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CHP Juego de Aceras

08/03/2017 12:26 CET | Actualizado 13/03/2017 07:41 CET
Getty Images/iStockphoto

La mayor parte del tiempo lo pisamos por las aceras. Es uno de los elementos urbanos en que menos pensamos, a pesar del tiempo que pasamos sobre ellas. Las aceras eran antes lo contrario de las calzadas, un espacio sin definición precisa o con vocación de imprecisión, entre los límites de los edificios y los coches. Un espacio de calles con escalón a la calzada y a los portales. En nuestro tiempo, la noción de acera ha sufrido una confluencia de significantes a la que contribuyen todas las lenguas: aunque en español las aceras tienden a ser más 'orillas' o 'andenes' que caminos laterales 'sidewalk', (EEUU); 'pavement', (Inglaterra); o senderos a pie, 'footpath' (Australia); en Portugal, 'passeios'; en francés, 'trottoirs'. Hay aceras herméticas, elásticas, impermeables, porosas, lisas, rugosas, anti-adherentes, anti-deslizantes, de piedra, acero, vidrio, madera, cerámica, fotovoltaicas, luminiscentes, alfombradas, acanaladas; hoy los suelos se han expandido y constituyen un espacio de transición donde todas las definiciones están sujetas a indeterminación porque se confunden los paseos, las calzadas, los pavimentos, las orillas; son andenes de estaciones sin término, de ciudades sin reposo.

En la ciudad caótica las aceras siempre se encuentran en transición. Son, sucesivamente, todo lo que eran antes, junto con todo lo que han dejado de ser; son, casi todo lo que serán a la vez, orillas, calzadas, pavimentos, senderos, paseos, estancias, o recorridos. Pero también son fortalezas cerradas por mesas, mesas altas, bajas, taburetes o sillones; con mantas, estufas, luces y elementos de estancia, cercadas por artificiales jardineras, plásticos traslúcidos, lonas, toldos, campamentos de vidrio que separan recintos; son simulacros de remansos, de abrigos de protección.

Las aceras peatonales son objeto de reconversiones constantes mediante tráfico de vehículos, - priorizado, restringido, permitido -. Se surcan - mediante fuentes de carbono, eléctricas, bicicletas, de varias ruedas, con o sin pedaleadores, patines, "segways", artilugios de transporte para niños autónomos o conducidos -. Pronto serán sitio de paso sin pisar, aparatos sobre-elevados del suelo, de vuelo, o casi, de surf aéreo.

La nostalgia por la ciudad de las aceras ya no cabe en la guerra por la supremacía de un modelo que abarca todos a la vez y en todo tipo de condiciones.

La nostalgia por la ciudad de las aceras ya no cabe en la guerra por la supremacía de un modelo que abarca todos a la vez y en todo tipo de condiciones. Los turistas que se topaban con los bolardos, ahora sortean las mareas en una u otra dirección, o se estacionan en las terrazas 'sólo para consumir'. En tanto que la función de los 'paseantes' se tornaba hacia la de los consumidores en el siglo XX, el lujo del "flâneur", expuesto con maestría por Walter Benjamin (1935), canonizó a Baudelaire, que había definido el vagabundear como una función del urbanita contemporáneo (1860).

Espectadores, paseantes e investigadores urbanos pensaron que la supresión de los automóviles en amplias zonas de la ciudad alentaba la experiencia y el conocimiento pero, con el paso de tiempo, grandes dudas han surgido de si lo que antes no eran sino sitios 'pisables', ahora se han convertido en espacios fungibles de la fábrica de consumo. Es curioso que el paseante ahora ya casi no pueda deambular sin destino, o que lo haga con más desatino cada vez, pruri-orientado a devorar espacio y tiempo sin expectación ni expectativa que no venga pre-digerida por una guía, guías, grupos, o comitivas procesionarias turísticas, siguiendo itinerarios fijos que inducen a todo menos a la contemplación serena del entorno que se transita, según los casos, con poca libertad. Casi nunca se puede explorar lo que está abierto a la obscena visibilidad de la transparencia, del escaparate, de la interpretación sugerida, impresa, grafiada y señalizada.

Los suelos, a su vez, dan cuenta de esa promiscuidad de las aceras, que un día son públicas; otro, privadas; otro, mixtas; otros, espacios en remoción y otros, recintos cerrados al paso y la pisada. La 'guerra de aceras' recuerda mucho a la saga 'Juego de Tronos'. Al menos en la espacialidad y la cantidad de batallas que se dan en su nombre, para conquistar territorios, refundarlos, cercarlos y ponerlos a la venta a nuevas dinastías de hosteleros, restauradores, operadores turísticos y grandes inversores. Si las aceras son movedizas es porque siempre son 'Tierras disputadas', como las de la entronizada serie televisiva. En los reinos de 'Invernalia', al Norte, hay que calentar las aceras; en los del 'Desembarco del Rey' en el Mediterráneo y el sur, dónde ya están calientes, al paso de los cruceristas, los suelos son cada vez más peatonalizados y pavimentados, acanalados, abiertos al 'Reino del Dominio' del Consumo que impera allí con castillos efímeros y permanentes a la vez, que achican los espacio de paseo, dejando poco espacio para rodar, entre música y luces. Como decía Sabina, "Las canciones de amor que no quisiste / andan rodando ya por las aceras, / las tocan las orquestas de los tristes / 'pa' que baile 'don nadie' con 'cualquiera' (Joaquín Sabina, 2009).

Los 'Siete Reinos' cambian siempre de titularidad y de uso. A menudo, los espacios que antes ocupaban vehículos a motor y aparcamientos pasan de unas familias a otras. El negocio está en el juego de aceras. Hay quién gana y quién pierde; pero todos se llevan una parte de 'Rocadragón' controlado desde 'Altojardin'. Fortalezas limitadas por muros invisibles o super-eficientes para cerrar el paso con barreras, las terrazas, aceras, cenadores, alfombras, explanadas de mesas, sombrillas, toldos y bares, son el escenario confuso de la ciudad neoliberal, en la que no se puede pisar sin pasar por el aro de comprar el trozo de acera por un tiempo: sin fijarnos en la percepción de lo que nos perdemos por no saber mirar mejor y más arriba, perdiendo la experiencia de ciudadanos que viven la ciudad; que vagabundean por ella sin pagar.