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Breve historia del llanto (Novela)

15/03/2014 09:56 CET | Actualizado 14/05/2014 11:12 CEST

Prólogo

Lloré. Veía a mi padre postrado, rígido como en una instantánea, y la nariz se me aflojaba, y sentía cómo los canales se me abrían y me brotaban las lágrimas por encima del borde inferior de los párpados. Todo se desencadenaba con una imagen fugaz a la que se unía el pensamiento de "ya nunca más". En la desolada habitación del hospital en la que mi padre acababa de morir, no me conmovía ver a mis hermanos en mi mismo estado, salvo que ya estuviera yo llorando; entonces arreciaba. Contemplar a mi madre, en cambio, me hundía algo pesado y recio en el pecho, algo como un brazo nervudo que me arrastraba de su propio llanto al mío. Después de algunos hipos paraba.

También la risa de mi madre había sido siempre contagiosa. Comenzaba a contar algo en medio de un ataque de risa imparable que provocaba la suspensión del relato, y entonces, sin saber muy bien ni por qué ni cómo, todos nosotros, me refiero a mis hermanos y a mi padre, la imitábamos en una carcajada sin respiración, aguantando el salvaje chorro de la hilaridad en nuestros vientres, más doloridos con cada risotada sin aire.

-Pues ayer tu padre... -arrancaba, y la risa se le apelotonaba en la garganta, sin dejarle apenas seguir-, y fue a la cabina, jaaa.., y allí como un tonto y jaaa.., tomó el auricular esperando que sonara algo, jaaajaaajaaa..., pero cómo iba a sonar, jaaaaaaaaaa..., ¡si lo habían arrancadojaaaaaaaaaaaaa...!

No importaba tanto cuán gracioso pudiera ser el hecho cuanto las ganas de burla de mi madre para desternillarnos sólo con verla en su alegre histeria.

-Tan pronto te ríes como lloras -solía decir mi padre para, por un lado, acallar la burla, y por otro, mostrar lo voluble del carácter de mi madre. Y lo cierto es que en algunas ocasiones esa risa asfixiante acababa inundando no sólo los lagrimales de mi madre, sino los de todos nosotros, mi padre incluido, y nuestros ojos acuosos se volvían el escape por donde se iba desinflando el carcajeo agudo y calmándose la convulsión de nuestros cuerpos. Ese paso de la risa al llanto, naturalmente, no era el brusco cambio de humor al que se refería mi padre, pero indicaba literalmente lo cerca que se encuentran la una del otro. Tan cerca como se encuentran el placer y el dolor, la razón y la locura, el buen olor y el malo, el movimiento y la quietud, el horror y el éxtasis, el odio y el amor, la santidad y el crimen, la vida y la muerte. Los contrarios se necesitan para existir. Es la ambigüedad suprema de la vida humana. Que sea una debilísima frontera la que separa los contrarios es lo que nos hace frágiles a los hombres, vulnerables al azar. Pero también lo que nos franquea al mundo de infinitas posibilidades que es nuestra existencia. Además, ¿quién dice que esa ambigüedad no es el reflejo de la ambigüedad de nuestra propia naturaleza?

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