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Asilo

23/10/2013 07:18 CEST | Actualizado 22/12/2013 11:12 CET

Ya lo dijo Barroso hace unos días: no es lo mismo verlo en la televisión que palparlo de cerca. No, no es lo mismo que la pantalla te escupa varias hileras de féretros perfectamente alineados que verle la cara al dolor frente a frente. Así estamos en Europa: apoltronados frente al sofá y atrincherados en nuestras propias incertidumbres, damos media vuelta ante un drama que tiene lugar en nuestras fronteras, en nuestras aguas, como si no fuera con nosotros. Hasta que, como el presidente de la Comisión Europea en su visita a Lampedusa tras la muerte de 300 personas que huían del horror, alguien tiene la oportunidad de ponerle nombre y apellidos a esta tragedia de protagonistas siempre anónimos.

Hoy quiero compartir con ustedes una de esas historias, muy reales, que me ha llegado por casualidad. Y aunque sólo conozco algunos detalles, creo que ilustra muy bien la ruta, o una de ellas, de lo que tan fríamente llamamos inmigración ilegal.

X es un profesional sirio, de origen palestino, que vive y trabaja en Bruselas. Su familia lleva décadas asentada en Damasco. Un buen día el padre salió de casa, ya en medio de la guerra civil, y nunca regresó. No han vuelto a saber de él. Así que su madre y sus dos hermanos decidieron tratar de reunirse con X en Europa. Para ello, invirtieron buena parte de sus ahorros y numerosos esfuerzos en conseguir un pasaje en uno de esos barcos que tan precariamente cruzan el Mediterráneo. Ellos tuvieron suerte y llegaron a Lampedusa; dos de los que salieron un poco más tarde, uno de ellos cargados de eritreos y somalíes, y el otro con sirios, no tanta.

Al llegar a la costa, como era de esperar, fueron detenidos por las autoridades fronterizas italianas y trasladados a un campo de detención. Aconsejados por X que además conoce bien las leyes, se negaron a registrar sus huellas dactilares; es el modo de evitar que si los localizan en cualquier otro punto de Europa puedan devolverlos directamente a ese mismo campo y de ahí retomar los trámites para su repatriación.

Poco después se escaparon del campo para encontrarse con un coche que habían contratado, que les llevaría hasta Suecia. Y como buen mafioso que era, una vez en camino el conductor paró y les pidió más dinero del acordado si no querían que los dejara tirados allí mismo. Aceptaron, claro, dejando de paso casi todo lo que les quedaba, y siguieron su ruta hacia el país nórdico.

Mientras se tramita su solicitud de asilo, viven en un pequeño apartamento y con una pequeña asignación que les otorga el Gobierno sueco. Aún no pueden reunirse con X, porque si alguien descubre que su hijo está en Bruselas, prevalecería el principio de reagrupación familiar; pero en Bélgica correrían el riesgo de ser considerados inmigrantes ilegales y ser devueltos al horror del que salieron huyendo. De momento, están sanos y salvos, con la esperanza de obtener una respuesta positiva a su demanda, lo que a su vez devolvería a sus vidas un mínimo de normalidad.

Entre las cuestiones que se han puesto de manifiesto estos días es el enorme desequilibrio entre los 28 a la hora de ofrecer ayuda a los miles de personas, cada día más, que llaman a la puerta de la Unión. Además de aquellos que llegan a Europa en busca de nuevas oportunidades, muchos lo hacen huyendo de la guerra, el conflicto y por sentirse amenazados en su integridad física de permanecer en sus países de origen.

En 2012 hubo 300.000 solicitudes de asilo en toda la UE. En este año, tan sólo entre abril y junio se habían recibido más de 100.000, procedentes principalmente de rusos, sirios y kosovares, un 50 por ciento más con respecto al año anterior. Un 80 por ciento de las de los rusos han sido rechazadas, mientras que un 90 por ciento de las procedentes de sirios y un 60 por ciento de las hechas por somalíes, afganos e iraníes han sido concedidas.

El país que más solicitudes recibió en ese periodo fue Alemania, con más de 26.000, seguido por Francia (16.400), Hungría y Reino Unido (9.000 cada una). Italia recibió 6.000. Pero el trabajo burocrático se acumula y Alemania tiene hasta 90.000 casos por resolver -el más moroso en este sentido-, seguido por Grecia con 50.000 y Francia con 30.000.

Los países menos acogedores han sido Francia y Bélgica, que rechazaron el 81 por ciento de las solicitudes presentadas en el segundo trimestre del año, mientras que Alemania denegó el 67 por ciento. Los más hospitalarios han sido Italia y Suecia.

España recibió en los seis primeros meses de 2013 casi tantas peticiones de asilo como en todo el año anterior, en torno a las 2.500, muy lejos de las presentadas en los países de nuestro entorno a los que nos suele gustar parecernos. De hecho, 2012 registró la cifra más baja en los últimos 25 años debido, según las ONG, a las políticas de control de los flujos migratorios, que están dificultando el acceso a este derecho. Un ejemplo: la falta de asistencia jurídica especializada en los aeropuertos españoles, cuando muchos de los trámites se formalizan en Barajas y en el Prat.

La crisis económica no puede servir de excusa para mantener tales dificultades. España debería ser más generosa con aquellos que han tenido que abandonarlo todo, como lo fueron otros países con los españoles que tuvieron que exiliarse tras la guerra civil. A la sociedad española le gusta definirse como solidaria, pero a menudo estos temas no se abren paso entre nuestras preocupaciones cotidianas. Deberíamos dejar de mirarnos el ombligo y ser más conscientes de lo que pasa a nuestro alrededor.

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