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‘Arte’: amistad, palabras convertidas en divertidos acontecimientos

11/06/2017 10:20 CEST | Actualizado 11/06/2017 10:20 CEST

Vanessa Rabade

¿Hay alguna razón para reponer Arte de Yasmina Reza? Además de la más evidente, la de hacer llegar esta magnífica obra a nuevos públicos o a los que no la vieron en su momento, el montaje que dirige Miguel del Arco en el Teatro Pavón Kamikaze ofrece muchas otras para todos aquellos que han visto los montajes anteriores (y van unos cuantos) y descubrir que es una obra inagotable, que se puede ver una y otra vez sin cansarse. Así que si como espectador estaba pensando en acabar su temporada teatral esta obra ha llegado para que la prorrogue (junto con Ana Karenina en el mismo teatro).

Porque esta historia de tres amigos, cuya amistad entra en crisis por la compra por parte de uno de ellos de un cuadro blanco con líneas sutilmente blancas, funciona como un reloj de relojería suiza y se lleva al público de calle a través de la risa.

Una risa que se produce gracias a la intranscendente vida de los personajes. Intrascendencias a raudales por la que los personajes se complican una existencia que se empecinan en defender. Seguramente, no muy distintas de las intrascendencias y empecinamientos de sus espectadores pero que siempre dan lugar a risa, por ridículas, cuando se miran desde fuera.

Un texto construido por su autora para que reírse sea un acto de inteligencia y no de risa fast food, enlatada, floja y grosera (y las más de las veces faltona) que tanto se lleva y se vende como si fuera humor (humor sin amor ¿es posible?). Algo que ha entendido Miguel del Arco que, sin abandonar su poética como director de escena, sirve la obra para que cuando tiene que subir el suflé, me refiero al suflé de la risa, suba sin problemas, y el espectador no solo lo consuma, sino que lo paladee.

Vanessa Rabade

El suflé de esta historia es Iván, el único, que vive en precario, el único que tiene una vida realmente comprometida en recursos económicos y personales, el loser. Él mira atónito, como lo hace el público, una discusión que se mantiene no se sabe muy bien por qué. Y trata, desde su precariedad, mediar en una lucha entre los dos titanes, a los que no entiende pero a los que tiene cariño, después de tanto tiempo de amistad y de burlas a su costa. Papel que interpreta Jorge Usón de una manera que afloja y desarma la mandíbula del espectador de tanto reírse.

Así que primer acierto de Del Arco, el elenco, algo que no podía pasar un artista inteligente como él y que sabe que esta es una obra de actores. En este caso, elegidos por su calidad y por su capacidad de dar el perfil de jóvenes adultos que puebla el mundo, al menos nuestro mundo. A Jorge Usón hay que añadir a Roberto Enríquez y Cristóbal Suárez, que se ajustan a la visión que el director tiene de los personajes como un guante.

El segundo acierto, darse cuenta de que el objetivo de la discusión no es entender, sino ganar, vencer, derrotar al otro golpeándole donde más le duele. Otro factor por el que el público se pega a la butaca igual que se pega en casa ante el televisor, para ver quien gana, quien es el vencedor. Ver como uno lanza un golpe a la mandíbula o al plexo solar y ver como el otro se zafa, se libra. Lo hacen diciéndose palabras, tan solo palabras, pero se ve y se vive con la excitación de un partido de tenis en el que nunca se sabe por donde van a salir los contrincantes. Algo puramente mental que se ve y se muestra como físico, y esto, señores y señoras, si que es teatro, el mejor teatro.

Y, por último, también es un acierto haber dado, por fin, una utilidad práctica a su obsesión por los decorados y la tramoya que últimamente ocupaban demasiado en el trabajo de este director. Y, donde los otros pusieron el socorrido blanco de la obra, él ha puesto un valiente gris en un aparente ring rodeado por un espacio en penumbra, como en los lugares en los que se celebra el boxeo o la lucha libre. Lugar donde se nos seguirá invitando a ver blanco sobre blanco hasta el final y entender que así es la vida. Así de simple, hermosa y divertida, para compartirla, entre otros, con los o las colegas. Con discusiones banales que al final son las que nos alejan o las que nos acercan a los otros. Independientemente del arte que a uno le guste, de la literatura que uno lea y de los ingresos que uno tenga. La vida es, en parte, amistad en la que se pone blanco sobre blanco.