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Podemos: el fantasma de las navidades pasadas

29/12/2016 07:27 CET | Actualizado 29/12/2016 10:18 CET
EFE

Basta charlar un rato con cualquier persona (militante, simpatizante, afín, familiar, amiga, amigo, todas o ninguna de estas cosas a la vez) para darse cuenta de que estas Navidades le han sentado mal a Podemos. El debate que estamos manteniendo no es enriquecedor y la sensación general es de malestar. Se escuchan palabras como "unidad", pero la música de fondo es otra. Se han acumulado dos procesos internos particularmente ásperos, primero en la Comunidad de Madrid y después de cara a Vistalegre 2; los medios de comunicación se han convertido en un factor decisivo a la hora de tomar decisiones internas. Esto implica necesariamente que una parte de nuestra autonomía queda en manos de un tercero interesado; por último, se han puesto en marcha lógicas de señalamiento de compañeras y compañeros con nombres y apellidos, es decir, de personas que trabajan duro en la organización y sin las cuales hoy no estaríamos donde estamos.

El lanzamiento de una campaña en redes con el hashtag #IñigoAsíNo o el uso de expresiones como "toque de atención" no tienen precedentes en Podemos. Pablo Iglesias ha acertado al no participar de dichas lógicas, pero es innegable que sí se han sumado y participan de ellas personas destacadas de su entorno, lo cual ha generado no poca perplejidad en amplios sectores de los militantes y simpatizantes.

Si hacemos memoria, la Navidad nunca ha sido un remanso de paz para Podemos. En 2014, diciembre estuvo marcado por unos magníficos pronósticos electorales, pero también por las polémicas que concernían a Pablo Iglesias e Iñigo Errejón. Los medios, los tertulianos y los adversarios invirtieron muchos esfuerzos en hacer de aquello el tema de conversación de Nochebuena, pero, a cambio, poco después nacería la Marcha del Cambio. Recordemos que fue una concentración masiva convocada por una sola fuerza política, que además tenía un año escaso de vida, sin apenas recursos y sin poner encima de la mesa ninguna reivindicación sectorial concreta, nada en particular más que la alegría de recordarnos a nosotros mismos de dónde veníamos y adónde íbamos, y la oportunidad histórica de estar allí, es decir, la posibilidad de ganar. En este sentido, aquel sigue siendo uno de los momentos más infravalorados de todo el ciclo político.

2015 nos regaló una Nochebuena de remontada. Pocos días después de aquellas elecciones que cambiaron tantas cosas, muchas personas se sentaron a la mesa con una idea en mente. Era sensata, pero también incierta: "hacen falta pactos". Sin duda, para mucha gente los pactos han sido tan protagonistas de 2016 como Donald Trump o Fidel Castro. Gran parte del resultado del 26-J tiene que ver con ese fenómeno, y con la manera en que gestionamos el escenario abierto tras el 20-D, para bien y para mal. La campaña de junio tuvo lugar en aquel largo invierno que va de diciembre de 2015 a abril de 2016.

Las navidades de 2014 y 2015 tuvieron algo en común: fueron tiempos difíciles y no faltaron ni los ataques ni las valoraciones negativas, incluso catastrofistas, sobre lo que nos esperaba. Pero, sobre todo, coincidieron en algo que merece la pena honrar y recuperar: no nos poníamos límites. Llegamos a la Nochevieja de 2014 con un proyecto radicalmente abierto, plural y de avance popular que generaba una considerable simpatía y respeto entre la mayoría social potencialmente afín, ira y pavor en una minoría muy pequeña y muy privilegiada, e incertidumbre entre una parte de nuestro pueblo que, habiendo sufrido mucho, reclamaba certezas. Por eso a principios de 2015 llenábamos las calles de gente nueva, diferente. Fue, en gran medida, porque las etiquetas nos sobraban y porque los límites nos servían para empujarlos, no para dibujarnos a nosotros mismos.

Podemos nunca ha sido tan ilusionante como cuando no se ponía límites. Ha sido más emocionante cuanto mejor ha entendido que la gestión de la incertidumbre, el miedo y la esperanza se da mirando hacia fuera, mirando hacia la gente.

Si a finales de 2015 seguíamos con la energía y la ilusión prácticamente intactas --con las elecciones andaluzas, municipales, autonómicas, catalanas y el éxito del 20-D a las espaldas-- no era por ingenuidad, sino porque habíamos estado a la altura. ¿Habíamos cometido errores? Sin duda. ¿Nos habían atacado a veces injustamente o con doble rasero? Innegable. ¿Era sencillo gestionar las expectativas? Nunca lo había sido, pero por el camino aprendimos no pocas cosas, y habíamos sabido traspasar las fronteras que hasta entonces delimitaban qué era posible para una fuerza transformadora y qué no lo era. Llegamos a la Nochevieja de 2015 con el reto de gestionar la incertidumbre, el miedo y la esperanza de millones de personas que habían dejado abierta la posibilidad del cambio político en la cuarta economía de la zona euro. Nada menos.

La Navidad de 2016 nos ha situado de nuevo ante un escenario complejo y desalentador. Mi sensación es que quienes nos sentimos militantes de algo más que un partido político tenemos la obligación de recuperar algunas sensaciones y algunas potencias que no quedan tan lejos: Podemos nunca ha sido tan ilusionante como cuando no se ponía límites. Ha sido más emocionante cuanto mejor ha entendido que la gestión de la incertidumbre, el miedo y la esperanza --pues eso es política, al fin y al cabo-- se da más allá de las fronteras orgánicas, es decir, mirando hacia fuera, hacia la gente que nos mira con simpatía y hacia la gente que nos reclama razones para confiar, muchas veces por la sencilla razón de que no quieren sufrir más reveses.

No tenemos suerte con la Navidad, pero hemos salido del laberinto otras veces. Hagámoslo hoy con ideas políticas que vayan más allá de lo que ya somos. Hagámoslo con unas propuestas que atraviesen a toda la sociedad. Y hagámoslo, sobre todo, con la generosidad de millones de personas y de una militancia diversa que se ha dejado mucho para llegar hasta aquí, y que no está dispuesta a dirimir su pluralidad en torno a fantasmas o con razonamientos gruesos. En 2017, quien más debería temer a nuestras redes sociales es el Partido Popular, y la única "llamada a capítulo" que debemos escuchar es la de nuestra gente cansada.

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