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El tiempo

22/10/2017 09:16 CEST | Actualizado 22/10/2017 09:16 CEST
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Stone Sub

Que el tiempo sea relativo no es sólo un problema de la física, lo es también para el pulso con el que vivimos.

A veces uno anda al ritmo de las horas. La vida se nos arma en intervalos, ahora esto, más tarde lo otro. Con la calma de la negación de la muerte, confiando en que hay un plan que cumplir, la hora de levantarse, la hora de comer, la hora para amar, la hora de dormir. Un timbre, una campana, marcan el día y nuestra presencia, con el alivio de que hay tiempo para estar ausentes, respirar. Es la rutina confortable. El aburrimiento de la seguridad.

Pero hay otro tiempo en nosotros. Cuando coincidimos con el minutero del reloj. Viene algo de taquicardia, si andamos positivos, entonces con entusiasmo. Nerviosismo que se traduce en excitación. Nos decimos ocupados, nos quejamos por ello, pero de mentira, porque nos sentimos importantes. Indispensables. Conscientes de que existimos, olvidamos esta vez la muerte con la ficción del atraso. "Ya es tarde", "No hay tiempo" decimos como el conejo de Alicia en el país de las maravillas. Es el tiempo capitalista, donde suponemos que podemos ganar o perder tiempo -y vida - a nuestro antojo.

Y también existe la pulsación del infierno. Cuando habitamos el mundo como el segundero del reloj. Ese tic tac continuo, sin pausa, eterno, que retumba por dentro sin tregua. Incluso hay relojes que marcan una unidad aún menor de tiempo, los milisegundos.

Aunque la verdad, casi ninguno lo tiene. Quizás porque se trata de un tiempo tabú: el tiempo primitivo, cuando no damos respiro. Basta fijarse en cómo se alimentan los bebés, hasta atragantarse. Cuando comienzan a comer sólidos, aún persisten en esa voracidad, engullendo sin intervalos. Ahí es cuando hay que cuidarlos del riesgo de asfixiarse. Cuidado que debiésemos tener toda la vida, pues cada tanto, este pulso tragón, puede retornar de nuestro subterráneo emocional.

El tiempo de la ansiedad, es este. No tiene ritmo, no marca el paso, no hace música porque le falta el silencio. Por eso agobia y agobiamos, demandándole a otros la misma intensidad de nuestro pulsar interno.

Existimos entre el tiempo de la rutina, el del ego, el de la angustia y el sagrado. Y no siempre convergemos con el pulso de los otros.

Se trata de una presencia excesiva, tanto así, que no se puede dormir, es lo que no tiene fin. No ver una salida, no poder calmar el tic tac interior, ni en la ducha, ni en el sueño, ni en el sexo, menos en el amor, nada ni nadie alcanza.

Es la promesa infernal de la eternidad. Nunca debemos estar tan presentes, por eso este es el tiempo del suicidio.

Paradójicamente también es el tiempo de lo sagrado. En que nos perdemos, y dejamos de existir individualmente para ser parte de algo que nos trasciende. No importan las rutinas de las horas, sino que habitamos sin tiempo. Momento de la borrachera extática, el sexo cuando es erótico y ya no se sabe quién es quién, el amor cuando suspende el ego, la espiritualidad (no la envasada, claro).

Existimos entre el tiempo de la rutina, el del ego, el de la angustia y el sagrado. Y no siempre convergemos con el pulso de los otros. Por ejemplo, cuando alguien ama en los intervalos de las horas, pero su pareja exige el amor sin respiro del milisegundo. O quien sólo puede vivir en la intensidad de ir de revolución en revolución, mientras que el compañero de fila, no concibe nada que no tenga pausas.

Desencuentro de ritmos, es infortunio de cada día.

Llevamos un reloj de ritmo personal. Que nos arroja a países diversos, aunque supongamos que habitamos en el mismo espacio físico.

Este post se publicó originalmente en hoyxhoy.cl.

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