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Calle La Boétie 21, con Picasso

22/05/2013 08:24 CEST | Actualizado 21/07/2013 11:12 CEST

Me siento feliz y halagada de que me hayan invitado a escribir un blog en El Huffington Post, el hermano español de Le Huff Post francés que hacemos en París día a día, igual que ellos.

Es un honor que debo al hecho de que esta semana se publica en España Calle La Boétie 21, un libro que publiqué hace un año en Francia y con posterioridad en Italia, Alemania y los Países Bajos, y que en 2014 saldrá en Estados Unidos, Gran Bretaña y el resto del mundo anglosajón.

El libro es, en cierto modo, la historia de nuestros países europeos, y no solo de un marchante de arte francés. No he querido hacer una biografía de tipo clásico, sino un libro impresionista, que intenta revivir el periodo de entreguerras y de la guerra, la época en la que nació y floreció el arte moderno en el continente. Los protagonistas son Braque, Matisse, Léger y sobre todo Picasso, además de mi abuelo. Lo que me parecía apasionante era ese cruce entre una pequeña historia familiar -la de mi familia-, la historia del arte y la Historia con mayúsculas, la del siglo XX y la Segunda Guerra Mundial.

Yo soy periodista. Siempre me ha gustado mi oficio, y las historias de mi familia, que procedía del entorno artístico, me aburrían un poco, como a esos adolescentes cansados de que les hablen de las generaciones que les han precedido. Sin embargo un día sentí la necesidad de recuperar su pasado y dar unidad a toda mi vida. Y para ello necesitaba incluir la vida de mi abuelo materno, Paul Rosenberg.

Rebusqué en los archivos familiares, en los de los museos (por ejemplo, el Museo Picasso y los archivos de la familia Matisse) y reconstruí un puzzle.

En primer lugar, la vida de un galerista de París entre 1920 y 1940, su relación con el arte, las dificultades que encontró para imponer la pintura moderna, su voluntad de darla a conocer en todo el mundo, incluido Estados Unidos, en una época en que la modernidad se detenía en los impresionistas.

El segundo elemento del rompecabezas era la amistad que unió a Pablo Picasso y Paul, que fue marchante suyo y se consideraba casi su hermano. Mi abuelo admiró a Picasso y su genio multiforme, pero además le quiso como a un amigo adorado. No solo fue su marchante sino también su vecino, porque Picasso, durante 20 años, vivió en el portal contiguo al de mis abuelos, es decir, en el número 23. La ventana de la cocina servía para que Picasso mostrara a mi abuelo las diferentes etapas del cuadro que estaba pintando. He encontrado más de 200 cartas de mi abuelo a Pablo -a quien llamaba Pic- que dan fe de una amistad muy viva y a veces incluso contienen bromas propias de chiquillos.

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Anne Sinclair y Pablo Picasso, en una foto familiar.

Después llegó la guerra. Mi familia, que era judía, tuvo que huir de Francia, cuyo Gobierno colaboraba con los alemanes y ayudaba a detener y deportar a los judíos.

En 1940, mi abuelo, mi abuela y mi madre atravesaron España en tres días, porque Franco solo concedía visados a los refugiados con la condición de que se limitaran a cruzar el país para llegar a Portugal. En Sintra, cerca de Lisboa, la familia esperó cuatro meses; Estados Unidos tampoco tenía prisa por ver desembarcar en su suelo a todos los refugiados procedentes de Europa. Pero por fin llegaron a Nueva York, donde mi abuelo, que quería que los norteamericanos conocieran a Picasso, Braque y los demás, volvió a abrir una galería.

Durante ese tiempo, el famoso domicilio de calle La Boétie 21, que había sido un templo de la Belleza, se convirtió en taller de la Fealdad. El inmueble fue requisado por la Gestapo, que instaló en él el Instituto de Estudios de las Cuestiones Judías, un espantoso organismo de propaganda y denuncia. En lugar de los Renoir y los Matisse, en las mismas paredes colgaron horribles carteles antisemitas; en el libro, que contiene numerosas fotografías, se ve la sucesión, en una misma sala, de los retratos de Picasso y los del mariscal Pétain, el jefe de Estado colaborador con los nazis.

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Fotografía de Picasso dedicada a Rosenberg en los años veinte.

Los cuadros propiedad de Paul Rosenberg fueron saqueados, robados, dispersados. Los de la galería de París, por supuesto, pero también los que había metido en un baúl que creía a salvo cerca de Burdeos. Porque uno de los objetivos de los nazis era destruir la cultura europea y el arte moderno, que denominaban "arte degenerado". Al acabar la guerra, mi abuelo puso todo su empeño en obligar a los marchantes franceses que se habían aprovechado y habían hecho buenos negocios al vender los cuadros robados a devolverle sus lienzos. Pero muchos quedaron en paradero desconocido hasta que reaparecieron 80 años más tarde en Nueva York o en Oslo. Y algunos no se han encontrado jamás...

Lo que me interesó fue esta convergencia de historias. Lo que me apasionó fue la aventura de los grandes galeristas en la primera mitad del siglo XX, que eran amigos de los pintores, además de sus marchantes en el sentido comercial del término. Y me encanta pensar que, gracias a este pequeño libro, Calle La Boétie 21, he podido revivir en cierta medida ese mundo desaparecido.

Cuando esté en Madrid estos días, quiero sin falta ir a ver el Guernica una vez más. Es la trágica historia de la Guerra Civil española, sin duda; es historia del arte, por supuesto; pero también será, para mí, una especie de homenaje a un hombre, mi abuelo, que fue uno de los primeros en comprender que tenía ante sí a un genio.

Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

Anne Sinclair acaba de publicar en español Calle La Boétie 21, Galaxia Gutenberg.

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