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De nuevas caderas, viejos hábitos y el incalculable valor de donar sangre

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Me alegro de anunciar que acabo de volver del hospital con una recién llegada. No estoy segura de cuánto pesa, pero parece sana y ya camina, aunque de forma inestable y con bastón. Y aunque en su día tuve dos hijos sin epidural, esta vez no me dieron opción. Estoy hablando de mi cadera nueva, que me colocaron el martes pasado. Una nueva articulación que, junto con su coja propietaria, se va recuperando poco a poco. Pero la operación no solo me cambió la cadera; además me ha abierto los ojos -y el corazón- al tema de las donaciones de sangre, sobre el que enseguida hablaré.

Soy griega y supersticiosa. Y para mí eso quiere decir, entre muchas otras cosas, que no creo en la cirugía optativa, y de ahí que, por muchas arrugas que acabe teniendo, nunca me someteré a cirugía plástica. La idea, que reconozco que tiene mucho de magia, es que los dioses me protegerán mientras tenga que operarme, pero si decido operarme, entonces me las tengo que arreglar como pueda. La cirugía optativa suele estar impulsada por el orgullo, y lo que más castigaban los dioses griegos era el orgullo desmedido. De modo que tenía algo de miedo de que iba a salir de la anestesia con una cadera nueva, sí, pero una cadera de cabra. Afortunadamente, parece que he escapado a esa suerte.

Un problema de cadera no es una cosa que ponga en peligro la vida, pero, como he descubierto en los últimos años antes de operarme, sí que la altera. Todo empezó hace cinco años, con un accidente mientras hacía senderismo. La resonancia magnética mostró que tenía un desgarro del labrum. Me dijeron que la cirugía no era absolutamente necesaria, así que la aplacé. Mi filosofía de vida, fuertemente inspirada en los estoicos, es que lo que determina la vida que tenemos es nuestra actitud, más que nuestras circunstancias. Un año después, me torcí el tobillo y necesité muletas durante varias semanas, con lo que hice todavía más presión sobre la cadera, que siguió empeorando. Conseguí un año de respiro cuando conocí a Anat Baniel, que ejerce una variante del método Feldenkrais de fisioterapia.

Pero este verano el respiro se terminó. Mi nivel de dolor, sumado a una nueva resonancia magnética, mostró que la cadera no tenía ya remedio. Cada vez que veía una escalera, se me caía el alma a los pies. Y así llegué al mes pasado, cuando estaba en Roma para el lanzamiento de HuffPost Italia. Me dirigía a un acto con David Thorne, el embajador estadounidense. Salimos de su coche y, al otro lado de la nube de fotógrafos, mirándome de frente, estaba una de esas largas escaleras romanas, desiguales y que parecen subir hasta el infinito. Para mis ojos (y mi cadera) no eran una bella imagen de postal italiana, sino el Everest. Apreté los dientes y comencé el doloroso ascenso. Una semana más tarde, de vuelta en Nueva York, estaba moderando una mesa redonda para la White Ribbon Alliance. En Urban Zen, el local en el que se celebraba el encuentro, me quedé paralizada al ver que había tres escalones para subir al escenario: solo tres escalones, ¡pero sin barandilla! Conseguí llegar arriba, pero comprendí que ya no podía seguir aplazando lo inevitable.

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Ya había renunciado al senderismo e incluso a los largos paseos. En Los Angeles, durante años, nuestra editora principal, Willow Bay, y yo solíamos discutir lo que tuviéramos que discutir mientras dábamos un paseo. Siempre hablábamos mientras caminábamos. Pero la última vez que estuve allí, el dolor era tan intenso que nos vimos obligadas ¡nada menos que a tener una reunión al viejo estilo, sentadas! En resumen, el problema no era terriblemente grave, pero me estaba dificultando todas mis actividades, por no hablar de que me impedía dedicarme a mis aficiones, como salir a andar con amigos.

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Así acabé en el Hospital for Special Surgery, en una habitación preparatoria para el quirófano, con una hermosa vista del East River en las horas anteriores al amanecer, sintiéndome muy agradecida por la tecnología moderna. Tengo una enorme fe en la medicina integral y en lo beneficiosas que son para la salud cosas como la acupuntura, la homeopatía, las hierbas, la meditación y el yoga. Y no cabe duda de que todo eso me ayudó muchísimo durante los cinco años anteriores a la operación. Pero este era el momento de dar las gracias a los dioses por la medicina occidental y la cirugía moderna.

También tuve la fortuna de contar con un cirujano asombroso, el doctor Paul Pellicci, que fue el cirujano más joven admitido como miembro de la Hip Society (La Sociedad de la cadera) hace 20 años, y un gran equipo en un hospital de vanguardia. Además de la más fabulosa enfermera irlandesa, Anne Corrigan, que me regañaba con su inconfundible acento cuando me olvidaba de seguir las reglas postoperatorias pero me alababa -"¡Sí señora!"- cuando hacía bien los ejercicios. Y ahora estoy aprendiendo otra vez a andar, con una cadera nueva y una pierna que parece casi ocho centímetros más larga que antes (el doctor Pellicci me asegura que no es así). Después de la operación, me dijo que le parecía increíble que hubiera podido caminar con mi cadera vieja. Era como conducir un viejo cacharro que no hubiera pasado por el taller en años.

He escrito mucho sobre la necesidad de disminuir el estrés en nuestras vidas, centrarnos más y vivir más el presente. ¡Y ahora me encuentro en una situación en la que no me queda más remedio! No recuerdo la última vez que fui por la calle sin hablar por teléfono. Pero ahora que estoy aprendiendo a andar de nuevo, si no estoy completamente en ello, si me despisto un momento, me voy al suelo. Como dijo Napoleón, "la mejor cura para el cuerpo es una mente tranquila". Así que se acabó eso de hacer mil cosas a la vez, al menos durante una temporada. Por fin vivo de una manera que le habría hecho sonreír a mi madre, que aborrecía la dispersión. Una de las últimas veces que se enfadó conmigo fue por verme abrir el correo mientras hablaba con mis hijas. Estaría contenta con mi nuevo modo de vida tan concentrado.

Así que de momento, con un guiño a mi amigo Bill Maher, tengo unas cuantas "reglas nuevas" que debo seguir. Entre ellas: "No agacharme más de 90 grados"; "No cruzar las piernas"; "Los pies deben apuntar hacia arriba o hacia afuera". Y el domingo por la tarde, cuando volví del hospital a casa, tuve el placer de dar mi primer paseo (con bastón) por la calle con mi fisioterapeuta.

Lo curioso de las operaciones de sustitución de cadera es que cualquiera que ha pasado por ella se vuelve proselitista. Por ejemplo: cuando le conté al consejero delegado de AOL, Tim Armstrong, que estaba pensando en operarme por fin, él que se operó de cadera pocos meses después de adquirir The HuffPost, me aseguró que me sentiría increíblemente mejor y me mandó una lista de siete cosas que debía hacer. Lo más importante de la lista era aprender qué no debía hacer y aceptar que iba a necesitar un verdadero periodo de recuperación (de hecho, cuando me llegaron las flores que me envió al hospital, la tarjeta no contenía más que una frase: "Deja tu BlackBerry"; me conoce bien). Siempre he creído que conviene ser consciente de la propia vulnerabilidad, pero mi situación actual ha convertido esa convicción en algo muy tangible.

Al día siguiente de la operación estaba feliz solo de haber salido de ella. Esa noche se celebraba el segundo debate presidencial, y me dispuse a sumergirme en él encantada. Seguramente ayudaron dos cosas: que todavía no había intentado levantarme de la cama y que, además del debate, devoré un montón de analgésicos (me considero muy afortunada por no haber tuiteado mientras estaba "colocada" nada que no debiera).

Entonces llegó la crisis del segundo día. La hemoglobina me había bajado a unos niveles peligrosamente bajos, así que me hicieron una transfusión de sangre. El cuerpo de un ser humano adulto contiene por término medio entre 4,5 y 5 litros de sangre, y a mí me metieron casi un litro, una cantidad nada pequeña. Mientras estaba tendida, durante las seis horas que duró la transfusión, tuve mucho tiempo para reflexionar sobre lo que estaba pasando. La experiencia de que la generosidad de otra persona te recorra literalmente las venas es una auténtica lección de humildad, una experiencia incluso abrumadora. Los donantes nunca saben a quién han ayudado. No lo han hecho por su propio bien, ni por el de sus familiares o amigos. Es un acto de pura compasión y generosidad.

En los días transcurridos desde entonces, he aprendido muchas más cosas sobre esa extraordinaria generosidad y sobre la tremenda necesidad de que aumenten las donaciones, unos actos que cambian y salvan vidas. En verano, la Cruz Roja dijo que las reservas de sangre eran tan bajas que estaban en niveles de emergencia. Es una situación muy grave porque uno de cada siete pacientes de hospital necesita sangre, y no es algo que se pueda fabricar. Y los hospitales no aceptan sangre de gente que cobre por ella. Deben donarla de forma totalmente voluntaria.

He aquí unos cuantos datos más sobre la donación de sangre, proporcionados por America's Blood Centers, una red sin ánimo de lucro de 600 bancos de sangre comunitarios:

-- 4,5 millones de estadounidenses necesitan una transfusión de sangre cada año.

-- Cada dos segundos hay una persona que necesita sangre.

-- Solo el 37% de la población estadounidense puede donar sangre, y solo el 10% lo hace cada año.

-- Medio litro de sangre puede salvar hasta tres vidas.

-- El 17% de los donantes dice que "nunca ha pensado en ello" cuando se le pregunta la razón principal para no donar.

La página web de los Blood Centers destaca asimismo que solo con que un 1% más de estadounidenses donara sangre, no habría escasez.

En las páginas web de la Cruz Roja y America Blood Centers -que leí con detalle mientras estaba en la cama-, ese sentimiento tan satisfactorio que solo se obtiene con el servicio a los demás se hace realidad en las numerosas "historias personales de donantes" que explican las razones por las que la gente da sangre.

Brian Boyle es un triatleta que participa en pruebas del Iron Man y que en 2004 sufrió un accidente de coche en el que estuvo a punto de morir. Perdió el 60% de su sangre y necesitó 36 transfusiones de sangre durante las múltiples operaciones que siguieron. Hoy participa en sus carreras con el logotipo de la Cruz Roja estadounidense, en honor de aquellos donantes que le salvaron la vida. "Durante una carrera, cuando siento que se me aclera el corazón y me circula la sangre, me acuerdo de que hubo un momento en que esas eran señales de que estaba muriéndome", escribe, "y pienso que ahora son señales de que estoy vivo, y, gracias a la Cruz Roja, vivir es algo que no doy por descontado".

Harry Jones, de Cascade, Michigan, ha respondido a la petición de donantes con creces. Hasta la fecha ha dado casi 125 litros y ha cambiado las vidas de 900 personas. "¡Donar sangre es algo estupendo!", escribe en la página de la Cruz Roja. "Es fácil y te hace sentirte bien, y la gente debe saber lo importante que es".

"Hace poco me comprometí a donar toda la sangre que pueda para poder dormir bien con la conciencia tranquila, sabiendo que mi sangre está sirviendo probablemente para salvar la vida de una persona", escribe otro donante llamado Rafael.

"Es el mejor sentimiento que se puede tener, saber que quizás hay una niña con tu sangre dentro de ella porque le hacía falta", escribe Ronni. "Y que tú se la has dado. Es mágico".
Estoy deseando poder hacer pronto eso mismo.

Y también estoy deseando hacer otras cosas: hacer senderismo, andar sin bastón, sentarme en la postura del loto... y no mirar cada escalera como si fuera el Everest.

Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia