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Sienna Miller y el arte de la entrevista

06/10/2017 07:12 CEST | Actualizado 06/10/2017 07:21 CEST
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Como una declaración general de amor por el periodismo, Interview (2007), dirigida e interpretada por Steve Buscemi, se presenta como un involuntario ejercicio crítico del oficio, entre la procesión de desengaños y la adicción por la hueste de entrevistados que lo terminan cambiando a uno o, mejor aún, en los que uno termina por verse reflejado. Si uno lo piensa detenidamente, es inmoral cobrar por arrancarle los secretos al otro para después difundirlos... Otra cosa es que a eso le hayamos dado una deontología informativa, una conciencia profesional y un código de conducta. Los estadounidenses lo llaman "The ethics of Journalism" por esa gran responsabilidad, pues una de las páginas del The New York Times o The Washington Post podría cambiar toda la opinión pública mundial.

La segunda versión de la película homónima dirigida por el holandés Theo Van Gogh en 2003 envuelve la reflexión sobre el periodismo en la seda de una superestrella: Sienna Miller, descalza, repantingada en un sofá y sujetando una copa de vino tinto –un pinot noir–, le desatasca a un veterano periodista las verdades escondidas, las que dejan un retrogusto con matices de limón y madera. Miller, haciendo de Miller, va dejando por todo el loft, sobre las sillas y la mesa, sus impertinencias de pelo lacio, entre desmayada y aguijoneada por la conciencia: entonces va emergiendo la vieja fábula del cazador cazado. Y ambos pasan de la indiferencia al duelo conceptual ante una gran audiencia expectante, la que lee Time o Newsweek.

La entrevista multiplica su capacidad de reflejo. El periodista Pierre Peders, al que da vida Buscemi, trata de averiguar al mismo tiempo si los periódicos y revistas han sido fundados asumiendo su función primordial: servir al ciudadano. Y halla la respuesta en su propia persona cuando se implica con su entrevistada más allá de los límites que permiten los códigos de la profesión. Con el olor a sangre aún en la cabeza desde la Guerra de los Balcanes, Pierre escudriña la intimidad de Miller, una estrella de las teleseries que en principio apenas le importaba. Entonces se abren las esclusas de los dos y el combate entre el entrevistador y la entrevistada, al ritmo suave de "Love Gets in the Way", de Dayna Kurtz, trata de buscar sus propias respuestas, ya que Miller esquiva, sortea y soslaya cada embestida dialéctica del reportero. En cualquier caso, ambos terminan por hacerse fanáticos de ellos mismos, a pesar del permanente antagonismo, con el consiguiente desgaste. Entrevistador y entrevistada se adentran, osados, en las galernas urbanas de la noche neoyorquina.

En El reportero profesional, Stanley Johnson y Julian Harris hacen referencia a un código de ética necesario para mantener el prestigio de la prensa, citando unas reglas fundamentales acerca del periódico. Debe conservarse dentro de los límites de la decencia. Debe informar y no tratar de "hacer" noticias. Debe presentar la verdad. No debe suprimir noticias que deben ofrecerse al público. No debe venderse por dinero u otras causas. Debe servir a toda la sociedad y no solamente a una clase. Debe respetar y ayudar a la ley. Debe recordar y respetar todas las creencias y sistemas.

Son estos los avisos sin los cuales el derrumbe es seguro: uno puede acudir al hall de un hotel con la corbata aflojada, si se quiere, a entrevistar a un Premio Nobel. Pero jamás arrugar el papel del código deontológico. Pierre lo olvidó en su casa.

Lo interesante de 'Interview' es la gramática de la entrevista, el clima que se crea entre dos personas, la música del oficio y el precipicio de los afectos, secreto e ignorado por estas prisas de la inmediatez.

El periodismo sigue teniendo un gran poder de influencia, pero pocas veces en su tormentoso devenir y poliédrico se habla de su recompensa, de los intangibles: el verdadero reportero, a pesar de su vida desvariada, siente un escrupuloso respeto por la verdad y es un curioso insaciable de personalidad flexible. Y, sobre todo, necesita poseer un sentido de la responsabilidad social porque la suya es una profesión para jóvenes de espíritu: el trabajo de informar supone una valiosísima introducción en la vida, hecha puñado de palabras que se van desleyendo, pero que un día fueron importantes para la opinión pública. Lo que hace el personaje de la aparentemente indecisa Sienna Miller en Interview es desenmascarar suavemente al periodista en la suntuosidad de su loft de influencer un tanto vegetal e industrial, íntima y un poco triste, con el hastío elegante de la derrota que experimentamos todos los reporteros, los artistas y los románticos y que sigue inmediatamente a todo triunfo. Tom Wolfe lo contó muy bien en La hoguera de las vanidades con la historia de Peter Fallow, el periodista que ganó el mundo para el tabloide y perdió su alma (o al revés).

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Pierre, el periodista ingenuamente rebelde, con su cara de acidez estomacal desatendida, tras los primeros encontronazos se deja seducir y olvida su responsabilidad, la libertad de prensa, la independencia, la veracidad, la imparcialidad, su saber hacer, la decencia... y se escora hacia un periodismo de voluptuosidad con un solo y leve movimiento, ligeramente hacia arriba, de la nariz apuntando desde el centro del rostro rubio y pecoso de Miller. Entre desentendida e intensa, la entrevista deviene en confesión del entrevistador, mientras la entrevistada arcangélica lo graba todo, absorta, en la breve cámara digital. Demasiada densidad límpida y refulgente bajo las lámparas, contrarrestada con accesos de desequilibrada humanidad, para que Pierre pueda resistirla...

Lo interesante de Interview es la gramática de la entrevista, el clima que se crea entre dos personas, la música del oficio y el precipicio de los afectos, secreto e ignorado por estas prisas de la inmediatez. Allí donde a veces ni el entorno más inmediato de los protagonistas de la actualidad ha sido capaz de llegar, el periodista puede alumbrar respetuosamente el espectáculo de la intimidad. En un anochecer iluminado por las cálidas luces de la mesa de un cómodo restaurante, la sucesión de confidencias se hace catarata. Los nervios dan paso a la rara familiaridad de los extraños y al juego de miradas. El periodista pregunta y anota, mientras la estrella habla muy de cerca.

La excitación inicial de la charla se convierte en reposo y el diálogo trasciende el encargo del gran magacín. Da igual la remuneración pactada entre reportero y editor, porque el encuentro fresco y sensual con el ser inédito, nos recorre por la espalda y las extremidades. La atmósfera del off the record es inviolable y, hasta cierto punto, paradójicamente, la entrevista es un género sutil y cerrado con sus propias reglas. El secreto se hace palabra transfigurada solo si el reportero respeta los rincones de la vida del entrevistado que no desean ser descubiertas. De lo contrario, como le ocurrió a Pierre, si no se ejecuta a la perfección el arte de la entrevista, la tan codiciada "presa" del papel cuché puede convertirse en la más hermosa de las cazadoras de periodistas enamorados.

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