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El amor no es para narcisos ni cagones

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Foto: Shutterstock.

"Nací sin el gen de hacerme la difícil": un hit de columna en las redes sociales. La autora se queja del insufrible juego del gato y el ratón en la erótica. No quiere ser ratón, quiere hablarle al gato como gato, anhela - como muchos - que el lenguaje del amor sea el de llamar al pan, pan y al vino, vino. Nada de disimulos del deseo.

"Yo no miento, ni me disfrazo, ni me maquillo, ni escondo", nos cuenta con el orgullo del mártir, quien se sacrifica en nombre de un bien supremo. Sacrifica seducción por transparencia -"Estoy acostumbrada a decir lo que pienso"-, lamentando existir en un mundo no preparado para seres como ella: "Claramente, sigo soltera".

Una queja a la moda. Una política populista del amor: seamos transparentes y el amor funcionará. Dejémonos de las payasadas de los juegos del dar y quitar para que aparezca el hombre nuevo, ese que sí sabría amar sin rodeos. Así, llegará el anhelado fin de la historia de las tensiones calientabraguetas, de las decepciones sorpresivas, del mal de amor y todas las puñaladas al ego de las dependencias pasionales.

Algunas demagogias que prometen un estado orgulloso de lo amoroso son: terapias para el autocontrol, otras para el quiérete a ti mismo, caramelos somníferos para la ansiedad de la espera de esa llamada, padres nuevos que prefieren que sus criaturas sean insoportablemente egocéntricas antes de que repitan las humillaciones de quien cede a su sí mismo en busca de ser amado.

La teoría sueca del amor, el documental de Erik Gandini, habla del producto de la operación de la ingeniería de la vida amorosa, una que privilegia la independencia como si fuera el opuesto del amor. Esos países nórdicos, paradigmas de la idealización del alma humana -esas geografías planas de la suciedad de las bajas pasiones- padecerían de otro mal: de la soledad y el aburrimiento.

Si no somos transparentes a nuestros propios deseos, esperar transparencia por parte del otro no sólo es desfachatado, sino también inviable.

Forzar las cosas hacia el reencuentro con una supuesta naturaleza del hombre bondadosa, libre de todo mal, siempre tiene consecuencias. Las tolerancias cero nunca son gratis. Cada vez que buscamos a Rousseau ("el hombre es bueno por naturaleza") inevitablemente nos encontramos con Sade (Paglia). Es decir, con ese lado opaco de la infraestructura humana. Ese lado que nos hace elegir la manzana una y otra vez, exiliándonos del paraíso del "digo todo lo que pienso" y de esa desnudez que no tiene vergüenza -porque no se tienen bolsillos para el lucro ni ojos afanados por rajar los velos-, pero que tampoco interpela.

La fantasía de la desnudez del paraíso, del amor sin miedo, del hombre sin conflicto, parecen proyectos de punta de la racionalidad, pero son más una aspiración infantil para controlar el miedo, o bien una aspiración igualmente infantil para controlar el mundo desde el narcisismo. Como la autora que no quiere el amor sin el costo del juego incierto de la seducción, esperando que la amen aunque diga todo lo que piensa, como si en ello hubiera antes verdad que impulso. Porque eso que pensamos, muchas veces al pensarlo dos veces, ya es otra cosa.

Quizás la autora de la columna en cuestión padece una soltería (que no quiere) porque no entendió que el amor no es para narcisos ni cagones. Es para aquellos que sí mienten, sí se disfrazan, sí se maquillan y sí ocultan, no por mala fe necesariamente, sino porque se comieron la manzana. Y fuera del sueño del paraíso infantil, optaron por vivir de acuerdo al laberinto de las reglas del deseo: no siempre seré amado por lo que soy, no por amar, seré amado de vuelta, no siempre deseo lo que creo que quiero, aunque diga que quiero ser gato, muchas veces estoy buscando ser cazado como ratón.

Nota mental: Si no somos transparentes a nuestros propios deseos -que nunca terminan de sorprendernos-, esperar transparencia por parte del otro -quien a su vez está atravesado por su propia zona oscura- no sólo es desfachatado, sino también inviable. Buscar desesperadamente un saber ahí, en los tiempos de seducción, no hace nada más que traer la maldición de la ansiedad.

Este artículo se publicó originalmente en hoyxhoy.cl.