BLOGS

Manifestaciones

12/09/2013 07:37 CEST | Actualizado 12/11/2013 11:12 CET

La Diada ha puesto una vez mas de manifiesto el amor de los españoles por las manifestaciones. En efecto, quizás porque sabemos que no siempre ha sido posible hacerlo, las manifestaciones forman parte del ethos español como la tortilla de patata o El Corte Inglés.

En esta época que nos ha tocado vivir, donde las grandes acumulaciones de gente en el espacio público se producen sobre todo en países en vías de desarrollo, la ubicuidad de las manifestaciones en España es una prueba de que no éramos lo modernos, tampoco los catalanes, que creíamos ser. De que la sociedad española no había llegado al fin de la historia y los conflictos eran latentes, de que no nos habíamos descorporeizado como sucede en las sociedades llamadas avanzadas. Por ejemplo, en Estados Unidos donde la gente dejo de caminar por las calles cuando se inventó el automóvil, el shopping tampoco ya es lo que era una vez que las tiendas han pasado a ser meros escaparates antesala de la compra por Internet tras comparar precios en un smart phone.

Ni siquiera, como plegarias colectivas que lo mismo sirven para pedir la independencia de Cataluña, protestar contra la corrupción de la clase política, la privatización de la sanidad en la Comunidad de Madrid o manifestar dolor frente a un crimen horrendo, puede considerarse que su papel sustitutivo de los ritos religiosos sea muy moderno en un contexto mundial de relativismo cultural en el que la fuerza de las religiones es la norma y no la excepción. Quizás, en estos tiempos convulsos, recitar un Padre Nuestro en voz alta acaso podría ser considerado mucho más moderno y multicultural que gritar consignas detrás de una pancarta.

A veces las manifestaciones en España se asemejan a sacar a la virgen en procesión para que llueva, a un acto de una fe imposible por una causa que debería valer la pena, porque al igual que no tenemos noticias de Dios tampoco las tenemos de aquello que antes se denominaba los poderes públicos.

No deja de ser curioso que Estados Unidos, el país de los derechos civiles, el país más religioso del orbe occidental (en realidad el único) sea el menos aficionado a las manifestaciones. De hecho, las famosas manifestaciones que hubo en Wall Street palidecen en cantidad y calidad ante cualquier manifestación española de ciudad de provincias y no digamos ante las de la Puerta del Sol. Y no, la razón no es que los americanos amen el capitalismo y el statu quo sobre todas las cosas.

El activismo estadounidense contemporáneo ha quedado prácticamente reducido a ciberactivismo. Es un activismo en cierto modo desagregado, de individuos distantes, individualizado si ello no supone un oxímoron. Un activismo que en la mayoría de los casos consiste en enviar una oleada de correos electrónicos al legislador de turno argumentando el motivo de la protesta.

Es un activismo de teléfono, tableta u ordenador portátil, ejecutado desde la soledad de una habitación o un café. No tiene caras, héroes, intelectuales o "pavos reales" a la cabeza de la manifestación. Cuando muchos estados recientemente subieron las tasas de las universidades públicas a consecuencia de los recortes presupuestarios durante la recesión, las manifestaciones estudiantiles fueron casi testimoniales ya que los estudiantes americanos universitarios, que por cierto votaron a Obama en su mayoría, consideran las manifestaciones una antigualla aunque no lo digan.

La practicidad de los americanos tiene en cuenta, y mucho, que los correos electrónicos son siempre más fáciles de contar que las caras o los cuerpos y evitan las interminables guerras de cifras que llenan los periódicos el día después de la manifestación. Además no cortan el tráfico y evitan los disturbios.

El problema de este ciberactivismo es que exige un mínimo de confianza en los gobernantes, pensar que no van a silenciar la existencia de miles de correos electrónicos.

Puede que sí, que una imagen siga valiendo más que mil palabras.

NOTICIA PATROCINADA