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'El padre', o la demencia como 'thriller' sentimental

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Foto de Héctor Alterio en El padre cedida por Pentación

El padre, de Florian Zeller, en el Teatro Bellas Artes de Madrid, ha sido por derecho propio el estreno oficial de la semana. Lo ha sido por su actor protagonista, el reputado Héctor Alterio, cuya cara ocupa el cartel promocional. Y, también, por su director, el reconocido José Carlos Plaza. Ambos son ya tradición del teatro, con nombre suficiente para arrastrar al público a esta tragicomedia amable sobre la demencia. Una enfermedad de la que se habla mucho pero de la que se sabe poco.

Una obra bien escrita. O al menos eso se intuye viendo esos momentos que brillan como pequeñas piedras preciosas en un montaje al que le falta cierta tensión dramática, la que se produce por el conflicto entre escenas y personajes. Pero que no dejará indemne a todas aquellas personas sensibles al sufrimiento humano. Y, desde luego, no lo hará con aquellas personas que viven o hayan vivido situaciones similares.

Sin embargo, no es una obra de lágrima fácil. Que busque la lágrima del espectador. No. Es más bien un thriller en el que se trata de desenmascarar a un asesino. Ese asesino que va borrando poco a poco quiénes somos para ir convirtiéndonos, tal vez, en lo que fuimos hasta hacernos desaparecer. Como a su protagonista, que poco a poco confunde personas y lugares. Y fabula con el lugar y las personas, hasta que ya ni siquiera le queda la capacidad de fabular. Y todo ruido es amenazante porque se desconoce, no se reconoce.


Vídeo de El padre de Florian Zeller cedido por Pentación

Claro que Héctor Alterio, el padre protagonista absoluto de esta obra, presente incluso en los breves momentos que no está, demuestra lo buen actor que es. Aunque parece que lo hace con desgana, si no fuera por varias escenas que forman parte de algunos de los brillantes momentos que tiene la obra.

De antología es esa en la que se queda clavado en la cocina. Mirada perdida que no se sabe si mira dentro o fuera de sí. Un ser perdido en un limbo. Escena que se repite y que hace tan bien todas las veces, que sorprende. O esa otra donde coquetea y bromea sin ningún pudor con la nueva enfermera que viene a cuidarle.

Aunque la que impresiona de verdad es la actriz Ana Labordeta, que hace de hija. La única que le queda al padre protagonista. La que lo cuida. La que se debate entre tener su propia vida o detenerla para ponerse al servicio de ese asesino implacable que poco a poco lo está matando. Cuya presencia es una duda razonable y humana. Seguramente con las mismas dudas, egoísmos y necesidades que los espectadores que ocupen las butacas. La misma confusión ante los dilemas importantes de la vida.

Con todo ello, la obra pasa y se pasa. Una obra melancólicamente indefinida. Algo triste y también algo risueña. Que tal vez se hubiese beneficiado de otro estilo en la dirección, aunque es difícil precisar cuál. Pero que, tal y como está, encontrará su público, un público abundante, que aplaudirá tanto como los profesionales que abarrotaban el Teatro Bellas Artes el día del estreno oficial. Tan lleno de rostros populares del teatro que parecía que nadie quería perdérsela.