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Amiguismos

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Foto: EFE

Algo se mueve, poco a poco, en la sociedad española. Una vez más, aunque no se prodigan mucho, la presión de los diferentes agentes sociales, incluida la opinión pública, ha llevado a corregir una decisión errónea del Gobierno: la de apoyar el nombramiento de José Manuel Soria como director ejecutivo del Banco Mundial. En cualquier caso, el daño para la pretendida imagen de regeneración del PP ya está hecho.

A mí, la primera noticia, la del nombramiento, me pilló fuera de España, así que tuve que rumiar mi indignación en la soledad de la distancia, sin que me llegara de lleno el coro de voces que clamaban contra semejante despropósito. Como ya se ha comentado hasta la saciedad, es difícil saber si ha sido pura torpeza política, ceguera o insensibilidad ante el sentir ciudadano, desprecio, mala fe o todo al mismo tiempo. Pero realmente me cuesta entender que se pueda apoyar tal decisión en el contexto actual. Poniendo por delante la presunción de inocencia -Soria, que yo sepa, no ha sido acusado oficialmente de nada-, suponía un flaco favor, cuando no una flagrante tomadura de pelo, al supuesto interés del PP por la regeneración democrática. Porque, como dice el proverbio, la mujer del césar no solo tiene que ser buena, sino parecerlo.

Paradójicamente, se rompía así una tradición contra la que venían clamando muchos de los españoles que se han postulado para cargos en organismos internacionales: la falta de apoyos, cuando no un franco desinterés, e incluso oposición, del Gobierno de turno. Mal momento han elegido para cambiar de actitud.

A mí, y a casi todos los mortales, se nos escapan los favores que el propio Rajoy, o Guindos, o el partido, puedan deber al ex ministro. Pero el caso me ha llevado a constatar, una vez más, el papel de los "amigos" en la sociedad española.

Soy una firme creyente en la meritocracia, en el valor y la capacidad de cada uno como único baremo de su competencia. Lo soy por experiencia propia; porque nunca he tirado de "enchufes" ni de influencias. Debo confesar, sí, que una vez, cuando estudiaba periodismo, mi padre me llevó a ver a un amigo suyo para ver si podía hacer prácticas de verano en La Gaceta de Salamanca. Afortunadamente, no le debí de parecer lo suficientemente espabilada, y hoy puedo presumir de no deber ese tipo de favores a nadie en mi ya larga carrera profesional.

Recuperar la senda de la equidad también en el acceso a las oportunidades, es un imperativo que solo se podrá lograr colectivamente.


Y así procuro aplicarlo también con los que me rodean. Es cierto, por otra parte, que siempre he trabajado en un entorno muy internacional, con mucha gente que iba y venía y cuya única tarjeta de presentación era, y es, su propio mérito. De modo que llegué a pensar que lo normal era eso, que las oportunidades son de los que van a por ellas, sin importar orígenes, ni apellidos, ni amigos.

Pero hace ya varios años empecé a detectar que no era del todo así. Que las puertas no se abrían -ni tampoco los correos electrónicos, ni los teléfonos- si no se iba de la mano de alguien. Es cierto que achaqué este cambio al sálvese quien pueda de la crisis, pero fui averiguando que en el fondo había algo mucho más profundo. Varias han sido las voces en el último lustro que han señalado que en España el poder económico y empresarial -y en buena medida el político- ha estado en manos de las mismas familias desde hace décadas, muchas décadas. Algunas vienen del franquismo. No hay más que ver las relaciones de los Consejos de Administración: una sucesión de repeticiones e intercambios de apellidos. Y alertaban de cómo ese hecho estaba perjudicando la innovación y la renovación de las ideas empresariales en nuestro país. Es un círculo vicioso que se retroalimenta. Así que lo que yo había considerado un positivo cambio en la cultura laboral y social no era más que un espejismo.

Llevado a un terreno más pedestre, el amiguismo es también en buena medida aliado de la desigualdad y enemigo de la movilidad social. Si no perteneces a ciertos entornos, difícilmente vas a poder tener los contactos que te permitan conseguir ese primer trabajo, dar ese primer paso en tu carrera que suele marcar el camino del futuro. No hay más que ver las apabullantes cifras del paro juvenil para constatar la crudeza del fenómeno.

Y ahora es cuando se me presenta un dilema moral. Mi hija, estudiante universitaria, se ha dedicado parte del verano a enviar currículos para poder trabajar durante el curso y conseguir algún dinero. ¿Contestaciones recibidas? 0. Ni siquiera para acusar recibo; ni siquiera una respuesta automática. Así que me pide que la ayude a entrar en contacto con algunas personas. Me consta su capacidad de trabajo, de entusiasmo y sus ganas de aprender y de comerse el mundo... Sé que, vaya donde vaya, va a hacer un buen papel. Pero, ¿debo caer en la misma práctica que me gustaría desterrar? ¿O debo dejar que se siga dando contra un muro mientras otros disfrutan de oportunidades por prestarse a entrar en el juego?

Algo se mueve en la sociedad española, aunque sea poco a poco. Recuperar la senda de la equidad también en el acceso a las oportunidades, es un imperativo que solo se podrá lograr colectivamente, como tantos otros ligados a la regeneración. Y ese cambio debe empezar por nosotros mismos, los ciudadanos, porque, por lo que nos demuestran los políticos día a día, si por ellos fuera...