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La larga mano de Soros

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Foto: REUTERS

En medio de este letargo informativo de agosto, solo alterado ocasionalmente por alguna hazaña olímpica -de política nacional, ni hablamos-, ha surgido una intensa polémica que está agitando una parte (pequeña) de las redes sociales.

La polémica ha sido provocada por el Sorosleak, la filtración de un buen número de documentos de las organizaciones fundadas y financiadas por el magnate financiero George Soros, el conjunto de Open Society Foundations (OSF). El origen de la filtración es, en este caso, una página llamada DCLeaks, formada, según se definen ellos mismos, por "hacktivistas americanos que respetan y valoran la libertad de expresión, los derechos humanos y el gobierno del pueblo... ". De momento, su principal objetivo han sido algunas personas del equipo de Hillary Clinton y el propio Soros.

El debate, que apenas ha trascendido, tiene una doble dimensión: la general -americana y europea-, y la puramente española.

Soros, en sí mismo, siempre ha sido un personaje controvertido. Húngaro de origen judío, acabó emigrando a Estados Unidos, donde desarrolló una fulgurante carrera financiera que ha acompañado además de una intensa actividad filantrópica. Se le acusa, entre otras cosas, de haber provocado la caída de la libra en el Miércoles Negro de 1992, pero también se le atribuye haber apoyado y facilitado, por medio de sus organizaciones, la transición a la democracia de buena parte de los países de la Europa del Este que en su momento estuvieron bajo la órbita soviética.

Como suele ocurrir en estos casos, la gran mayoría de los documentos filtrados son de carácter interno, con bastante poco interés para el público general; lo que sí demuestran es la intensa actividad de las numerosas oficinas de OSF. Los escasos medios extranjeros que se han hecho eco destacan la supuesta capacidad de influencia de Soros sobre Hillary Clinton.

La dimensión española de la polémica va por otro lado. Entre el material publicado hay mucho dedicado al conflicto entre Ucrania y Rusia, así como a identificar (ahora se dice mapear) a políticos, expertos y periodistas en los diferentes países europeos, incluida España, según sus opiniones al respecto. Uno de los documentos es una lista con direcciones de Twitter que identifica a supuestos "formadores de opinión pro-rusos" y supuestos "analistas/pro-Kíev/voces críticas". Y ahí es donde se han encendido las redes, especialmente del lado "pro-ruso". Sobre todo, porque en la heterogénea lista hay un buen número de periodistas, académicos y expertos que desarrollan su trabajo de modo independiente, sin identificarse con ningún bando, y a los que disgusta profundamente que se les aplique ninguna etiqueta de modo gratuito. Lo sé porque conozco a muchos de ellos -algunos son amigos; otros colaboran con el medio que dirijo- y puedo afirmar que son unos estupendos profesionales que aplican su conocimiento y su criterio a argumentar sus análisis y reflexiones, y a compartirlos con una sociedad como la española, que no está sobrada de experiencia internacional. Curiosamente, el único experto que conozco en ese entorno que declara abiertamente su postura pro-rusa no figura en la lista porque no está en Twitter.

¿Estaría destinado el ataque a Soros a perjudicar directamente a Hillary Clinton?

Hay que decir que hay muchas otras direcciones en dicha lista que corresponden a cuentas y a activistas anónimos de esos que se dedican a agitar las redes oponiéndose a todo lo que se mueve -y en buena medida incitando al odio a los que no piensan igual-, algunos representando a una izquierda trasnochada y a grupos antisistema, otros que por el número de seguidores resulta insultante calificarlos como "formadores de opinión". Eso sí, muchos de ellos ya han lanzado campaña por haber sido incluidos en la supuesta lista negra de Soros. ¿Lista negra? Al fin y al cabo, se trata de un informe interno de una organización privada.

Todo este asunto me provoca varias reflexiones:

Una, bastante obvia, es que hay que tener mucho cuidado con las filtraciones. Es algo que ya hemos vivido previamente, pero tendremos que encontrar el equilibrio entre la libertad de estar informado y el derecho a la confidencialidad. Como ciudadana, me resisto a admitir que mis conversaciones privadas ya no lo son tanto y observo cómo aumenta la psicosis por sentirnos vigilados en todo lo que tiene que ver con nuestras comunicaciones.

Además, es obvio también que detrás de cada filtración hay un interés muy concreto. No se sabe quién está detrás del Sorosleak, pero algunas fuentes apuntan a que podrían tener origen en Rusia; el mismo, tal vez, que hizo públicos unos 20.000 correos internos del Partido Demócrata. ¿Estaría destinado el ataque a Soros a perjudicar directamente a Hillary Clinton? Son solo rumores. No hay que olvidar que en la guerra sucia de la propaganda y la contrapropaganda, la primera víctima es la verdad.

Dos, que no creo que fructifique el ataque a Soros como el gran manipulador. Es cierto que sus organizaciones tienen objetivos concretos, algunos tan loables como contribuir a difundir los valores democráticos en un buen número de países y fomentar el debate sobre diversas cuestiones internacionales (entre otras muchas cosas). Es, sí, el gran lobista de las ideas, y a propagar las suyas -la defensa de la democracia y el liberalismo económico- ha dedicado buena parte de su inmensa fortuna. Debo de decir que en esta apreciación no soy neutral, pues soy miembro del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores (ECFR), fundado por él. Pero también puedo afirmar que en mi (larga) relación con esta organización nunca he sufrido la más mínima presión, en ningún sentido, ni conozco a nadie que la haya tenido.

Tres, que los trabajos de consultoría no siempre están a la altura, pero en la medida en la que sean encargos privados financiados con dinero privado, el único juez debe ser el que contrata. Más allá de la lógica indignación y sorpresa por verse incluidos en etiquetas no elegidas, no cabe insistir en una polémica que no existe. No creo que nadie pueda demostrar un perjuicio directo por haber sido incluido en dicha lista -lista que, por otra parte, no estaba pensada para ver la luz- y cuya eficacia y calidad es claramente discutible.

Y por último, que es una pena que el debate en España sobre el conflicto Ucrania-Rusia, en el ámbito puramente especializado, haya llegado a polarizarse de una manera tan aguda. Afortunadamente, cada vez hay más expertos, de las más diversas disciplinas, que se dedican a investigar y analizar el Este europeo y el antiguo espacio post-soviético, pero sigue siendo un terreno minoritario. Tratándose de una parte del mundo con tanta importancia estratégica, y considerando la distancia geográfica y la escasa relación histórica, lo que la sociedad española necesita son análisis y opiniones cualificadas y rigurosas, sean las que sean, para poder comprender cada día más lo que ocurre en el mundo.