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'Orlando', vivir ¿para contarlo?

29/10/2017 09:07 CET | Actualizado 29/10/2017 09:07 CET

Javier Naval

Teatro Defondo vuelve con Orlando. Obra que se estrena en noviembre en el Teatro Barakaldo, pero que ha tenido su preview en el Teatro Paco Rabal del barrio de Entrevías de Madrid. Lo ha hecho con gran éxito de público. No es de extrañar porque es el tipo de obra que a su respetada coartada literaria, la novela del mismo título que escribió Virginia Woolf, añade comedia, aventura y temas muy actuales como son la biografía y la fluidez o confusión de géneros, de sexos.

Una pequeña compañía que con acierto evita emular la esteticista y famosa película de Sally Potter (directora que acaba de pasar por el Festival de cine de Valladolid). Tampoco trata de imitar el complejo montaje de proyecciones de la versión de Toneelhuis que se programó en febrero de este año dentro del Festival de Otoño a Primavera. Ellos recurren al humor. Un humor que se sitúa en la estela de Ron Lalá y los Monty Python, a los que no imitan ni copian. Si acaso, los recrean. Un humor más amable que, en determinados momentos, recuerda la luminosa versión que Strehler hizo del Cossì fan tutte de Mozart para el Piccolo Teatro de Milán.

Un humor que hace fluir la historia de Orlando el aristócrata que nació hombre y que murió mujer. El aristócrata que amaba a las mujeres hasta que, convertido en mujer, amó a los hombres. Persona longeva que vivió 400 años y conoció a cuanta reina o rey de Inglaterra se le puso por delante. Admirador de los denostados escritores del momento, a los que vio como la posteridad, que para este personaje era presente, convertía en genios.

Aunque de todo esto lo que importa no es la biografía, pues al final, como todas, son anecdóticas. Incluso pueden ser hasta falsas ya que los biógrafos tienen la manía de rellenar a discreción los huecos que dejan los datos y los hechos. Aquí, lo que importa es la vida. La inquietud por vivir que anima al personaje independientemente de su condición, de su género (es decir, de su sexo). Una postura vitalista que se gana a todos los que se acercan a esta novela como se ganará a los que se acerquen al teatro a ver esta obra.

Una vida letra herida, también. Llena estanterías y de libros. Llena de jactanciosos autores que, como muchos escritores y lectores actuales, no se dan cuentan que antes que datos, hechos o citas, la literatura es vida. Una vida tan longeva y tan vivida como la del personaje protagonista. Esa que le permite terminar el poema juvenil que ha llevado colgado cerca del corazón varios siglos. Cuyo triunfo contribuye a ese exceso de libros y de estanterías que rodea en escena a los personajes.

Palabras y versos que una vez escritos e impresos se vuelven ajenos a su autor/a, a su vida. Palabras y versos responsables, cuando triunfan, de dejar a dichos autores en manos de una fama que para nada estos necesitan. Esa falsa vida que para sobrevivirla o para morirla reclama tierra en la que echar raíces, en la que enraizarse. Lo demás es biografía, es literatura, es invención, es ficción pero ¡cómo divierte!

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