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La falacia de Albert Rivera y la lógica del péndulo: en recuerdo de Miguel Ángel (I)

15/07/2017 10:25 CEST | Actualizado 17/07/2017 11:38 CEST

EFE

Este artículo consta de dos partes. La primera vuelve a 1997 para recordar y analizar algunas de las cosas que nos pasaron. La segunda, publicada en este mismo lugar, es una propuesta de futuro. Ambas partes tienen entidad propia, pero fueron escritas para ser leídas conjuntamente.

Esta semana se cumplen veinte años del asesinato de Miguel Ángel Blanco. El martes le rendimos homenaje en Ermua y recordamos el dolor que tuvo que sufrir durante su secuestro y asesinato: dos balas, una detrás de otra. La segunda, mortal. Recordamos también el dolor que ETA le causó a toda la sociedad, que es incalculable y se extiende durante demasiadas décadas como para describirlo en pocas palabras.

Tenía 16 años cuando ETA asesinó a Blanco y obviamente no era el primer asesinato, secuestro o caso de extorsión que me conmocionaba. Tampoco fue el último, desgraciadamente. El primero que recuerdo nítidamente es el de Joseba Goikoetxea, un mando antiterrorista de la Ertzaintza. Tenía 12 años. El primero con uso de razón política fue Gregorio Ordoñez en el invierno salvaje de 1995. Le asesinaron en enero y dos meses después tuvo lugar la identificación de los cuerpos de Lasa y Zabala. El que más me hizo llorar fue el de Fernando Buesa y su escolta, Jorge Díez, en 2000. El que más rabia produjo a mi alrededor, el atentado contra Eduardo Madina en 2002.

Todos estos atentados son igualmente terribles, pero creo que no debería molestar a nadie señalar que el asesinato de Miguel Ángel Blanco fue particularmente cruel y significativo. Por ese motivo, en el vigésimo aniversario de su muerte me ha resultado incómodo escuchar algunas cosas y presenciar algunos debates. En general, lo que ha pasado en Madrid estos días, lo que hemos visto de los partidos, la prensa y una parte importante de lo publicado en redes sociales ha sido lamentable.

Pensaba que lo peor ya había pasado cuando he leído unas declaraciones de Albert Rivera, portavoz de un partido importante en España pero extraparlamentario en Euskadi: "Podemos está más cómodo con Otegi que con Miguel Ángel Blanco". Hay algo indigno en lo que dice. Algo banal y cortoplacista que revela que veinte años después no hemos construido un marco común. Sin embargo, es una frase magnífica para analizar algunos problemas de fondo que se solapan: problemas éticos, culturales y políticos. También es relevante que sea una frase que Rivera se cree. No la dice de manera improvisada, no la imposta, sino que realmente está inscrita en su sentido común más elemental.

Comencemos por el periodo 1997-2004. Fueron años muy duros en los que el sufrimiento fue enorme y en los que el PP, primero con mayoría simple y luego absoluta, tuvo muchísimo empuje social y político. El PP perdió muchas vidas, y a muchos de sus militantes y simpatizantes en Euskadi se les negó el sentimiento de pertenencia a su tierra. Sufrieron atrozmente y en relativa soledad. En ese contexto, se fue construyendo –consciente e inconscientemente– una lógica política y cultural férrea, una educación sentimental que a principios de los dosmiles forjó al menos a una generación y media de españoles: era un péndulo. A un lado estaba el bloque "PP-Democracia-Demócratas" y al otro la "Barbarie-ETA-HB-Batasuna". Solamente se podía ser una cosa u otra, y a quienes no querían ser ETA, pero tampoco el PP –es decir, la mayor parte de la sociedad–, se les decretó una versión renovada del limbo: la equidistancia.

Lo primero que hay que decir es que, según esta frontera, casi todo el mundo era potencial e injustamente equidistante, de forma muy particular en Euskadi. Segundo, la equidistancia no se la inventó el PP. Le puso nombre y poco a poco se convirtió en un arma arrojadiza incontrolable. La usó partidistamente, pero no era mera ficción. En Euskadi, algunas capas sociales tuvieron durante mucho tiempo serias dificultades para identificarse con las víctimas de ETA. Hasta la matanza de Hipercor, desde algunos espacios de la izquierda radical española no se repudiaba a ETA, tal como han reflexionado varios militantes de esa tradición. De hecho, la posición ante ETA fue motivo de fortísimos debates internos, y eso dejó huellas. En Euskadi y en España, la "equidistancia" respondía a algo socialmente existente. No representativo y no susceptible de convertirse en lo que llegó a ser, pero real. Tercero, ninguna lógica cultural o "inconsciente social" se construye unilateralmente o por capricho. El péndulo no consiste en un contubernio de personas horribles decididas a convertir a ETA en el pilar de una mayoría absoluta permanente, o algo así, por más que todos nos acordemos del 11-M. El PP fue el principal promotor de la separación que estoy describiendo, pero ni lo hizo en el vacío ni lo hizo en solitario. Eran épocas de mucha violencia y los niveles de conflictividad social eran altísimos. Había muchísimos elementos en juego y nadie controlaba todos ellos, más si cabe después de la ponencia Oldartzen, en la que Herri Batasuna apostó por la "socialización del sufrimiento" y bajo cuyas directrices se asesinó, secuestró y persiguió a muchísimas personas por el mero hecho de pensar diferente.

Sigamos con la lógica pendular. Quienes decidían si alguien cumplía o no con los estándares de dignidad que establecía eran múltiples portavoces espontáneos de dicha educación sentimental: podía ser un primo, un compañero de trabajo, una amiga, un periodista, una columnista, un presentador de TV, un político, o incluso uno mismo. No hablamos de un mensaje manipulador o dirigido desde arriba, por tanto, sino de algo muy permeable y que adquiere diferentes formas individuales y colectivas en cada territorio y en cada situación. Podía ocurrir en una charla informal, en una comida de Navidad o en la barra de un bar.

En virtud de esta lógica pendular, Jesús Eguiguren era un payaso y un tonto útil del nacionalismo, como podían afirmar Fernando Savater o Félix de Azúa sin sonrojarse. Zapatero era ETA, Iñaki Gabilondo y Eduardo Madina, traidores que aparecían en La pelota vasca. Julio Medem, por supuesto, era un indeseable. Se podía insultar a socialistas, nacionalistas vascos, sindicalistas y a cualquiera que pasara por allá. Nadie estaba a la altura. No se podía decir nada sin que algún portavoz del péndulo apareciera para señalar que tal o cual frase no era suficiente, que seguíamos siendo sospechosos.

a muchos nos tocó vivir cosas tan tremendas como darnos cuenta, desde muy temprano, de que cuando la víctima estaba cerca del PNV o del PSOE la respuesta no tenía la misma tonalidad que cuando era del PP.

Hay que decirlo claramente: la década que va de la Ley de Partidos a la declaración de cese de la violencia –de 2002 2011– fue desastrosa desde un punto de vista ético, y la principal responsabilidad política en España la tiene el Partido Popular. Para otras incumbencias y derivadas, que las hubo, puede leerse esto de Txema Urquijo. Extraigo una frase nada más: "Tuve la ocasión de volver a representar a Gesto por la Paz de Euskalherria en una ronda de reuniones con partidos políticos poco tiempo después de julio del 97 y no olvidaré jamás las rotundas y categóricas palabras que Joseba Egibar pronunció ante nosotros: 'No volveremos a compartir la calle contra la violencia con el PP'. Sin ambages ni medias tintas".

En todo caso, nadie tiene derecho a decir que Zapatero es ETA. Da igual cuánto asesinara o extorsionara ETA, que lo hizo mucho y muy vilmente, como siempre. Es una cuestión de suelo ético: nadie tiene derecho a decir algo así de Eguiguren, de Medem o de Carmena. Tampoco de un vecino o un compañero de trabajo. Conozco a personas buenísimas, bondadosas y sinceramente preocupadas por el bienestar de los suyos que actuaron así, que se forjaron en este péndulo y que no fueron capaces de salirse de él. No eran todos del PP. No votaban al PP, pero su educación sentimental se la había escrito el PP.

La línea temporal de esta construcción pendular va del Pacto de Estella de 1998 a la campaña electoral vasca de 2001, con Mayor Oreja como cabeza de lista popular. Su punto álgido fue durante la primera legislatura de Zapatero, y aunque ha declinado desde entonces, su influencia alcanza nuestros días. También debe destacarse que, aunque fuera clave en la política vasca, el péndulo no coincide exactamente con el eje nacionalismo/constitucionalismo que atravesó los debates y combates de la época.

En Euskadi, incluso en los peores momentos, las cosas fueron algo diferentes, para bien y para mal. El péndulo estaba, pero no era lo único que teníamos como referente ético y político. Teníamos otras historias detrás, e incluso la gente joven como yo –que no había vivido los setenta y ochenta, pero había crecido en condiciones de violencia cotidiana– tenía otra mirada. No nos quedaba otra. Por ejemplo, yo tuve a Sabin Zubiri, Gesto por la Paz y Eguiguren como referentes, y si algo me quedó claro cuando empecé a viajar a Madrid por mi cuenta, alrededor de 1998, fue que nuestras experiencias no se entendían como lo hacíamos en Euskadi. En este sentido, es necesario recordar que a personas que dieron la cara desde el principio, que se jugaron la vida desde organizaciones como Gesto por la Paz, se les insultaba y llamaba, cómo no, "equidistantes", "pacifistas" y "bobos". Lo hacían miembros del lado demócrata del péndulo. Lo hacían personas que se reclamaban herederas del Espíritu de Ermua. Para quien tenga ganas de recordar, el lazo azul surgió en 1993 en respuesta al secuestro de Julio Iglesias Zamora. Entre las cuatro organizaciones que lo lanzaron se hallaba Gesto por la Paz, nada menos que Premio Príncipe de Asturias de la Concordia en 1993. Pero ya estábamos en otra cosa y los tiempos se habían vuelto así de difíciles.

Mientras tanto, en el ámbito estatal, una parte de la izquierda que no quería ser el PP, pero que se había acostumbrado o había crecido en el péndulo, tendió hacia el otro extremo. Al fin y al cabo, así funcionan los péndulos. Es duro decirlo, pero prefiero ser directo y matizar a continuación. No es que estas personas no estuvieran en contra de ETA, que lo estaban sinceramente. No es que justificaran la violencia de ETA, que no lo hacían. Ocurría que miraban a Euskadi desde un lugar tan determinado por la lógica "democracia-PP o barbarie-ETA" que, con tal de no ser el PP, desarrollaron una estructura de sentimiento en cierta medida incapaz de asumir el dolor por las acciones de ETA como algo genuino.

Me explico: como la lógica generada por PP ofendía y expulsaba, y como el PP se arrogaba el monopolio del sufrimiento y de la dignidad, a algunas personas les costó sentir ese sufrimiento de manera profunda. Les dolía, tenían claro lo que pasaba, pero operaban también con cierta incapacidad para el duelo. A esto ayudaba la identificación radical –esencial para el péndulo– entre víctimas, bandera y Constitución. Cuestionar la vigencia del tratado constitucional, o cierta forma de entender España, conducía también a la equidistancia y la barbarie. Quienes no querían estar en ese paradigma constitucional eran injustamente tratados como bárbaros, pero es innegable que semejante aluvión tuvo que afectar a su capacidad para sentir.

Se hizo fuerte una cultura de la argumentación poco convincente y algo meliflua sobre lo que ocurría en Euskadi: se mezclaba todo, se intentaba compensar dolores, se forzaban argumentaciones para encontrar un lugar propio –aunque imposible– en la cultura del péndulo, se intentaba equilibrar sufrimientos, etc. En el fondo era un intento de reinventar lo que el péndulo denominaba "equidistancia". En un contexto como el madrileño y alrededores, tan penetrado por el Partido Popular, no tenía que ser sencillo soportar que no te dejaran sentir dolor sin examinarte, sin hacerte sentir sospechoso. Con ello se aspiraba a poder decir algo sobre la violencia sin ser ni ETA ni el PP, lo cual es legítimo pero no está exento de consecuencias.

También ocurría que la "equidistancia", cuya presencia en la sociedad vasca ya he señalado, no existía en gran parte de España, por motivos obvios. Por más que se leyeran los periódicos y se siguiera lo que pasaba, una familia gallega o andaluza normal no vivía la violencia todos los días de la semana. Su experiencia no era ni más ni menos que la de quienes vivíamos en Euskadi, pero era diferente. El rechazo social en esos lugares era mucho más directo y unidimensional. Pues bien, si a este escenario social se le aplica el molde pendular, es decir, si en Cáceres también tenía que haber tres clases (PP, ETA y equidistantes), entonces ya no es tan descabellado que gentes del PSOE o de colectivos sociales cayeran en el saco de los tibios o, como Zapatero, acabaran en ETA, por los motivos más disparatados. El más notable y duradero, la osadía de hablar políticamente, para detestarla y combatirla, de la violencia con motivación política de ETA. O la de la sentarse con la banda terrorista, previa autorización parlamentaria, para acabar con ella.

El suelo temblaba bajo los pies en niveles impresionantes. Esto se percibía en muchos lugares y situaciones. En Euskadi la más notoria tenía que ver con lo diferentes que eran las reacciones a los asesinatos de miembros del Partido Socialista. La realidad es ETA nos mataba a todos, pero también que en estos casos se generaban sentimientos más abiertos y menos determinados por el péndulo. "Zapatero es ETA"..., que se lo explicaran a la familia de un concejal socialista asesinado. Por desgracia, a muchos nos tocó vivir cosas tan tremendas como darnos cuenta, desde muy temprano, de que cuando la víctima estaba cerca del PNV o del PSOE la respuesta no tenía la misma tonalidad que cuando era del PP. Me tiemblan los dedos al escribirlo, pero durante años vivimos así. ¿Cómo no iba a haber algo de esto si poco después se le podía llamar "tonto útil" a Eguiguren y "bobos pacifistas" a los miembros de Gesto por la Paz?

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