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Poliamor: hacia una ética de las relaciones personales

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Foto: ISTOCK

Tengo varios amigos que practican el poliamor. Imagino que todos saben de qué se trata esta práctica, pero por si acaso no es así, se la cuento. En esencia, el poliamor es una forma de formalizar, digámoslo así, la práctica de tener varias relaciones en paralelo, a la vez. La manera de justificar el poliamor es a través de la transparencia: todos los implicados en la relación poliamorosa saben de la existencia de los demás. Si una persona está en pareja, y es poliamorosa, debe decirle a su pareja que realiza esta práctica, y a su vez, la pareja debe aceptarla, aun cuando ella misma no practique el poliamor. La verdad por delante, vamos.

A primera vista, el poliamor suena bien. Parece muy ético: puedes tener varias relaciones al mismo tiempo sin el coste de mentir. Sin embargo, en una mirada más profunda, las dudas empiezan a emerger. Veamos por qué.

Empiezo contándoles un caso. Una amiga, poliamorosa, se encontró con un hombre que también practicaba el poliamor. Él tenía una pareja, que también practicaba el poliamor, y entraron en una relación de tres (que es algo diferente a un trío). Hasta ahí todo bien. Sin embargo, ocurre que él, llamémosle Percival, se enamoró de mi amiga (¡ay el amor!: lo corrompe todo). Le propuso tener hijos con ella. Cuando habló con su pareja, a la pareja no le hizo absolutamente ninguna gracia. La idea era además que Percival tendría hijos con mi amiga, pero el fruto de esa relación se quedaría en la casa de Percival, con él y con su pareja. La relación se acabó rompiendo, y Percival no ha tenido hijos con mi amiga. Pero en realidad el tema de los niños fue el desencadenante de todo lo demás. La pareja de Percival llegó a decirle en un momento determinado: "Es que me llevas poniendo los cuernos toda tu vida, y ya estoy harta". Claramente la pareja de Percival no era apta para tener relaciones poliamorosas. Y sinceramente, creo que nadie lo es, aunque sin duda podría haber excepciones. Me explico.

La ética del realismo en las relaciones personales es pues fundamental. Es fundamental entender si nuestras preferencias son las mismas, o diferentes.

El problema de las relaciones poliamorosas es, claramente, que uno entra en competencia con su pareja. Si Percival se va todos los días con otra mujer, o a la sazón, con un hombre, y su pareja solamente una vez cada semana, al final, ese desequilibrio acabará afectando a la relación. Muy probablemente, la pareja de Percival entraría en una especie de espiral hacia abajo en la que intentaría emular las hazañas de Percival, sin conseguirlo, quizá. Al final sería imposible que no hubiera una especie de ajuste de cuentas: "Yo, tres veces al mes. Tú, diez. Perci, esto no funciona".

Lo interesante de esta estructura es que Percival debería mentir, por tanto, a su pareja, siete veces para que todo funcionara. Si la cosa se quedara en empate (tres a tres), seguro que la pareja de Percival estaba más contenta. Pero en esta situación de desequilibrio, los problemas empiezan a aflorar, y a Percival no le queda otro remedio que despoliamorizar una relación poliamorosa.

Bien, seamos más realistas, por tanto. Y eso es lo que propongo en mi ética de las relaciones personales. Es muy, muy difícil alinear exactamente las preferencias en una relación de pareja.

Percival puede querer tener muchas relaciones y la pareja de Percival solamente quiere, o puede, tener tres al mes. Si eso funciona, muy bien. Pero tiene que funcionar para esa pareja concreta, no puede funcionar con carácter general. Y si limitamos una relación poliamorosa a tres veces al mes entonces deja de ser una relación poliamorosa, y se convierte en otra cosa muy diferente (una relación limitadamente poliamorosa, imagino que se podría denominar).

La ética del realismo en las relaciones personales es pues fundamental. Es fundamental entender si nuestras preferencias son las mismas, o diferentes; si nuestras motivaciones son las mismas, o diferentes; y si nuestras creencias son las mismas, o diferentes. Cada caso será distinto: por tanto, personalicemos las relaciones, y no las metamos todas en un saco que las hace completamente impersonales (one-size-fits-all, diríamos). Lo normal es que preferencias, motivaciones, y creencias sean no diametralmente opuestas (si no, sería muy difícil que hubiera relaciones personales) pero sí muy distintas. Siéndolo, entonces la mentira está ahí a la vuelta de la esquina.

Si nos sentara mal el bienestar de nuestra pareja, entonces estaríamos haciendo el estúpido, o lo que es peor, actuando por piedad, paternalismo, pena, o alguna que otra versión de estas perversiones mentales.

Si fuéramos un pelo más realistas podríamos hasta llegar a reconocernos a nosotros mismos que la mentira es en realidad un ejercicio de responsabilidad personal que está directamente conectado con lo que para mí es el principio fundamental de las relaciones personales, que es el bienestar personal. Hardwig lo dice magníficamente bien en este pasaje:

"People see themselves in non-atomic terms, if they see at least some other individuals not just as means of their well-being, but as part of their well being" [La gente no se ve a sí misma como si fueran átomos si miran a una parte del resto de los individuos no como instrumentos de su bienestar, sino como parte de su bienestar] (Hardwig, "In Search of an Ethics of Personal relationships", in Person to Person: edited by George Graham and Hugh LaFollette, Temple University Press, 1989).

Tú quieres a una persona y quieres su bienestar, pero atentos, eso solamente lo hacemos porque a su vez nos sienta bien a nosotros. Por otro lado, si nos sentara mal el bienestar de nuestra pareja, entonces estaríamos haciendo el estúpido, o lo que es peor, actuando por piedad, paternalismo, pena, o alguna que otra versión de estas perversiones mentales. La alternativa es que lo hagamos por razones prácticas (dinero, posición social...) lo que, de todas, es la más miserable de las justificaciones para estar con una persona (la más anti-ética, en mi vocabulario; también la más habitual, seamos sinceros). El punto es: tenemos relaciones con los demás porque ello nos hace sentir bien. Y queremos que los demás con los que tenemos relaciones estén bien porque ello nos hace sentir bien a nosotros, a su vez. Ese sentimiento, que los ingleses denominan, en una expresión que me parece absolutamente maravillosa, "warm glow" es el que preside las cosas que hacemos y también por qué las hacemos. Que nadie se olvide de que este es el pináculo de cualquier relación: cuando una te hace sentir mal a lo largo del tiempo, fuera, por mucho que nos cueste.

Si Percival le cuenta una infidelidad a su pareja y ello le hace sentir mal a su pareja, y Percival se siente mal cuando su pareja se siente mal, entonces, mejor no contarlo. Eso sí, Percival tiene que asumir la estructura ética que estoy mencionando aquí. Si no, si tiene una visión moral de la mentira (piensa, por ejemplo, que acabará en el infierno si miente), entonces efectivamente se sentirá mal al mentir (salvo que cambie esa creencia). Digamos que siempre estará insatisfecho, si miente porque miente, y si no miente, porque no puede hacer lo que quiere hacer en realidad, que es tener una relación extra-marital. Es fundamental (y esa es la ética de las relaciones personales que defiendo en estas líneas) que entendamos bien quién es el otro, concretamente. Cuáles son sus preferencias, sus motivaciones, y sus creencias. Y en virtud de ello, poder tomar decisiones, sobre qué hacer en cada caso concreto. Pero la verdad por delante, siempre, en cualquier circunstancia, para toda la vida, en todos los casos, no por favor: no somos tan simples.

Postdata: dejo la problemática cuestión de saber cuándo nos sentimos bien en materia de relaciones personales para el siguiente post.