeo de raza blanca, de cultura griega y latina y de religión cristiana...". El accidentalismo del legendario general antifascista que mantuvo el espíritu de la Francia Libre también se resume en otra reflexión: el viento inclina el árbol, pero el viento también lo lleva a su sitio.

El mal comenzó a aflorar cuando la UE abandonó la prioridad esencial del Estado social. La austeridad como medicamento milagro ha llevado al empobrecimiento de las sociedades y al aumento vertiginoso de las diferencias sociales.

El nuevo viento parece llamarse Macron, a quien ahora, politólogos, periodistas y los perdedores auguran una época extremadamente difícil porque no cuenta con un partido sólido detrás; pero los partidos sólidos a su vez tienen sus problemas, operativos y de identidad, y las legislativas están demasiado próximas. Es cierto que los votos que le han aupado a la presidencia en la segunda vuelta son, al menos, la mitad, votos prestados de los republicanos y los socialistas. Y parece cierto igualmente que el alto índice de votos en blanco y nulos responde a la ambigüedad calculada de Mélenchon, que prefiere tener de contrincante a Le Pen para aumentar su imagen de alternativa. Lo mismo hace Pablo Iglesias al debilitar al PSOE y apoyar, no estrictamente por omisión, las posibilidades de Mariano Rajoy. Casta y trama azucarada.

La clave para cambiar de sentido la inercia ciertamente está en re-ilusionar y re-fortalecer la Unión Europea. El mal comenzó a aflorar cuando la UE abandonó la prioridad esencial del Estado social. La austeridad como medicamento milagro ha llevado al empobrecimiento de las sociedades y al aumento vertiginoso de las diferencias sociales. A su vez, el repliegue en política internacional, consecuencia de traiciones oportunistas internas (p.e. la carta de los Nueve impulsada por Aznar) dejó a Europa sin capacidad de reacción ante una teoría exterior de la avalancha de libro.

Las consecuencias del hundimiento del Estado iraquí, con la proliferación de señores de la guerra y el bandidaje y el aumento exponencial del fanatismo religioso, provocó una marea de refugiados que tocó a las puertas de la Europa del bienestar. Que a su vez, y por esto mismo, empezó a ser blanco del yihadismo. Lo cual, en una espiral diabólica, no se trató de contener y neutralizar con más ayuda al desarrollo, sino todo lo contrario: ésta se redujo irresponsablemente.

La elección de Donald Trump es puede ser una oportunidad para los europeístas -"No hay mal que por bien no venga", dice un viejo refrán-, porque permite a Europa marcar distancias y tomar nota para volver a situar como prioridad una política exterior y de defensa común; y mientras, recuperar el proyecto -siempre inacabado, porque las sociedades avanzan por instinto natural-, del 'Estado social'.

Por eso la elección de Macron es una buena noticia, y un mensaje a la poderosa Merkel: si sigue aplicando la misma receta el guiso, seguirá saliendo tóxico. La alternativa: hacer de la Europa de los ciudadanos una propuesta real, y no solamente un discurso de oportunidad. Volver a situar a la ciudadanía, y al Estado social que le es inherente para su bienestar, en el centro de todas las políticas.