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'Galileo' de Brecht o la noche es clara en Dallas

05/03/2017 09:58 CET | Actualizado 05/03/2017 10:02 CET

® Katherine Owens
Foto de 'Galileo' cedida por Undermain Theater

Hay una pregunta que surge viendo "Galileo" de Bertolt Brecht en Dallas, en el pequeño, oscuro y agradable Undermaine Theater del barrio trendy de Deep Ellum. ¿Por qué? ¿Por qué se ha tardado 35 años en reponer este título en Tejas? ¿Qué tiene de subversiva una obra que fue adaptada al inglés en colaboración con Charles Laughton y estrenada en Broadway con la dirección de Joshep Losey en 1947?

Aunque por un lado la respuesta podría ser el carácter comunista del autor, ideas por las que tuvo que salir corriendo del Estados Unidos que le acogió como refugiado, la verdadera respuesta está en la propia obra. En la claridad en la que se representa cómo el poder usa el miedo para fomentar la ignorancia y marginar el conocimiento. Un poder que no se sacia con la claudicación de ese conocimiento, sino con su sumisión, incluso obligando al conocimiento a aceptar su menosprecio.

Galileo, su protagonista, al que Bruce Dubose da una presencia y claridad norteamericanas, al menos al ojo de un europeo, es un confiado y bonachón, aunque no inocente, científico. Una persona que sabe cómo funciona el mundo, pero cree, tiene fe, en que los hechos comprobados y la razón se impondrán a pesar de que trastoquen dicho mundo. Una fe que no le deja ver cómo se mueven las fuerzas conservadoras, las que tienden a mantener el "statu quo". Pues poner las cosas "patas abajo", puede dejarles "abajo".

Katherine Owens acierta en su puesta en escena. Una apuesta tradicional y épica, pues son los propios actores los que mueven los elementos de utilería o cambian el decorado mostrando que, al fin y al cabo, solo es teatro. Situada por escenografía y vestuario en el siglo XVI, nada de moderneces, para focalizarse en que el texto llegue alto y claro. En que sus espectadores, los pocos espectadores que caben en la sala, se enteren de que el mecanismo que ven en escena es un mecanismo que funciona en sus vidas.

© Katherine Owens
Foto de 'Galileo' cedida por Undermain Theater

Espectadores que se sientan alrededor de un espacio circular trabajado como si se tratase de un "astrolabio escénico". Con un centro, Galileo, el hombre, alrededor del que se mueve el resto del elenco y la mirada y el sentir del espectador. Un elenco de trece personas, grande para una compañía privada dependiente de patronos y donantes, como suele ser en los Estados Unidos.

Una obra con un gran compromiso político, entendido como el ofrecimiento de un discurso en el ámbito público que no se agota en ofrecer apoyo a alguno de los contendientes en las urnas. Sino en mostrar de qué se está hablando, de qué se está discutiendo, en qué términos y con qué posibles consecuencias.

Sin olvidar que están contando una historia. Un cuento con su posible moraleja. Luchando a saco en escena por mantener el interés en lo que les sucede a los personajes. Y aunque alguna vez le lleva al recurso fácil, como esos en los que pasan los poderosos sin atender a Galileo, lo que predomina es el buen hacer, como ese que con elementos sencillos se ve investir de púrpura a un Papa. Hacerlo pasar del hombre y científico que es, al hombre de estado que toma decisiones "responsables". Pasmosamente simple, eficaz y sin alharacas.

Sí, merece la pena salir del downtown de Dallas, en el que las empresas del metroplex hacen negocio mientras los mendigos la recorren como zombies, de su Ars District y de sus suburbios y acercarse al Undermain Theater a ver este Galileo brechtiano. En un montaje que como Virginia, la hija de Galileo interpretada con delicadeza y cariño por Lauren Ferebee, nos cuenta que la noche es "bright", es decir, clara, antes de que se haga la completa oscuridad en la sala y lleguen los aplausos.