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Podemos olvidó la maldición de los precedentes

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Foto: EFE

Es una evidencia histórica, que es una de las patas del derecho: en política, como en tantas otras cosas, lo importante es sentar un precedente. Un precedente es la costumbre, y otro es la jurisprudencia. Pues Pablo M. Iglesias sentó un peligroso precedente para el futuro de Podemos si la otra parte le receta su misma medicina. Impuso, "con la mano tendida", el voto en contra de la investidura de Pedro Sánchez, que reunía el mayor número de votos, y escaños, de la izquierda, suponiendo que el movimiento frente populista fuera la izquierda.

La amalgama podemita no aceptó abstenerse y dar vía libre a una presidencia socialista. Votó 'no', alto y con recochineo, y una imprudente cal viva inolvidable. Ahora, las encuestas apuntan a que quizás la suma de Podemos con IU superaría en votos al PSOE, D.m. Pero aunque sume más escaños, eso no le garantiza a Iglesias el apoyo socialista, como a Pedro Sánchez la misma circunstancia no le garantizó el apoyo de sus competidores pablistas. Adenauer, viejo zorro, advertía que "en política, lo importante no es tener la razón sino que se la den a uno". Oído, cocina.

Un descubrimiento asombraba a Íñigo Errejón cuando decía que, "probablemente" habían "subestimado" las presiones internas sobre Sánchez. Natural. En un sistema caudillista leninista, donde el líder se impone sobre la organización porque una paloma laica le sobrevuela la cabeza, es desconcertante que en un partido funcionen los contrapesos que hacen posible la democracia interna e imposible el cesarismo. Me vino a la cabeza el famoso epigrama de Nicolás Fernández de Moratín: "Admiróse un portugués/de ver que en su tierna infancia/todos los niños en Francia/supiesen hablar francés/ "Arte diabólica es"/ dijo torciendo el mostacho/que para hablar en gabacho/un fidalgo en Portugal/llega a viejo y lo habla mal/y aquí lo parla un muchacho". El secretario general del PSOE, un primus inter pares, está muy condicionado por el Comité Federal y las organizaciones territoriales - y sus barones-.

El ex ministro socialista Jerónimo Saavadra cree que su partido "no puede hacer presidente al jefe de Podemos porque no son de fiar y toda su estrategia es acabar con el PSOE".

España, tras la muerte de Franco salió de una democracia orgánica, en su doble sentido, a una participativa: las elecciones constituyentes y las posteriores tuvieron esta característica. La mayor parte de los elegidos pertenecían a asociaciones que se habían distinguido en el evolucionismo franquista darwinista por la UCD, y de los activistas, grupos sociales y profesionales y sindicatos de clase, que integraban las distintas izquierdas o los nacionalismos que afloraban. Esta condición participativa se convirtió casi enseguida en representativa. Esta última fase ha tejido el periodo tranquilo y de progreso y libertades más duradero.

Pero sin saber cómo, los partidos, todos, fueron evolucionando hacia una variable de democracia orgánica: a falta de listas abiertas, los candidatos reflejaban los juegos de poder dentro de las organizaciones y no la realidad social, que se iba nublando. Este aislacionismo de los partidos -convertidos en desvergonzados INEMs de cargos- se intentó compensar en algunos con la importación de primarias, una tuneada e imprevisible caja de Pandora. En España, este procedimiento no ha producido los frutos que se vendían como milagrosos; más bien, la historia dirá que tuvo imprevistos efectos secundarios que llevaron a peor la mejoría. Desde extramuros, la sociedad empezó a movilizarse porque los partidos se habían anquilosado, no resolvían los problemas provocados por la crisis económica sobre la que se lanzaron los lobos, disfrazados de mansas ovejas, sino que, al contrario, el cáncer de una corrupción desbocada situaba al país al borde del abismo. Y exigieron, como en la Transición, una participación efectiva. Podemos se adueñó del mensaje y se lo comió crudo; pero los que criticaban a la casta, se doctoraron en ella cum laude.

Ahora Iglesias espera que, si gana, el PSOE le apoye a él. Pero el PSOE es ciertamente imprevisible. Sus órganos no han entrado en estado catatónico. Sánchez ha dicho que no habrá unas terceras elecciones. Jerónimo Saavedra, un histórico, ministro con Felipe González, ex presidente de Canarias, tiene ideas claras: "El PSOE no puede hacer presidente al jefe de Podemos porque no son de fiar y toda su estrategia es acabar con el PSOE. El PSOE tiene que abstenerse para ejercer el liderazgo de la oposición. Si no lo hace así, desaparece". Y añade, florentino: "Y Sánchez que deje ya de hablar del PP y se centre en rescatar a los que nos han ido dejando".

El cinismo táctico y la pose de reality de plató de los adanes y evas que se creen dueños de la verdad absoluta aporta un nuevo elemento de juicio en el PSOE, un partido cuyas asambleas las carga el diablo. En el XXVIII Congreso Felipe González fue derrotado, y dimitió, hasta que insistió en su programa socialdemócrata y ganó algo clave: la eliminación del marxismo y sus ataduras mentales le lanzaron a la conquista del cielo: una España moderna, europea y en paz. Pero los demonios siempre acechan.