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Sorpresas e incertidumbres en las elecciones británicas

08/06/2017 10:36 CEST | Actualizado 08/06/2017 11:13 CEST
EFE

Todo apuntaba a que sería una campaña aburrida, anodina. Pero este último mes y medio ha sido todo menos un paseo triunfal para Theresa May. Más allá de las incógnitas que cualquier proceso electoral suscita, más allá de quién gane y de qué pase después he aquí tres sorpresas y algunas incertidumbres sobre las elecciones británicas que se celebran hoy.

Sorpresas

La primera sorpresa fue la propia convocatoria anticipada de las elecciones, después de que la primera ministra hubiera afirmado en numerosas ocasiones que no lo haría.

Pero la gran ventaja del Partido Conservador sobre el Laborista en las encuestas y el deseo de poder negociar el Brexit a su gusto, sin la continua interferencia de ajenos y propios, llevó, el pasado 18 de abril, a Theresa May a anunciar las elecciones para el 8 de junio.

Hubo, indudablemente, un alto grado de oportunismo: aprovechar la fortaleza de su partido y la debilidad del principal contrario para asegurarse una mayoría que le permitiera navegar con relativa tranquilidad, al menos interna, por las desconocidas aguas del Brexit. Parece que ella misma no estaba convencida de dar ese paso, pero la presión de los suyos pudo más. Por otra parte, teniendo en cuenta que la salida del Reino Unido de la Unión Europea está fijada para el 29 de marzo de 2019 -cuando se cumplan dos años de la solicitud británica de activar el famoso artículo 50 del Tratado de Lisboa-, y que las próximas elecciones deberían haber tenido lugar -de haberse seguido el calendario- en 2020, resulta lógico que el gobierno a cargo quiera tener un plazo mayor de un año para poder manejar la desconexión.

La segunda sorpresa ha sido el vuelco que han dado los sondeos en las algo más de dos últimas semanas. El Partido Laborista ha pasado de estar a una distancia de unos 20 puntos al inicio de la campaña a acercarse a 6, 3 o incluso a un empate técnico según algunas encuestas. El cambio se ha debido a una combinación de errores de la primera ministra y aciertos del líder de la oposición, Jeremy Corbyn. Entre los primeros, posiblemente el más comentado haya sido el del llamado "impuesto a la demencia". Tras tan impresionante nombre se encuentra una propuesta para que los costes de la dependencia acaben siendo compartidos por los mismos ciudadanos, si es necesario con sus propias casas (una especie de copago de por vida). La medida, que afectaría sobre todo a las personas más longevas, ha suscitado tal rechazo que los tories han tenido que retirarla de su programa. La negativa de May a participar en un debate televisivo con los líderes de otros partidos, sus cambios de opinión, su excesivo protagonismo o su imagen de distancia y frialdad han contribuido también a mermar su popularidad.

Por su parte, Corbyn partía con unas expectativas tan bajas... que solo podían mejorar. Su imagen calmada, su coherencia con sus ideas -con un programa de la izquierda más tradicional- incluso su recién descubierto sentido del humor, le han ayudado a acercarse a su rival.

Una tercera sorpresa tiene que ver, precisamente, con las ideas. Pese a que las elecciones giran, supuestamente, sobre todo en torno al Brexit, al final están siendo los temas más pegados al día a día de los ciudadanos, a sus vidas cotidianas, lo que está pesando más en la campaña -incluido, más recientemente, el tema de la seguridad, a raíz de los atentados de Manchester y Londres-. Todo esto no es una sorpresa, pero sí lo es que la mayoría de las propuestas que se están poniendo encima de la mesa responden a la vieja política, ya sean las laboristas, pegadas a planteamientos muy vigentes en los 70, ya sean las conservadoras, con ese halo casi thatcherista que quiere imprimirle May. Y sorprende, porque suenan a menudo lejos de los desafíos de los británicos -y de cualquiera, en realidad- en pleno siglo XXI.

Junto a ello, no deja de sorprender la práctica desaparición en estos comicios de UKIP, el partido que abanderó la campaña del Brexit. Después de logrado su objetivo parecen haber perdido su razón, y sus ganas, de ser.

Incertidumbres

Pero, como en todo proceso electoral, y más después de las experiencias vividas en 2016, este fin de campaña se mueve también entre diversas incertidumbres.

La primera, hasta qué punto son fiables los sondeos. Existe un consenso sobre que hay mucha gente que declara que votaría laborista, pero que luego en realidad no lo hace. Dados los "fracasos" anteriores, la conocida firma de encuestas YouGov ha decidido cambiar su metodología en esta ocasión, a ver si tiene un mayor grado de acierto. Por su parte, Bloomberg, ante la gran disparidad de las previsiones, ha optado por ir a entrevistar a las principales empresas demoscópicas, según contaba Ben Sills, su corresponsal en España, en un debate organizado por el Real Instituto Elcano. Y todas ellas coinciden en que Theresa May tiene todas las opciones para una victoria holgada.

Una segunda incertidumbre tiene que ver con la participación, algo que podría ser determinante en el resultado final. Hasta un 80% de los jóvenes británicos declara su preferencia por el Partido Laborista -igual que en su gran mayoría eran partidarios de permanecer en la UE-; sin embargo, tienen un grado altísimo de abstención. La gente de más edad, por su parte, es más constante a la hora de ir a votar, pero se suelen inclinar más, en general, por el lado conservador.

Voten los que voten, el sistema electoral británico además está sujeto a la gran incertidumbre de las circunscripciones. Cada una de las 650 en que está dividido el país elige un solo representante: aquel que gane en su circunscripción, aunque sea por un solo voto. Por ello, muchas veces no basta un mayor número de votos a un determinado partido, sino que hace falta que estén distribuidos de tal modo como para hacerse con un mayor número de escaños.

Por último, no está nada claro a estas alturas el impacto que los recientes atentados puedan tener en el electorado. En los últimos días, como es lógico, se ha encendido el debate sobre la seguridad y sobre el efecto de los recortes en los presupuestos y los efectivos de la policía británica, llevados a cabo cuando Theresa May era ministra del Interior.

En cualquier caso, estas dudas quedarán despejadas en unas horas. Lo que viene después es una nueva etapa en la historia del Reino Unido y en la de su relación con el resto de Europa.