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"Quien tira barro, pierde terreno"

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Foto: EFE

Adlai Stevenson, candidato demócrata en dos ocasiones a la Casa Blanca, embajador en la ONU cuando la 'crisis de los misiles' de Cuba, hábil en el esgrima dialéctico, sentenció que "quien lanza barro, pierde terreno". En la historia interminable, y cada día más esperpéntica, de la formación del nuevo Gobierno español estamos viendo que esa frase, además de su fina, o no, ironía, encierra una gran verdad política. Lanzando barro sin parar, el que lo hace puede verse como Robinson Crusoe en su isla desierta, aunque le respalden ocho millones de votos, o los que sean.

Tenemos al menos tres ejemplos: Mariano Rajoy, incapaz de salir del monasterio y las solemnidades en que se ha encerrado. Tanta altivez y desdén ha tenido con la oposición -y cuando se tiene mayoría absoluta, muchos tienden a considerarse monarcas absolutos-, que ha acabado por convertir en enemigos a todos los demás. Su crónica autocompasiva de múltiples y milagrosos logros, su recuerdo incesante de que tiene la mayoría de votos y que, ergo sum, la mayoría de los españoles le respalda y le han lavado sus pecados como hacía San Juan Bautista en el Jordán, no le ha servido para conseguir votos parlamentarios, que, en última instancia, son los que cuentan.

Durante su legislatura absolutista empleó el palo y nunca la zanahoria, con perdón de Bugs Bunny. Se crecía entre aplausos ciegos en el no a las propuestas ajenas. No porque no. Proposiciones o enmiendas razonables y beneficiosas para los intereses nacionales eran descalificadas con el desprecio y la ignorancia irresponsable de las leyes eternas de que "no hagas a los demás lo que no quieras que te hagan a ti". Un típico político de provincias, más de treinta años aislado dentro del coche oficial, de repente se encuentra con que sus estadísticas, sus presuntos logros en la legislatura, su habilidad retórica en la tribuna... no le sirven para nada. No le hacen caso. Tanto barro ha lanzado, a diestra y siniestra, que se ha quedado sin terreno.

Siempre se puede sacar un conejo de la chistera. Pero si pasa mucho tiempo, el conejo se puede morir de hambre.

En el otro extremo, Pablo Manuel Iglesias y su núcleo i6 en Podemos. También lanzó barro desde la displicencia caudillista contra la izquierda tradicional: la suya de origen, Izquierda Unida, y la fundadora de la izquierda española, el PSOE, oscuro sujeto de sus deseos de hegemonía. El abuso de la descalificación, el radicalismo populista, sus amistades peligrosas en el área bolivariana y su grave desorientación sobre el terrorismo etarra... le han dejado tan solo como lo está Mariano Rajoy. Ya en los bares le dicen Iglesias El Equivocado. Su rotundo no a la investidura de Pedro Sánchez le hizo principal responsable no solo de que Mariano Rajoy siga en La Moncloa sino de que se hayan celebrado ya dos elecciones, y el país esté en puertas de la tercera. Aunque se diga que la mejor defensa sea un buen ataque, eso no es exactamente así si no se aplica el principio de precaución. Internet, esa asombrosa memoria universal, no olvida lo que en realidad ha pasado en España desde que Podemos surgió del tubo de ensayo que un grupo de microbiólogos sociales sacó del cabreo del 15-M. El apoyo de Alberto Garzón es como la golondrina, que no hace verano.

Tampoco Pedro Sánchez lo ha hecho bien. Él, igualmente, lanzó barro con un no porque no que trata de ocultar sus fallos garrafales de estrategia y de programa político. Ni ha trabajado la unidad interna, quizás por los tics de los dirigentes de la Federación Socialista Madrileña de toda la vida -igual que ser del PSC imprime carácter-, ni ha logrado que los electores vuelvan a confiar en el PSOE. El pecado venial se ha convertido en mortal porque no ha aprovechado estos meses, más de medio año ya, para acompañar la táctica con la estrategia electoral que le ayude a sacar del pozo a su partido. Si la tendencia de Sánchez es que cada vez que se abren las urnas pierde votos, no hace nada para variar tan suicida inercia.

Frente a Rajoy, a Sánchez, a Iglesias, es una equivocación juzgar a Albert Rivera fuera de un proyecto político con antecedentes europeos: está cumpliendo el papel que han cumplido los partidos liberales en Europa, aunque en la UE se hayan difuminado abducidos por el neoliberalismo salido de madre tras las hordas hunas dirigidas por Reagan y Tatcher. Los liberales gobernaron con la CDU y el SPD. Han sido un partido bisagra que en la Europa de la posguerra aportó estabilidad por el centro-derecha o por el centro-izquierda. El FDP fue aliado de Adenauer y Kohl y de Willy Brand y Helmut Schmidt. Rivera firmó un acuerdo para un Gobierno con Sánchez y, fracasado este intento, firmó otro con cien puntos de coincidencia con el primero con Rajoy: con los dos candidatos propuestos por el rey.

Siempre se puede sacar un conejo de la chistera. Pero si pasa mucho tiempo, el conejo se puede morir de hambre. Y sin algo de magia - "Cuanto más negro parece todo, más necesaria es la magia", dijo Spielberg en Cannes (mayo 2016) en la presentación de Mi amigo el gigante-, solo queda la cruda realidad: otra intentona más que nos puede conducir a todos a la frustración.

Quizás esa magia, fracasadas todas las alternativas normales, consista en un acuerdo de todos los partidos: una personalidad relevante, un candidato independiente de consenso propuesto por el rey que reúna un Gobierno de amplia mayoría para salir del atolladero y dejar de mirar con pavor al futuro. Y volver a soñar en una España moderna en una Europa que vuelva a levantar la bandera del Estado social (o del bienestar).