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Artesanos y sabios

Publicado: 13/06/2012 10:24

Aristóteles dejó escrito que el hombre es un animal "ciudadano", queriendo decir, probablemente, que era un ser social, pero la verdad es que otros animales son tan sociales o tan gregarios como los humanos, sino más.

Lo que nos diferencia de hormigas, gacelas o sardinas no parece ser, pues, nuestra tendencia al gregarismo, o a vivir más bien juntos en colmenas verticales, en colonias extendidas, o en cardúmenes nómadas, porque eso lo hacen también muchos animales, e incluso se puede decir que lo hacen de manera más eficiente que nosotros.

Deberíamos buscar, pues, algún otro hecho diferencial de nuestra especie, y hemos pensado que nuestro principal rasgo identitario podría ser el de "animal innovador".

A diferencia de nuestros parientes del reino animal, en efecto, nosotros no construimos siempre igual nuestras viviendas, ni ingerimos siempre los mismos alimentos, ni nos matamos siempre de la misma rutinaria manera, antes al contrario, desde que dejamos de andar a cuatro patas, desde que nos levantamos y nos pusimos a caminar, hace de ello ya unos millones de años, no hemos dejado de innovar, es decir, de ir haciendo las cosas de manera diferente según se nos iba ocurriendo, o de producir artilugios, artefactos o construcciones mentales que nos facilitaban las cosas, o nos ayudaban a tener un mejor pasar.

En vez de limitarnos a repetir mecánicamente la programación de nuestro "software", genéticamente impreso en nuestra especie, nos hemos dedicado indisciplinadamente al juego del "y si": ¿y si esto fuera comestible?, ¿y si pudiera domesticar a este animal para que trabajase para mí o para comerlo más tarde?

Este rasgo innovador parece privativo de nuestra especie, al menos en la medida en que lo practicamos los humanos, pero ello no quiere decir que todos los individuos lo tengan en igual proporción, o que lo practiquen con el mismo ahínco.

Por ejemplo, a los habitantes del continente euroasiático, allá por el neolítico, se les ocurrió domesticar a una serie de animales, para que los transportasen, les trabajasen, o los llevasen de un lado para otro y, además, se les ocurrió utilizar un artilugio circular, llamado rueda, que puede girar sobre su eje y que si se engancha a alguno de los animales domesticados, produce unos beneficios insospechados.

Pues bien, estas y otras innovaciones parecidas, les confirieron a sus autores, los habitantes del continente euroasiático, unas enormes ventajas sobre sus parientes de otros continentes a los que, acabarían por someter y por utilizar a su servicio, mediante la "ventaja competitiva" que la innovación aporta.

La capacidad de la especie humana para innovar es evidentemente muy anterior a la existencia del conocimiento codificado y, no digamos, de la ciencia moderna; de hecho, el método científico, que ha producido la ciencia que hoy practicamos, no es sino una forma muy sofisticada de innovación.

En contraste con la innovación, en los primeros siglos de rodaje de la ciencia moderna, ésta solía ser practicada mayoritariamente por caballeros de posibles, bien por su propio patrimonio familiar, o por algún mecenazgo sobrevenido.

A medida que la ciencia se fue desarrollando y empezó a descubrir fenómenos, y aun objetos, y a elaborar leyes que podían reportar alguna utilidad concreta e incluso, eventualmente, algún beneficio económico, la actividad de los sabios dejó de ser una ocupación de excéntricos visionarios, para convertirse en una posible fuente de soluciones a problemas reales y una herramienta útil al servicio del poder.

Obviamente, el interés de las autoridades fue a más a lo largo del siglo que vio nacer las primeras academias de sabios y las primeras sociedades científicas, y se fue incrementando a lo largo del siguiente siglo XVIII, cuando prácticamente todos los monarcas ilustrados crearon reales gabinetes, jardines botánicos y museos, financiaron expediciones científicas, fundaron reales academias, observatorios astronómicos y centros de estudios superiores especializados.

El siglo XIX vio ya cómo la actividad de los científicos se convirtió en un asunto de interés general, tanto para los gobernantes, como para los empresarios, que constataban que de su cultivo se podían obtener ventajas competitivas y negocios saneados. Estaba naciendo entonces la política científica que unos años después, ya iniciado el siglo XX, Cajal formula por primera vez en español: La posteridad duradera de las naciones es obra de la ciencia y de sus múltiples aplicaciones al fomento de la vida y de los intereses materiales. De esta indiscutible verdad síguese la obligación inexcusable del Estado de estimular y promover la cultura, desarrollando una política científica, encaminada a generalizar la instrucción y a beneficiar en provecho común todos lo talentos útiles y fecundos brotados en el seno de la raza.

En apenas tres siglos, la ciencia había pasado de ser una ocupación de caballeros curiosos, a un deber inexcusable de los estados, es decir, había pasado de ser una afición privada a una política pública, pero quienes durante milenios habían puesto en circulación innovaciones que permitieron que nuestros antepasados creciesen, se multiplicasen y se extendiesen por la faz de la tierra, no eran de ese tipo de personas que se dedican a especulaciones abstractas, sino simples mejoradores de las técnicas existentes, "improvers of technologies", personas anónimas y probablemente poco pretenciosas.

Sin embargo les debemos a ellos innovaciones fundamentales en nuestras vidas, como el queso, el vino, el aceite, el arte, las religiones, los sistemas políticos, los carros, los molinos, los arados, o los artefactos de matar, por no mencionar sino unos pocos de los frutos creados por el animal innovador. Pero los "amateurs" dedicados a la especulación más o menos abstracta, como los mejoradores de las tecnologías existentes, han dado lugar hoy a los científicos, generadores del inmenso poder de transformación social, de riqueza y de conocimiento que a través de la ciencia ha creado el Homo que no sabemos si debería llamarse simplemente sapiens o también Homo innovator, si se nos permite latinizar un concepto moderno.

 
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16:28 de 14/06/2012
..Sr Facal,me parece recordar que Usted es gallego.

Le voy a poner un claro ejemplo de la poca simbiosis que hay entre ciudadanos y ciudades proximas....ahi tiene La Coruña que esta cerca de El Ferrol,pues bien en la Coruña nacio una empresa de la mano de un empresario Don Amancio Ortega.....en Ferrol siempre,siempre vivio del presupuesto haciendo unas veces barcos rentables en Fene con Astano,mas tarde los coreanos hundieron el mercado y tuvo que unirse a la Bazan de construcciones militares......HOY andan mendigando,otra vez ayuda publica.......mientras INDITEX ha desbordado HOY todas las previsiones de la Bolsa española y el Sr Ortega el 4º hombre mas rico del mundo que si lo suma a su exesposa la Sra Mera,quizas son el primero del mundo.

¿como funciona la osmosis empresarial?
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11:32 de 14/06/2012
La especie Homo sapiens sapiens ha evolucionado tanto que ya no cree ser de este reino. Hemos pasado de ir aprendiendo de ensayo-error a problema-solución, se ha llegado a tal nivel cientifico que la competencia entre los diferentes grupos investigadores, llegan a mismas soluciones con diferentes nombres en muchas ocasiones...y todo para conseguir beneficios economicos. Creo que no es el camino... Nosotros desde la individualidad de cada uno de nosotros, debería cambiar para conseguir que esta crisis que tenemos delante sea para conseguir soluciones más positivas para todos... El "sufrimiento" de un oligopolio en relación a sus beneficios, no puede ser el sufrimiento de la mayoría. Este sistema social creado en el siglo XIX llamado capitalismo, tiene que evolucionar a un capitalismo "justo" no competitivo como el actual.
El desarrollo científico tiene que ser global y colaboracionista en todo, no es rentable en ningún sentido, tener a muchos grupos de científicos trabajando solo en una línea de investigación. Se han de crear muchas líneas de investigación, y crear una red mundial en la que cada región siga una linea investigadora, creando múltiples unidades de desarrollo que crearía trabajo en todas las regiones. Vendría a ser una "especialización por regiones" en relación a los diferentes ámbitos de la ciencia humana. Así creo que la evolución y las soluciones se darían más y en menos tiempo (el tiempo es nuestro lastre en la vida) y se ha de aprovechar.
12:38 de 13/06/2012
Interesante disertación. Conviene puntualizar respecto a la rueda, que los habitantes de Eurasia contaban con otra ventaja respecto a los pueblos de Mesoamérica o África: la existencia de llanuras y estepas por las que resultaba fácil utilizar lo que en un principio fue un invento de alfarero, para el transporte de bienes y personas, y poder hacerlo a lo largo de miles de kilómetros casi sin obstáculos. Mesoamérica es selvática y accidentada, y en África o Norteamérica el clima y la abundante caza imponían un modo de vida mucho más especializado. En tales circunstancias, la rueda no les hubiese supuesto ventaja competitiva alguna. Quiero decir con esto que la capacidad innovadora del ser humano, que se remonta mucho más allá de la Edad del Bonce, ha generado sus mayores logros en lugares donde las constricciones ambientales no han sido excesivas. El cerebro propone y el ambiente dispone... Y esto es lo que está pasando en la España actual, donde la capacidad innovadora de nuestros españoles (y aspirantes) ha de vérselas con un ambiente hostil que no otorga ventaja competitiva al inconformismo, a la curiosidad innata, al pensamiento crítico o a la falsación de hipótesis mediante experimentación. Debe ser que, al contrario que la España de Cajal, la de ahora (sus dirigentes) ya no busca una posteridad duradera ni el beneficio de sus talentos útiles y fecundos, sino que prefiere refugiarse en el cortoplacismo que nos hunde, y cuyo daño colateral inmediato es el beneficio de solo unos pocos...
13:26 de 13/06/2012
... la capacidad innovadora de nuestros científicos españoles (y aspirantes a serlo)... quise decir.
17:52 de 13/06/2012
Y otra cuestión, la disposición de norte a sur de américa dificultaba las migraciones y la expansión de las ideas, pues en eurasia, unos mismos animales y plantas podían domesticarse y cultivarse desde españa a oriente medio. En américa las variaciones del clima, vegetación y accidentes geográficos dificultaban sobremanera los intercambios culturales entre diferentes civilizaciones.
11:42 de 13/06/2012
Excelente artículo, aunque se os ha olvidado enfatizar algo que está implícito: En un país sin más riqueza natural que el sol y las playas, la única manera de salir del agujero (además de dejar de cavar) es apostar por la innovación. Es lógico que los mercados desconfíen de un gobierno que como el nuestro que no solo no tiene un plan para salir de la crisis sino que recorta allí donde, como decía el premio nobel, está todo el potencial de innovación: en la educación (instrucción pública) y la investigación (política científica).

A Aristóteles se le escapó el hecho que, además de animal ciudadano, "el hombre es un animal que miente", como demuestran cada día nuestros políticos del presidente para abajo.